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Apuntes de Espiritualidad/30


 

LA PEREZA ESPIRITUAL



La pereza, puesta por la tradición cristiana entre los pecados capitales, indica negligencia, acidia, inercia, entorpecimiento, ociosidad, indolencia, descuido. Es la actitud de rechazo voluntario frente a la fatiga, a las exigencias del mensaje de Cristo[1].

Se podría decir que la pereza es un vicio arraigado en los huesos del hombre. De hecho, el perezoso siente una fuerte alergia a toda forma de esfuerzo y de empeño; evita toda fatiga; es discontinuo, nunca puntual y desordenado en todos los niveles. No se decide nunca a levantarse de la cama; en la cama vuelve a removerse, como la puerta que da vuelta sobre sus goznes (cf. Pro 26, 14).

En el campo espiritual, el perezoso es el que no siente ningún gusto o lo ha perdido; siente solo aburrimiento con sí mismo y con todo lo que lo rodea. Vaga en casa; escudriña detrás de la ventana; fija las paredes, como si pudiese encontrar en ellas la respuesta a las tantas preguntas que la palabra de Dios le hace. El perezoso nunca sabe ponerse al trabajo o aplicarse al estudio y, menos aún, a la oración. La característica de la pereza es el miedo al esfuerzo, y hace que el hombre esquive la fatiga o bien que trabaje lentamente, con inconstancia, deteniéndose a la mínima dificultad que encuentre[2]. Este vicio contagia no solo a los hombres en general, sino también a los cristianos y, entre ellos, incluso a muchos religiosos y sacerdotes, quienes, por pereza, renuncian aun a la predicación, su tarea principal, y se niegan así a responder con amor a la llamada del Señor.

El perezoso no es ni frío ni caliente, no sabe decidirse ni por el bien ni por el mal, no hace nada. El libro del Apocalipsis sentencia: "No eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio y no frío o caliente, voy a vomitarte de mi boca." (Ap 3, 15-16).

Pereza: rechazo del gozo y repulsión del bien

Cuanto más la pereza se extiende en el tiempo y se vuelve habitual, tanto más constituye un peligro grave para la vida espiritual, que se transforma así en terreno favorable para tentaciones y vicios. La pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a probar repulsión por el bien divino.

Para captar la gravedad de este vicio y su malicia, basta con recordar que en los orígenes de la historia, antes del pecado de Adán y Eva, Dios había colocado al hombre en el paraíso terrenal, para que lo custodiase y lo trabajase (cf. Gén 2, 15), en una actitud dinámica de colaboración con su potencia creadora. El hombre, desde el comienzo de la creación, como también actualmente, está llamado a ser un administrador responsable de los dones recibidos de Dios, y no un perezoso explotador de los mismos.

Jesús nos da una viva descripción del perezoso en la parábola de los talentos, refiriendo el diálogo entre el siervo, que había recibido tan solo un talento, y su dueño (cf. Mt 25, 14-30). El perezoso es el que ha enterrado el talento recibido y espera del Señor, a su regreso, el premio. Y no se da cuenta de que ocultar el talento quiere decir enterrar la inteligencia, la voluntad, la libertad, la responsabilidad, las manos, la boca, los pies, el corazón. Enterrar el talento lleva a ya no desear responder a Dios, a ya no tener ganas de colaborar con Él. Nos olvidamos de que es Él quien nos ha llamado; de que es la unión a Él la que nos hace capaces de hacer fructificar los talentos.

El Santo Padre nos recuerda que la respuesta del hombre a la llamada divina - cuando se está conscientes de que es Dios el que toma la iniciativa y es todavía Él quien lleva a término su proyecto salvífico - no se reviste nunca del cálculo temeroso del "servidor perezoso" que, por miedo, esconde bajo tierra el talento que se le había encomendado, sino que se expresa en una pronta adhesión a la invitación del Señor. Sin abdicar en absoluto a la responsabilidad personal, la libre respuesta del hombre a Dios se transforma así en "corresponsabilidad", en responsabilidad en y con Cristo, en fuerza de la acción de su Santo Espíritu; se vuelve comunión con Aquel que nos hace capaces de producir mucho fruto[3].

¿Por qué quedar ociosos?

¿Por qué, entonces, permanecer sentados y ociosos en plaza, en casa, frente a una computadora o a una ventana, mientras el Dueño de la Viña sigue llamándonos, buscándonos e invitándonos con tanta insistencia? "¿Por qué se han quedado todo el día sin hacer nada?" (Mt 20, 6). Y, mientras nosotros persistimos en nuestra pereza, nuestras jornadas terrenas pasan velozmente. Aunque hubiésemos llegado ya al término de nuestra existencia, el Dueño de la Viña no es perezoso como nosotros; él no se cansa de llamarnos insistentemente a la acción, a poner a fruto los talentos recibidos, y su invitación es más que nunca apremiante: "Vayan también ustedes a trabajar en mi viña!" (Mt 20, 7).

Los perezosos no tienen nunca nada que decir, nada que arriesgar, nada que asumir, nada que aportar para la construcción de la casa común. De hecho, el perezoso no ama vivir, ya que vivir exige también cierto combate, mientras que a él le gusta adormecerse en la propia tranquilidad. El perezoso, como el tibio, es el que renuncia al combate, y esto lo lleva al debilitamiento espiritual del organismo: la sangre se hace anémica; los anticuerpos, como la oración, el trabajo, la constancia, la fidelidad se debilitan, y el no hacer nada permite el difundirse de las infecciones de varios vicios. Así prepara su fracaso, que ya no sabrá reconocer, porque está acostumbrado a justificar su actitud[4].

¿Cómo sanar la pereza? La simplicidad evangélica de san Antonio abad indica en la oración y el trabajo el remedio para este, como para tantos otros vicios. Para san Antonio, la salvación está en la oración, como vida vivida en la presencia de Dios, y en el trabajo manual, obra de sus manos, que es roca segura a la cual apoyarse[5]. Oración y trabajo permiten al perezoso luchar contra su voluntad inactiva, y desvelarse con todas sus fuerzas para salir de su entorpecimiento.

Irene Iovine




[1] Cf. A. Lipari, Pigrizia, en Dizionario Enciclopedico di Spiritualità, III. A cura di E. Ancilli e del Pontificio Istituto di Spiritualità del Teresianum, Città Nuova Editrice, Roma 1990, 1960-1961.
[2] Cf. B. Honings, Pigrizia, en Dizionario Enciclopedico di Spiritualità, II. Diretto da E. Ancilli, Edizioni Studium, Roma 1975, 1465.
[3] Cf. Benedetto XVI, Mensaje para la XLVI Jornada Mundial de las Vocaciones (3 de mayo de 2009), en www.vatican.va
[4] Cf. E. Grasso, Très chers amis... Thèmes choisis de spiritualité, Centre d'Études Redemptor hominis, Mbalmayo 2000, 218.
[5] Cf. N. Devilliers, Antonio il grande padre dei monaci, Piero Gribaudi Editore, Torino 1973, 65-67.




09/04/2010

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis