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Apuntes de Espiritualidad/20


Los "huesos secos"


En este período de Cuaresma, el texto de Ezequiel que habla de los "huesos secos", que el Señor reanima con su Espíritu (Ez 37, 1-14), es fundamental, porque ofrece al cristiano laEzequiel posibilidad de abrirse a la esperanza teologal de un rescate en la historia, que lo haga levantar de los fracasos humanos de los que hace experiencia.

El profeta no desarrolla el discurso refiriéndose a la suerte última del hombre. Ezequiel, en realidad, se dirige a un pueblo, deportado a Babilonia por muchos años, que parece haber perdido toda esperanza de volver a su tierra.

Leemos, en efecto: "Ahora dicen: 'Nuestros huesos se han secado, nuestras esperanzas han muerto, hemos sido rechazados'". (Ez 37, 11).

Después de la separación, que ha formado los dos reinos, el de Israel y el otro de Judas, acontecida cuando murió Salomón, el reino de Israel fue destruido, en 721 a. C., por los Asirios. Sucesivamente, en 587 a. C., los Babilonios se apoderaron de Jerusalén y deportaron a Babilonia a la mayor parte de la población.

La humillación fue grande. Los descendientes de Abraham, que había salido de Ur de los Caldeos (un país cerca de Babilonia), fueron reconducidos exactamente allá, en aquel país, donde ya no habrían debido volver. No son prisioneros en una tierra cualquiera, fuese también en el odiado Egipto, sino en aquella que el Señor había mandado a Abraham que dejara.

La interpretación de la deportación es sin malentendidos, y la encontramos en muchos pasos bíblicos, con diferentes matices. Uno de los más elocuentes se encuentra en el libro de Nehemías. En el ámbito de una gran liturgia penitencial, se evoca toda la historia de Israel. De la deportación a Babilonia se da un sentido preciso: es debida al pecado y a la obstinación de los reyes y los Israelitas, que no han escuchado las repetidas llamadas de Dios a la conversión (cf. en particular Ne 9, 30).

También en nuestra experiencia, el pecado nos hace volver a la condición de "antes de la llamada", porque con el pecado el hombre no progresa, como, a veces, se querría creer. Y ya que aquella era la condición que habíamos despreciado, el volver a la misma nos vuelve peores que antes (cf. 2 Pe 2, 20).

En este contexto, el profeta Ezequiel tiene el coraje de volver a llamar al pueblo a la esperanza y a creer en las promesas del Señor, quien no lo abandona definitivamente. He aquí, entonces, que el texto propuesto está en la línea de la esperanza de la restauración. El Espíritu del Señor volverá a reanimar a su pueblo: "Pondré en ustedes mi Espíritu y vivirán; los estableceré en su tierra" (Ez 37, 14).

Nosotros somos este pueblo desterrado. El destierro - y cada uno sabe en qué consiste su personal destierro - es debido al pecado, a la desobediencia, al haber abandonado al Señor. Como Israel, no tenemos nada que reivindicar. Había dicho el Señor a través del profeta Jeremías: "¿Acaso sus padres me hallaron desleal, para que se alejaran de mí?" (Jer 2, 5).

La vuelta a la patria profetizada por Ezequiel y, sobre todo, por el Segundo Isaías se realizará, y será exactamente Ezequiel, en función de sacerdote, el artífice del nuevo estatuto del puebloLos “huesos secos” de Judas (cf. Ez 40-48). Muchas cosas ya no serán como antes. Ya no habrá un rey sino un príncipe, cuya casa será, de ahora en adelante, separada del templo (cf. Ez 43, 7-9); en el tiempo de Salomón, en cambio, palacio real y templo formaban una sola construcción. Ya no será el príncipe el punto recapitulativo de los Israelitas, sino una nueva figura, la del sacerdote.

Los "huesos secos" han retomado vida; el pueblo ha vuelto a Jerusalén.

¿Qué ha hecho de particular para ganarse volver a la patria? Aunque sabemos que el período del destierro ha sido uno de los más fecundos de su historia, nada ha sido escrito sobre sus supuestos méritos ante de Dios. Probablemente ha resistido a la idolatría, ha mantenido unos puntos firmes de fidelidad a la Ley, y no se ha contaminado con el culto a las muchas divinidades que se adoraban en Babilonia.

Pero, el pueblo que ha roto la alianza no puede recomponerla a solas, con sus fuerzas. Tampoco Dios puede hacerlo solo, porque no la ha quebrantado Él, aunque sea completamente divina la iniciativa de reconducir a los Israelitas a su tierra, con un acto de amor gratuito, que huye de toda comprensión humana. Dios es fiel a sus promesas hasta el final. La multitud que ha sido llamada no será abandonada definitivamente. Dios dona a su Espíritu a aquellas personas que han endurecido como piedra el propio corazón. El Espíritu renueva al hombre, vuelve de carne su corazón y el hombre retoma vida.

"Les daré un corazón nuevo y pondré dentro de ustedes un espíritu nuevo. Quitaré de su carne ese corazón de piedra y les daré un corazón de carne" (Ez 36, 26).

Sabemos que, después de haber regresado a la patria, los Israelitas han comenzado su vida de siempre, y también los profetas han retomado los llamamientos a la purificación, a volver a caminar por los caminos del Señor. Pero, son los últimos rasgones de una historia, que del Antiguo Testamento está a punto de abrirse al Nuevo, que será también el definitivo. El profetismo mismo, al menos el clásico de los grandes escritores, nacido con la monarquía (siempre en antítesis, para denunciar sus abusos), desaparecerá con su fin.

Entre "huesos secos" y desafío abierto con respecto a Dios, se erguirá Jesús Cristo, nuevo rey y nuevo sacerdote. Sumergiéndose en nuestro mundo corrupto y perverso, el Hijo del hombre no volverá a juntar los trozos de las tablas de la Ley, que Moisés había triturado a causa de la infidelidad del pueblo, y no hará revivir la falsa esperanza de la restauración del reino de Israel.

Él dará una Nueva Alianza que reengendrará al género humano a través de la cruz. Con su muerte, también el velo del templo será desgarrado (cf. Mt 27, 51). Él también verá a un pueblo probado y agotado por la fatiga y la desconfianza. Experimentará las más duras humillaciones: la ingratitud, el abandono, la traición, los juegos políticos acerca de su persona, el sufrimiento y la muerte.

Pero, venido por esto, por esto morirá, para donar a su Espíritu a los "huesos secos". Se trata, también aquí, de un don gratuito, inesperado e inmerecido. Pero, sobre todo, es el don extremo, irrepetible y definitivo, que Dios podía ofrecer a través de la persona de su Hijo Jesús. Y exactamente por esto, el silencio después de su muerte engendra angustia y extravío entre sus fieles, y todas las esperanzas se han derrumbado irrevocablemente: el Hijo de Dios ha muerto.

El día de Pascua, los discípulos verán la puerta del sepulcro volcada y el sepulcro vacío.

La Cuaresma es un tiempo de preparación para acoger este don único de Dios. Como cristianos, no debemos contemplarlo solo como algo que desciende del cielo, sino acogerlo con toda nuestra participación. Porque en el cielo no hay alegría por el pecador, sino solo por el pecador que se convierte (cf. Lc 15, 7. 10). El tiempo se ha hecho breve y hoy estamos llamados a la conversión.

Sandro Puliani


09/04/09
 
 

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