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Apuntes de Espiritualidad/18


"El que se hace grande será humillado y el que

se humilla será enaltecido"

(La parábola del fariseo y el publicano: Lc 18, 9-14)

 


Si Jesús habla en parábolas, y así sus interlocutores "miran, y no ven; oyen, pero no escuchan ni entienden" (Mt 13, 13), lo hace también para comprometerlos y hacerles entender "desdeEl fariseo y el publicano dentro" (porque se entra en el relato - hoy diríamos como en una película - para elegir por qué parte estar), de manera que puedan expresar un juicio. Solo al final, nos damos cuenta de que Jesús estaba hablando para nosotros y de nosotros, y que el juicio que nos pide sobre los personajes de las parábolas es un juicio que expresamos acerca de nosotros mismos, de nuestras palabras, nuestras actitudes y sentimientos.

También en la parábola del fariseo y el publicano, Jesús tiene la capacidad de hacernos ver como en un espejo. Con ellos subimos al templo y, aunque los dos viven en nosotros, avanzamos junto con el primero, el fariseo, porque nos parecemos más a él. Y así Jesús habla con nosotros. Y aunque estamos allá delante, entrevemos igualmente, reflejado en este espejo formidable que es la parábola, al que se ha parado allá, en el fondo, y sobre el cual el Señor nos pide expresar un juicio: no sobre su condición de pecador, sino sobre el arrepentimiento que tiene, amándolo con su mismo amor.

Algunos rasgos de la parábola

En esta parábola, Jesús pone de relieve algunas actitudes opuestas. El fariseo se siente en derecho de estar delante; esto no está señalado en la parábola, pero se presume por el hecho de que Jesús dice que el publicano, en cambio, se detiene a distancia, o sea, permaneciendo atrás (cf. Lc 18, 13). ¿Cómo no pensar en la otra parábola de Jesús sobre la elección de los lugares en un banquete (cf. Lc 14, 7-11), que termina más o menos con las palabras de esta misma: "El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado"?

El fariseo se siente en alto y, por eso, grande, tanto como para hacerse ilusiones de poder hablar con Dios de igual a igual, alabándose y mostrándole su perfección moral, tan diferente de aquel otro allá atrás, quien, en cambio, se siente abajo y no se atreve ni a levantar la mirada. Lo imaginamos agachado; se golpea el pecho, se siente y es pequeño.

También aquí nos ayudan otros pasajes del Evangelio, donde vemos la lucha entre estas actitudes diferentes y contrarias:

a)   El primero es aquel en que Jesús sugiere un modo de rezar diferente de aquel de los hipócritas, a quienes "les gusta orar de pie... para que la gente los vea" (Mt 6, 5). Y sabemos que Jesús ha aplicado la palabra "hipócritas" generalmente a los fariseos y a los escribas (cf. Mt 15, 7; 22, 18; 23, 13-15. Este nos parece el modo en que el fariseo de la parábola ha rezado.

b)   Luego, hay el pasaje relativo al canto del Magnificat de María, en que ella dice: "Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes" (Lc 1, 52). Se exalta la humildad.

c)   En fin, el pasaje sobre la condición que Jesús pone para ser grandes: "El más pequeño entre todos ustedes, ese es realmente grande" (Lc 9, 48; cf. Lc 22, 26).

Se puede decir, entonces, que el publicano tiene algunas actitudes "evangélicas"; es reconocido por Jesús en aquellos valores que él mismo predica y, por eso, es "justificado", a diferencia del otro.

La parábola termina, luego, con la frase proverbial: "El que se hace grande será humillado y el que se humilla será enaltecido" (Lc 18, 14). Esta es la enseñanza principal de la parábola, porque dada precisamente por Jesús.

El amor al prójimo

En las actitudes del fariseo y del publicano, hay dos realidades totalmente opuestas, dos situaciones que también psicológicamente cuesta fatiga poner conjuntas. El fariseo se siente justo, sano y limpio; el publicano, en cambio, pecador, enfermo y sucio.

En la mayoría de los casos, el hombre es como el fariseo; listo para juzgar a los demás, contemplarse, sentirse grande y creer que puede hablar con Dios de igual a igual. A menudo, el hombre tiende a buscar la propia autojustificación antes que la justificación de Dios, y de sí mismo muestra, hipócritamente, las cosas por las que puede ser apreciado, escondiendo, por eso, lo que se le podría reprochar.

Pero, todos hemos hecho la experiencia del pecado; todos conocemos cuáles son los rasgos del publicano. Sabemos, cuándo nos sentimos sucios, cuánto es difícil levantar los ojos y cómo el pecado nos lleva a ocultarnos, a huir, porque no nos consideramos dignos de ser mirados. Como paradigma, tenemos el pecado de Adán y Eva. Después del pecado ya no los reconocemos; yaAdán y Eva no son las creaturas de antes, aquella realidad que Dios define "muy buena" (cf. Gén 1, 31), que se distingue de las demás creaturas, definidas tan solo "buenas" (cf. Gén 1, 3-25), y ellos mismos se esconden cuando el Señor pasa para buscarlos. No se esconden antes, sino después, cuando oyen al Señor Dios, quien se pasea por el jardín (cf. Gén 3, 8).

El publicano de la parábola queda atrás; nunca pensaría ir allá delante y mendigar algún consejo de aquel hombre que se siente justo, se atreve a estar delante, se considera en alto y piensa ser grande.

El fariseo, al contrario, podría volver atrás; agacharse sobre aquel sufrimiento que ciertamente ve; pronunciar una buena palabra hacia el hermano; en un cierto sentido ayudarlo a levantarse y, allá delante, cantar conjuntos el amor de Dios. Pero, el fariseo no quiere, porque es así cómo se siente justo y seguro de que está "cumpliendo" la Ley. Pero, olvida el pasaje de la Ley que lo invita a amar a su prójimo (cf. Lev 19, 18). Esta es, en cambio, la actitud y la misión de Jesús: "El hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido" (Lc 19, 10).

Lo que el Señor nos pide, en esta parábola, es la humildad de fondo, que tendría que acompañarnos; es la capacidad de salir de la alta consideración que tenemos de nosotros mismos; es el dirigir la mirada hacia el otro, por el cual Jesús ha dado su vida. Solo así, en este caminar juntos, podemos remontar de los bajos fondos de nuestra miseria, para volver a encontrarnos con Él, "paciente y humilde de corazón" (Mt 11, 29), misericordioso y lleno de amor.

Sandro Puliani



30/01/09

 

 

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