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Apuntes de Espiritualidad/31



OBEDECER A DIOS ANTES QUE A LOS HOMBRES



En los Hechos de los Apóstoles, leemos esta afirmación: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (He 5, 29).

Este gran principio bíblico acerca de la obediencia tiene un carácter profundamente liberatorio. En la visión bíblica, en efecto, la obediencia es inseparable de la libertad: solo en la libertad se puede obedecer y solo obedeciendo al Evangelio se entra en la plenitud de la libertad.

La obediencia, en efecto, nace como coronamiento de la escucha de la Palabra de Dios. Por esto, decimos que la fe es la obediencia a una palabra escuchada, que se realiza en nosotros no como una ley que cumplir exteriormente, sino como un amor que vivir, que elegimos en plena libertad. La obediencia a todos los mandatos de Dios, por tanto, se transforma en el deseo mismo del creyente, quien ama a su Dios y halla el gozo en el hacer su voluntad[1].

La obediencia, decía papa Benedicto XVI algunos meses atrás, es una palabra que no nos gusta a nosotros los hombres de nuestro tiempo. Esta parece como una alienación, una actitud servil, una ley que cumplir, y no un amor que vivir en plena libertad. Parece que la obediencia nos quita la libertad, no nos permite ejercitarla, dado que nuestra libertad se somete a otra voluntad: el hombre ya no sería libre, sino que estaría determinado por otro, mientras que la autodeterminación, la emancipación sería la verdadera existencia humana. En lugar del término "obediencia", nosotros queremos, como palabra clave antropológica, la de "libertad"[2].

En el tiempo pascual, más que en otros tiempos litúrgicos, las lecturas de la Misa nos hablan de la obediencia de Jesús al Padre: una obediencia hasta la muerte y la muerte de cruz.

El Evangelio de Juan subraya esta dimensión obediencial de Jesús, presentándolo como "el plenamente despojado de sí", el que, en lo que es, dice y hace, siempre se remite al Padre que lo ha enviado. Esta obediencia amorosa da sentido a su vivir y a su morir, también en la muerte de cruz; y Él hace de esto, contra toda lógica humana, un acto de absoluta libertad.

Entre el Hijo y el Padre hay el Amor; por esto, el Hijo obedece no como un títere, sino como una persona, como un centro de libertad, de voluntad, de inteligencia y de responsabilidad. Cuando el Hijo obedece, lo hace con todas sus facultades. Él conoce al Padre, sabe lo que le gusta al Padre y lo cumple. Él obedece al Padre como Hijo y no como un siervo respecto a su dueño[3].

Es importante recordar que nosotros no somos títeres pasivos en manos de Dios o piezas de un tablero de ajedrez, que Dios desplaza a su gusto para tapar algunos agujeros. Dios desea que nos volvamos completamente como Él nos ha pensado desde la eternidad, pero no nos impone serlo, si no lo queremos. San Agustín nos recuerda que Dios nos ha creado sin nuestro permiso, pero, no hará nada sin nuestra participación.

Si en nosotros no hay escucha y acogida de Dios, no tiene sentido obedecerle. Decir un "sí" forzado no permite realizar el designio divino sobre nosotros, porque seríamos solo esclavos de un proyecto que no es nuestro. La vida terrena de Jesús es expresión y continuación de lo que el Verbo hace desde la eternidad: dejarse amar por el Padre, acoger de manera incondicional su amor, hasta el punto de no hacer nada por sí mismo, sino cumplir siempre lo que le gusta al Padre.

Aun cuando le parece que Dios lo ha abandonado, porque permite que a él, su Hijo, le sea dada la muerte, Jesús no huye; se dirige al Padre, lo interroga y, en seguida, se remite a su voluntad. Frente a la angustia de la muerte, se atreve a pedirle que aleje de él el cáliz del sufrimiento, pero no insiste ni un instante más, porque entiende que beber aquel cáliz es cumplir su voluntad.

Como cristianos, y más aún como religiosos, tantas veces no nos remitimos al ejemplo de Jesús, obediente hasta la muerte de cruz. Nos cansamos de hacer la voluntad de Dios y nos ilusionamos que, haciendo la nuestra, todo será más simple para nosotros. ¡Cuántas veces le insistimos a fin de que nos dé de beber el cáliz que queremos, y no aquel que Él prepara para nosotros! Si el cáliz que nos ofrece es dulce, entonces nuestra obediencia está asegurada; pero, cuando el cáliz se vuelve amargo a nuestro paladar, entonces entramos en la desobediencia: allí termina, para nosotros, el cumplimiento de su voluntad y empezamos a seguir la nuestra. Seguimos por nuestro camino como quienes se llenan la boca de las palabras: "Señor, Señor" (cf. Mt 7, 21), pero en su corazón escuchan y realizan solo sus propios deseos.

Hacer la voluntad de Dios significa conocer a Dios, contemplarlo y amarlo; quiere decir que Él está en el centro de nuestra vida y da sentido a nuestro entrar en relación con los demás, a nuestro apostolado, a nuestras actividades. Pero, esto es posible solo si nos ponemos a la escuela de Él y aprendemos su criterio; un criterio de amor, en base al cual estamos en condiciones de discernir lo que es bueno y justo, y lo que, en cambio, no lo es. Sin esta claridad, no tiene sentido hablar de obediencia, de hacer la voluntad de Dios y de participar en su designio de amor.

Nosotros, en efecto, alcanzamos nuestra plenitud solo en la medida en que nos insertamos en el designio, con el cual Dios nos ha concebido con amor de Padre. Por lo tanto, la obediencia es el único camino del que dispone la persona humana, ser inteligente y libre, para realizarse plenamente. En efecto, cuando la persona humana dice que "no" a Dios, compromete el proyecto divino, se rebaja a sí misma y se dirige sicuramente al fracaso[4].

Irene Iovine



[1] Cf. E. Bianchi, Le parole della spiritualità. Per un lessico della vita interiore, Rizzoli, Milano 2004, 149.
[2] Cf. Benedicto XVI, Encuentro con el clero de la Diócesis de Roma (18 de febrero de 2010), en www.vatican.va
[3]
Cf. E. Grasso, Très chers amis... Thèmes choisis de spiritualité, Centre d'Études Redemptor hominis, Mbalmayo 2000, 169.
[4] Cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, El servicio de la autoridad y la obediencia (11 de mayo de 2008), 5.


18/06/2010
 

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