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Apuntes de Espiritualidad/12


 

La espiritualidad del trabajo/1 




El trabajo ocupa un lugar muy importante, en la vida del hombre de cada tiempo.

La Iglesia está convencida de que el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra. Ella se confirma en esta convicción considerando también todo el patrimonio de las diversas ciencias dedicadas al hombre: la antropología, la paleontología, la historia, la sociología, la sicología, etc.... La Iglesia, sin embargo, saca esta convicción sobre todo de la fuente de la Palabra de Dios revelada, y por ello lo que es una convicción de la inteligencia adquiere a la vez el carácter de una convicción de fe... La Iglesia halla ya en las primeras páginas del libro del Génesis la fuente de su convicción, según la cual el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia humana sobre la tierra”
[1].

La idea central, que encontramos en el Libro del Génesis, es la de un mundo encomendado al cuidado del hombre, de cuya obra solamente puede acontecer la transformación que el mundo espera. Por eso, debe ser subrayada la responsabilidad que el hombre tiene hacia el mundo. Por consiguiente, el hombre se realiza como plenitud de su ser, solo en la medida en que no dimite de su responsabilidad hacia el mundo, sino que actúa, trabajando para transformarlo. Esta transformación del mundo incorpora al espíritu del hombre en la materia y, por consiguiente, humaniza al mundo.

Si el egoísmo consiste en utilizar la tierra solo para sacar la propia personal ventaja, el amor, al contrario, nos empeña a humanizar la tierra, teniendo siempre en consideración no solo nosotros y la generación presente, sino también las generaciones que vendrán. El trabajo, pues, a través del cual se humaniza al mundo, nos proyecta hacia el futuro y nos introduce ya en el tiempo definitivo del Reino, que está presente y tiene que venir todavía en su plenitud.

El Libro del Génesis presenta la obra misma de la creación bajo la forma de un “trabajo” de seis días, cumplido por Dios, quien “descansa” el séptimo día.
Dios crea la tierra y trabaja (cf. Gén 1-2, 3). Él llama al hombre al trabajo. Le entrega su obra, para que la domine y sea el señor de ella (Gén 1, 28). Por tanto, Dios “entra en su descanso”, y encomienda al hombre, creado a su imagen, el compromiso de continuar su obra[2]. La misión de dominar y transformar al mundo a través del trabajo, no es algo que se agrega a la existencia del hombre. El trabajo no es, por tanto, una elección del hombre, una posibilidad suya, sino que constituye su dimensión fundamental, como imagen de Dios y su aliado. El hombre que renuncia al trabajo renuncia a ser imagen de Dios y su amigo. En esta renuncia, el hombre recae en el reino de la naturaleza; padece un proceso de cosificación (o sea, se convierte en una cosa entre las tantas cosas); dimite de su puesto central de ser libre y, por tanto, trascendente a la naturaleza, y vuelve a ser solo parte (y también entre las más débiles) de ella.

Por tanto, debemos conocer las leyes de la creación, y desarrollar cada vez mejor dicho conocimiento. Además, tenemos que respetar estas leyes, para liberar de la esclavitud de la corrupción también la creación, como nos recuerda San Pablo (cf. Rom 8, 21). Y, para respetar estas leyes, debemos conocerlas. Existen leyes para cada tipo de actividad, por ejemplo, para cultivar la tierra o para echar los cimientos de una construcción. Sin embargo, sin la obra inteligente y transformadora del hombre, la naturaleza no cambiaría de rostro, y el hombre mismo, sin el trabajo, padecería un lento proceso de cosificación, por el cual no se distinguiría de la naturaleza, sino que, antes o después, sería basura en un montón de basura.

Hay dos graves errores, de los que debemos que guardarnos. El primero lo comete quien afirma que, ya que en esta tierra estamos de paso y no tenemos aquí una morada permanente, debemos tener un cierto descuido de los trabajos temporales y materiales. Otro error grave es creer que la vida cristiana consiste solo en ciertos actos de culto y en algunas obligaciones morales; por tanto el trabajo no entraría en la vocación cristiana
[3].

 Escribía un gran pensador cristiano, Pierre Teilhard de Chardin: “Hay un buen número de católicos que piensan que sea necesario quitarse el vestido de hombre para sentirse cristianos”.

A esos cristianos contesta así el Concilio Vaticano II: “Se alejan de la verdad quienes, sabiendo que nosotros no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la futura, piensan que pueden por ello descuidar sus deberes terrestres, sin comprender que ellos por su misma fe están más obligados a cumplirlos, cada uno según la vocación a la que ha sido llamado”
[4]. Y todavía: “El mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo ni les impulsa a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber”[5].

De cierto, el hombre no agota toda su riqueza solo en el trabajo, pero él no se explica como hombre sin su actividad en el mundo, porque “el trabajo es una exigencia y una dimensión fundamental de la existencia y de la dignidad humana”[6]. Por tanto, el trabajo es un bien del hombre - es un bien de su humanidad -, porque, a través del trabajo, el hombre no solo transforma la naturaleza adaptándola a sus propias necesidades, sino que también se realiza a sí mismo como hombre y, más bien, en cierto sentido, “se hace más hombre[7].

 Irene Iovine

 


[1] Laborem exercens, 4.
[2] Cf. T. Špidlík - M. Tenace - R. Čemus, Il monachesimo secondo la tradizione dell’Oriente cristiano, Lipa Edizioni, Roma 2007, 221.

[3] Cf. E. Grasso, Très chers amis... Thèmes choisis de spiritualité, Centre d’Études Redemptor hominis, Mbalmayo 2000, 171-174.

[4] Gaudium et spes, 43.
[5] Gaudium et spes, 34.

[6] Estatuto de la Comunidad Redemptor hominis, 13.

[7] Cf. Laborem exercens, 9.


02/05/08



 

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