Italiano Español Nederlands Français
Home arrow Apuntes de Espiritualidad ▸ arrow Apuntes de Espiritualidad/15. Llamados a ser luz del mundo
Imprimir Enviar a un amigo
 

Apuntes de Espiritualidad/15


Llamados a ser luz del mundo



En uno de sus pasajes más famosos, Jesús nos invita a ser "sal de la tierra y luz del mundo". Considerando lo expresado en este versículo, nos detenemos a meditar más directamente sobre el tema de la luz, que ofrece la oportunidad de numerosas referencias bíblicas.

A grandes líneas, pensemos en la creación, en la luz como criatura del primer día (cf. Gén 1, 3- 5), casi para celebrar, de la manera más adecuada, el connubio "luz-palabra", hasta llegar al término de la Biblia, donde la nueva creación (cf. Ap 21, 5) tendrá a Dios mismo como luz (cf. Ap 21, 23).

Dios es luz, es vestido de luz (cf. Sal 104, 2), es luminoso como el cristal (cf. Es 24, 10), algunos rayos salen de sus manos (cf. Ab 3, 4); en otro lugar, se lo describe envuelto de fuego (cf. Gén 15, 17; cf. Es 19, 18; cf. Sal 18, 9).

El libro de la Sabiduría, escrito poco antes de la época neotestamentaria, es el primer libro que aplica la luz a la esencia divina (cf. Sab 7, 26-29), y es a partir de este simbolismo como el Nuevo Testamento desarrollará su reflexión posterior.

Este simbolismo está presente, además, en la enseñanza de los Profetas, como en Isaías: "El pueblo de los que caminaban en la noche divisó una luz grande" (Is 9, 1). Es cumpliendo este oráculo de Isaías como Jesús comienza a predicar en Galilea (cf. Mt 4, 12-17). Cuando Él resucita, se manifiesta la luz al pueblo y a las naciones paganas (cf. He 26, 23). Así los cánticos que hallamos en Lucas saludan al Cristo, desde la infancia, como el "sol naciente" (cf. Lc 1, 78) que iluminará a las gentes (cf. Lc 2, 32).

El ministerio de Pablo, que predica la luz que tiene el poder de eliminar las tinieblas, después de haber sido enceguecido por la luz del Resucitado, mientras recorría el camino que lleva a Damasco, se insertará en la línea de los mismos textos proféticos (cf. He 13, 47; 26, 18).

Jesús mismo se remonta a esta simbología de la luz, para explicarse a sí mismo y presentar su misión: "Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo" (Jn 9, 5); "El que me sigue, no caminará en tinieblas, sino que tendrá luz y vida" (Jn 8, 12); "Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no permanezca en tinieblas" (Jn 12, 46).

Nosotros los hombres no tenemos la luz por nosotros mismos, sino que la recibimos de Él. Dice, en efecto, san Agustín, en el sermón con ocasión de la Natividad de Juan Bautista, que como no somos la "palabra" sino la "voz", así no somos la "luz", sino la "lámpara" (cf. Sermón 293, 3). La luz resplandece por sí misma; la lámpara, por el contrario, necesita estar encendida y, después, abastecerse continuamente de aquella energía que debe irradiar.

La luz está ligada a la Palabra de Dios: "Para mis pasos tu palabra es una lámpara" (Sal 118, 105). Es la Palabra de Dios lo que ilumina la vida del hombre. Esta palabra está anunciada por Jesús, "luz del mundo" (Jn 8, 12). Esta tiene que bajar a nuestra vida, no según nuestros criterios y nuestras conveniencias, sino como expresión de una voluntad, una llamada, un designio divinos, según los cuales cada cristiano tiene que caminar, para permanecer en el camino de la luz.

Por eso, Jesús es definido "Rabí", "Maestro", porque ha creado una escuela de vida, pidiendo a sus discípulos que lo sigan, para escucharlo y así aprender cómo vivir. Solo escuchándolo uno puede aprender a vivir como él y transformarse, para los demás, en anunciador de la Buena Noticia. Entonces el discípulo podrá participar de la luz y ser aquella lámpara puesta sobre el monte, que da luz a toda la ciudad.

Para que la palabra sea luz y la voz sea lámpara, precisa vivir las cosas que se dicen; de lo contrario, la lámpara permanece debajo de la cama y no puede resultar de provecho para nadie. Cada uno, en efecto, debe estar consciente de que, antes de ser luz para los de la propia casa y para el mundo (según la invitación de Jesús a poner la lámpara sobre el monte), es lámpara encendida para sí misma, para su vida interior, para su relación vital con la luz. La lámpara, en efecto, está encendida y da luz a la propia casa y a lo exterior, en la medida en que se vive la palabra dicha. Afirma, a este propósito, san Gregorio Magno: "En efecto, se enseña con autoridad lo que se práctica antes de profesarlo" (Comentario al libro de Job 29, 2-4).

Hoy, nosotros los cristianos tenemos que preguntarnos seriamente si, llamados a ser lámparas que irradian la luz, por el contrario, no nos hayamos transformado en "pabilos humeantes", que el Señor, en su misericordia, busca no apagar (cf. Mt 12, 20, que cita Is 42, 3).

En medio de las tinieblas en que vive y en las cuales debe resplandecer, el cristiano está llamado, en cambio, a salvaguardar el don precioso que Cristo le ha hecho, encomendándole una lámpara llena de aceite, no solo para iluminar su noche, sino para esperarlo cuando vendrá (cf. Mt 25, 1-13). El esposo ha dado ya toda su luz; por eso, cuando llegue, irá directamente a la sala de las bodas (cf. v. 10).

Hoy estamos llamados a recordar y anunciar una palabra para nosotros mismo, para los demás, para los de nuestra casa y los más lejanos; estamos llamados a leer en nuestro corazón con la misma luz con la que el Cristo nos lee, y de allí arrancar.

Sandro Puliani



26/12/08

 

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis