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Apuntes de Espiritualidad/13


 


La espiritualidad del trabajo/2 




Retomamos el discurso iniciado, acerca del trabajo, tanto importante en la vida de cada hombre y también de cada cristiano. Anteriormente, hemos visto, en el Libro del Génesis, que Dios trabaja y luego confía al hombre el fruto de su trabajo. Dios habría podido gozar a solas de la obra de sus manos, pero, quiso que fuera el hombre, por encima de cada otro ser, el único ser creado en tener el dominio sobre la tierra. Por eso, le concedió todas las facultades para poderla someter, mejorar y transformar.

"El hombre es la cumbre de la obra de la creación. El relato inspirado lo expresa distinguiendo netamente la creación del hombre y la de las otras criaturas"
[1].

Dios, aunque ama todas sus criaturas y cuida de cada una, hasta de los gorriones, sin embargo, solo acerca del hombre dice: "Ustedes valen más que un sinnúmero de pajarillos" (Lc 12, 7) o todavía: "¡Un ser humano vale mucho más que una oveja!" (Mt 12, 12).

El pecado de Adán, y el carácter de dolor que este introduce en la actividad humana, no tocan ni modifican la esencia original del trabajo, como fuente de desarrollo de la creación y realización del hombre.

A continuación, vamos a subrayar algunas exigencias del trabajo, para poder delinear una espiritualidad suya, sobre las bases anteriormente puestas. Bases que, como hemos visto, parten de la Palabra de Dios.

Dios encomienda al hombre el mundo y el fin y la orientación del mismo. Por tanto, para el hombre, es vital buscar y escudriñar el designio de Dios, inscrito en la materia, y descifrarlo, para poder luego someterse al mismo, realizándolo activamente. Es tarea del hombre oír, para usar la expresión de san Paolo ya mencionada, el gemido de cada criatura en los dolores del parto, para convertirlo en palabra articulada, en el orden adecuado, escrito por Dios.

El hombre encuentra a Dios en las cosas creadas. Para hacer esto, tiene que salir de sí mismo y, con humildad y pobreza, reconocer que su libertad creadora es total solo insertándose en la libertad creadora absoluta de Dios. La libertad del hombre no es absoluta o sin sentido. La libertad de las cosas y del hombre se encuentra en el cumplimiento del sentido dado por Dios.

Toda realidad tiene su ser, que ha recibido de Dios. A nosotros nos compete hallar el ser de las cosas y moverlas según el proyecto de Dios. Escuchemos lo que dice el Concilio: "Pues, por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden y leyes propias que el hombre debe respetar reconociendo los métodos propios de cada ciencia o arte"
[2].

La huella de la presencia de Dios está en el fondo de todas las cosas, que se remiten necesariamente a Dios, en el cual encuentran la explicación de su existencia.

En el fondo de las cosas, en la cocina o en la fábrica, en la carpintería o en los campos, en el despacho o en taller, en la limpieza de los locales o en el arreglar un tractor, en el bordado o en dar de comer a los animales, siempre está presente Dios. El trabajo es, pues, una confesión de fe. Confesión del Padre, que da la vida, y confesión del Hijo, que asume la propia responsabilidad y acepta el proyecto de Dios dentro de la creación, para desarrollarla y perfeccionarla.

De este trabajo, como acción, surge el deseo del descanso festivo. El descanso festivo se convierte en exigencia del hombre que trabaja, que padece y goza de la pasión de hacer avanzar el mundo por los caminos de la justicia y la humanidad.

Cada trabajo, manual o intelectual, debe permanecer unido a la fatiga. El Libro del Génesis lo expresa de manera penetrante, contraponiendo a la originaria bendición del trabajo, contenida en el misterio mismo de la creación, y unida a la elevación del hombre como imagen de Dios, la maldición que el pecado ha traído consigo: "Maldita sea la tierra por tu causa. Con fatiga sacarás de ella el alimento por todos los días de tu vida" (Gén 3, 17). Este dolor, unido al trabajo, marca el camino de la vida humana en la tierra, y constituye el anuncio de la muerte: "Con el sudor de tu frente comerás tu pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste sacado" (Gén 3, 19).

Juan Pablo Paolo II ha hablado, con una expresión muy rica, de una mística pascual del trabajo
[3]. No olvidemos nunca que el hombre está marcado por el pecado original y que, junto con el hombre, todas sus actividades y todas las realidades llevan las consecuencias de esta herida. He aquí porque el trabajo, corrompido también este por el pecado original, necesita la inmersión en el misterio pascual.

El misterio pascual es una gracia originante y absoluta en Cristo, de la que nosotros san Ignacio de Loyola participamos. Es por el misterio pascual de muerte y resurrección, por lo que el trabajo del hombre se convierte en auténtica y verdadera transformación del mundo, según el designio de Dios. Escribe el Concilio que el cristiano: "asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, fortalecido por la esperanza, llegará a la resurrección"
[4].

Nuestro esfuerzo cotidiano es, pues, el de saber conjugar la mística pascual con la fatiga del trabajo de cada día, para que la vida del hombre proceda en la unidad entre el momento de la contemplación y el momento de la acción. Y, según la hermosa expresión del Nadal - primer gran teólogo de la espiritualidad de san Ignacio de Loyola - cada uno de nosotros pueda convertirse en un auténtico "contemplativo en la acción". Un hombre, es decir, que, mientras actúa, ve los nuevos cielos y las nuevas tierras avanzar, incluso entre las tempestades de la vida, y, justo porque ve avanzar estos nuevos cielos y nuevas tierras, dirige hacia ellos su acción
[5].

Irene Iovine

 



_________________________ 

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 343.
[2] Gaudium et spes, 36.
[3] Cf. Laborem exercens, 27.
[4] Gaudium et spes, 22.
[5] Cf. E. Grasso, Très chers amis... Thèmes choisis de spiritualité, Centre d'Études Redemptor hominis, Mbalmayo 2000, 174-178.

 

09/05/08


 

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