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Apuntes de Espiritualidad/14

 

Matrimonio y oración

 


La memoria de santa Teresa de Ávila, doctora de la Iglesia, ha sido la ocasión para una reflexión original de Emilio sobre la relación entre oración y matrimonio. La presencia, en la MisaSanta Teresa de Ávila vespertina, de Gustavo y Carolina, dos colaboradores comprometidos desde hace tiempo, con notable entrega, en las actividades de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí y próximos al matrimonio, ha empujado a Emilio a vincular la situación de ellos, y la preparación que están desarrollando, al recuerdo de esta figura, entre más alta de la espiritualidad cristiana.

Una equivocación muy difundida - ha observado Emilio - es la de separar la oración de la vida cotidiana y ordinaria, que se lleva a cabo en la familia, en el trabajo, en la escuela. Es como si el momento cultual y la vida profana, más allá de la necesaria y justa autonomía, estuviesen regulados por principios y leyes que no tienen nada que ver los unos con los otros.

Por el contrario, comprender la oración es entender la vida y sus leyes más universales y profundas.

Santa Teresa de Jesús da una célebre definición de la oración: "La oración mental, para mí, no es otro que una íntima relación de amistad, un frecuente entretenimiento, de solo a solo, con Aquel que sabemos que nos ama" (Libro de la vida 8, 5).

Esta, explicaba Emilio a Gustavo y Carolina, puede ser también una válida definición del matrimonio y de su vocación. Hay que recordar, en efecto, que la de santa Teresa es una espiritualidad nupcial. Las características propias de la espiritualidad nupcial son muy oportunas, en el contexto cultural latinoamericano, donde una mentalidad machista privilegia a la madre con respecto a la esposa: frecuentemente un hombre tiene una relación de mayor familiaridad, confianza e intimidad con su madre que con su esposa. También en el ámbito eclesial, se insiste mucho en la Iglesia como Madre y menos en la Iglesia como Esposa de Cristo.

Santa Teresa, al contrario, muestra la precedencia y la preeminencia que el ser esposa tiene sobre el ser madre. Ella fue gran madre reformadora porque fue esposa, así como María quien, ofreciéndose totalmente al Verbo, pudo ser madre.

Se intuye, entonces, que una espiritualidad nupcial como la de santa Teresa puede ser rica de sugestiones también para la vida matrimonial.

En el matrimonio, la donación de sí tiene que ser total. En el corazón del otro, cada uno de los esposos debe ser capaz de volver a hallar y leer todas las relaciones, la historia, el universo. La cosa más hermosa que los padres pueden decir a sus hijos que se casan es que amen al propio cónyuge más que a sí mismos. Amarlo es amar todo lo que tiene en su corazón: "Tu padre es mi padre, tu madre es mi madre". En esto, hay una analogía con la Iglesia, Esposa del Verbo, que necesariamente es misionera y católica, en el sentido más profundo, para no excluir de su seno nada de cuanto su Esposo lleva en el corazón.

El amor no se limita a una cualidad ni tiene una explicación racional. No te amo por tu belleza, tu riqueza, tu inteligencia, tu poder, todas cosas ilusorias y pasajeras: su desaparición significaría el fin del amor, pero el verdadero amor es eterno. Y siempre existe una persona más linda, más rica, más inteligente, más potente y con más dotes, pero el verdadero amor es único. Te amo porque te amo, enseña san Bernardo: el amor no tiene otra realidad precedente que lo justifique. No hay otro fundamento del amor.

Para amar precisa conocer. Como dice san Gregorio Magno, "amor ipse notitia est": el amor es conocimiento y el conocimiento es amor. Amo porque conozco; conozco porque amo. Dos personas no pueden vivir juntas sin conocerse.

Todo esto lleva a santa Teresa a hablar de la oración en términos de frecuentación. Muchos piensan que la oración es una repetición de fórmulas, en una soledad vacía, no llenada de ninguna presencia. Al contrario, la oración es un encuentro. Y el encuentro con Dios lleva siempre a abrazar a toda la humanidad.

Por estas razones, santa Teresa asocia al concepto de oración el de amistad. La amistad es verdadera cuando es compartir, estar bien juntos; cuando, al término de la jornada, se busca la presencia del amigo y en él se halla la paz, sin necesidad de otros estímulos o consuelos. En esta amistad, una función necesaria la tiene el permanecer solos: "De solo a solo". Tú y yo. Cada presencia extraña a esta amistad molesta y tiene que desaparecer.

La oración es auténtica cuando es capacidad de vivir esta relación de amistad con Dios, en el permanecer solos en su presencia.

También en el matrimonio, la relación entre los esposos tiene que alimentarse de esta capacidad de permanecer solos. Muchas veces, se escuchan afirmaciones muy ambiguas, del tipo: "Nuestro matrimonio ha sido salvado por los hijos". En realidad, tendrían que ser los padres los que "salvan" a los hijos y les dan esperanza y amor. Los hijos son un don de Dios, que puede también no llegar, y cuya falta no puede volver una relación matrimonial menos intensa y menos hermosa.

Esta soledad es la intimidad, el secreto del amor, que ningún otro conoce y comprende. Cada enamorado debe poder decir que su historia y su vocación son las más hermosas. La belleza nos reunirá a todos, casados y consagrados, y nos permitirá enriquecernos los unos y los otros, mostrándonos las potencialidades inagotables del amor.

El secreto no compartido con otros está encerrado en las palabras: "con Aquel que sabemos que nos ama" (Libro de la vida 8, 5). Los enamorados deben poder ser ciertos del amor, no pueden aceptar un amor a la baja. Carolina no puede preguntar a otros si Gustavo la ama. Nadie puede entrar en este secreto y nadie puede imponer o comprar el amor: "Si alguien quisiera comprar el amor con todo lo que posee en su casa, solo conseguiría desprecio" (Ct 8, 7).

Saber amar, pues, es saber rezar, y en la oración hallamos las leyes del amor. 

Michele Chiappo




25/10/08

 

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis