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Apuntes de Espiritualidad/16



La venida del Señor y la vocación cristiana




En el período de la Navidad rezamos, haciendo memoria de las dos venidas del Señor: de la primera que se ha llevado a cabo de manera humilde, y de la segunda que se realizará de manera gloriosa, al final de los tiempos.

San Bernardo y otros Padres de la Iglesia hablan de una tercera venida, en el hoy de cada cristiano, porque el Señor viene cada día.

La primera vez, el Señor viene en la historia en el tiempo de Tiberio César. El Verbo toma carne en el seno de la Virgen María. Por primera vez ve a los hombres con ojos humanos, aunque su mirada permanece una mirada divina.

El Señor volverá al final de los tiempos. Será un regreso y no una nueva "encarnación", porque el Verbo ya se ha hecho hombre. En el Verbo-hecho-carne, Dios ha asumido nuestra naturaleza humana de manera definitiva, indivisible e inseparable de su divinidad.

El Dios invocado para que "venga en medio de nosotros" es un Dios que nos llama, para que "vayamos a él". En Jesucristo, el "Dios-con-nosotros" (cf. Mt 1, 23), se realiza el admirable encuentro del hombre con Dios, en una relación de amor, en la cual el hombre realiza toda su vocación.

"Ven y sígueme"

Para comprender el misterio y el sentido de la vocación cristiana, es necesario volver al relato de la creación, al pecado de los orígenes y a toda la historia de la salvación descrita en la Biblia.

Vocación significa "llamada", "ser llamado". Toda la historia de la salvación es una historia vocacional. El hombre es llamado a la existencia, a vivir en amistad con Dios y en armonía con toda la creación. Con el pecado de los orígenes, el hombre destruye esta amistad, y se separa de Dios. Por causa de esta desobediencia, en efecto, el hombre es echado del Edén. Los primeros once capítulos del Génesis cuentan que la humanidad ha huido de Dios. Luego, será Dios quien tomará la iniciativa, para que el hombre vuelva a la comunión con él.Abrahán

Con Abrahán empieza el camino de regreso. Dios lo llama y Abrahán lo sigue, sin tardar.

Divo Barsotti dice que no hay un personaje, en la Biblia, que pueda estar a la par con Abrahán: su experiencia mística supera hasta la de Adán, antes del pecado. Abrahán es el modelo del cristiano que sigue al Señor. En el camino vocacional, la primera e imprescindible referencia es exactamente Abrahán.

Con él empieza el largo camino de la secuela de Dios. Todo el Antiguo Testamento está marcado por las varias llamadas que Dios hace al hombre, para que se realice el plan salvífico. Entre todas, queremos recordar la de Eliseo (cf. 1Re 19, 19-21), profeta escogido por Elías para continuar su misión. Su vocación nos introduce ya en el Nuevo Testamento, por algunos rasgos analógicos, que encontramos en las llamadas de Jesús dirigidas a sus discípulos.

La secuela es determinante en la vida de Jesús (cf. Mt 4, 19; 8, 22; 9, 9; Lc 5, 27; Jn 1, 43; etc.). Esta es la condición para ser perfectos. "Jesús le dijo: 'Si quieres ser perfecto, vende todo lo que posees y reparte el dinero entre los pobres, para que tengas un tesoro en el Cielo. Después ven y sígueme'" (Mt 19, 21). Solo quien es capaz de tomar su cruz y seguirlo es digno de él (cf. Mt 10, 38).

Según los apóstoles, Jesús debe impedir a quien no "anda con ellos" echar a los demonios (cf. Mc 9, 38).

En Juan, Jesús habla todavía de la secuela cuando se proclama "luz del mundo", para significar un "seguir" más profundo: "Yo soy la luz del mundo. El que me sigue, no caminará en tinieblas, sino que tendrá luz y vida" (Jn 8, 12).

Jesús, buen pastor, camina delante de sus ovejas, que lo siguen porque conocen su voz (cf. Jn 10, 4).

"Ven, Señor Jesús"

Toda la vida del cristiano está orientada hacia aquel "seguir al Señor", aquel "ir detrás de él", aquel vivir de su palabra. Sin embargo, y esto puede sorprender, la experiencia del cristiano no es solo la de "ser llamado", sino también la de "llamar". En efecto, el libro del Apocalipsis, que concluye la Biblia, termina con las palabras: "Ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

El cristiano es llamado a seguir al que le dice "Ven"; pero, a su vez, tiene que lograr repetir la misma invitación a Aquel que lo ha llamado el primero.

Todo el itinerario de la vida cristiana es un seguir al Señor, para, luego, invocar su venida. Es llamar al Señor, no porque nos siga, sino porque permanezca con nosotros.

También el Cantar de los Cantares se pone en esta dimensión. El esposo invita frecuentemente a la esposa a seguirlo (cf. Cant 2, 10.13; 4, 8); pero, luego, hay también la voz de la esposa que lo llama: "Amado mío, ven, salgamos al campo, pasaremos la noche en los pueblos" (cf. Cant 7, 12).

El Señor, por lo tanto, es también el que viene, como él mismo nos lo ha prometido solemnemente: "Y después de ir y prepararles un lugar, volveré para tomarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes" (Jn 14, 3).

Una vez más en el Evangelio de Juan, Jesús dice: "El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor" (Jn 12, 26).

El Señor dice: "Ven y sígueme", para hacernos hacer un camino, al término del cual nos pertenece a nosotros decirle: "Ven".

Hasta que no haya este último aspecto, puede haber también secuela, pero no habrá comunión, coparticipación y aceptación alegre del mismo proyecto.

Hay que tener presente también que aquel "Ven, Señor" del pasaje del Apocalipsis que hemos citado, lo pronuncia la esposa, la Comunidad reunida en el nombre del Señor, no para eliminar la respuesta personal, sino para subrayar que, al final, el encuentro será entre Cristo y la totalidad de su cuerpo, que es la Iglesia.

El cristiano prepara, en el tiempo, el encuentro final con Cristo. El Adviento anuncia su sentido, a fin de que cada uno de nosotros, en el transcurso del año litúrgico, pueda, luego, en la Navidad, acoger al Señor, para "seguirlo" en la fidelidad a los compromisos asumidos, y para llenar la vida con su presencia, gozo pleno sin fin.

Sandro Puliani


03/01/09

 

 

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