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Apuntes de Espiritualidad/32


 

LA CORRECCIÓN FRATERNA



La corrección fraterna es una práctica de vida cristiana. Ha sido siempre interpretada en el marco de las indicaciones evangélicas propuestas por Jesús, que remiten al ejemplo de Dios Padre, quien corrige a los que ama.

En el Antiguo Testamento, Dios aparece como el gran educador que conduce a Israel: "Hijo mío, no desprecies las advertencias de Yavé, no te rebeles contra su reprimenda; porque el Señor corrige al que ama, así como un padre reprende al hijo que quiere" (Pro 3, 11-12).

Una vez más en el libro de los Proverbios, leemos: "Respetar las advertencias es caminar a la vida, no hacer caso de la corrección es perder su camino" (Pro 10, 17). El Señor es nuestro pastor y como tal nos "reprende, corrige, enseña y como un pastor reúne a su rebaño" (Sir 18, 13).

Dios es el Padre que corrige por amor a sus hijos, y les pide cambiar la propia conducta de vida y reprender, a su vez, a los hermanos. La de Dios es una corrección paterna que implica, para nosotros los cristianos, la corrección fraterna. Dios nos pide cuentas no solo de nuestro modo de vivir, sino también de aquel de nuestro hermano. Cuando el Señor nos hace preguntas acerca de él, ciertamente no salimos del paso bisbisando cabizbajos y en voz baja: "No lo sé". Y ni escapamos, dando vueltas estúpidamente a la pregunta y dirigiéndola al Señor: "¿Soy a caso el guardián de mi hermano?" (Gen 4, 9).

El Antiguo y también el Nuevo Testamento están llenos de llamadas a la corrección fraterna, que encontramos, por ejemplo, en el Evangelio de Mateo y en varias Cartas de san Pablo. "Si tu hermano ha pecado, vete a hablar con él a solas para reprochárselo. Si te escucha, has ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos. Si se niega a escucharlos, informa a la asamblea. Si tampoco escucha a la Iglesia, considéralo como un pagano o un publicano" (Mt 18, 15-17).

Corregir es mostrar las razones

"Corregir no es solo decir: 'Te has equivocado', sino mostrar las razones ('confutar, convencer'). Esto nace de un amor inteligente, que piensa y refleja antes de reprochar; que siempre tiene presente el fin que alcanzar; que recurre a la discreción del diálogo cara a cara antes de intervenciones en público"[1].

La corrección fraterna, sin embargo, es, tal vez, el mandamiento evangélico más desatendido. También en nuestras comunidades religiosas, parece que es esta la enseñanza que no tomamos en consideración. Se tiene la impresión de que hemos arrancado del Evangelio precisamente esta página, porque molesta; porque nos llama a tener que ver con el otro; nos estimula a hallar el coraje, en nombre del Amor, de decir una palabra de verdad y también de enfrentarnos con el otro.

Surge, además, también la pregunta acerca de quién pueda decir una palabra convincente al otro. Solo el poder juzgador de la Palabra, espada de doble filo, nos hace ser verdaderos con los demás, si primero la acogemos en nosotros mismos, dejándonos purificar y dirigir por ella.

Para el cristiano, la corrección fraterna es un bien que emana de la palabra; la fuerza de corregir nos la da la Palabra de Dios. De la fuerza de la Palabra y de la costumbre de confrontarnos con ella deriva el coraje de la corrección fraterna. Esta no es un juego de placeres recíprocos, de favores datos o recibidos, de palmadas en la espalda para consolarnos, de palabras que nos vienen bien. El otro tiene que ser reprendido en base al amor que procede de la Palabra de Dios, que guía y orienta, ante todo, nuestra vida.

Estar enterado del otro, volver a llamarlo a la propia vocación, corregirlo en su conducta de vida, sacudirlo, amonestarlo delante de dos o tres personas y, en fin, comunitariamente, para reponerlo en el camino justo, es una tarea que, frecuentemente, nos rehusamos a cumplir o que, a veces, realizamos solo hasta cierto punto. Luego, nos cansamos y nos retiramos, por miedo de permanecer solos y de ya no tener amigos. Haciendo así, vivimos al día hasta ponernos extraños entre nosotros y perder, por consecuencia, al único verdadero Amigo. Él nos ha reunido para ayudarnos a mantener un vínculo con Él, evitando cultivar una "amistad" entre nosotros que lo excluye, porque no fundada en la verdad evangélica.

La corrección fraterna sirve, en la vida comunitaria, como la sal que da sabor a una comida: en ella no se le pone mucha, de otra manera la vuelve salada, pero, ni poca para no hacerla volver sosa; se utiliza aquella pizca que es necesaria. De la misma manera, se hace aquella llamada auténtica que produce el bien común.

Esta hace nacer buenos frutos comunitarios, cuando es verdadera y auténtica; en caso contrario, causa solo daños a la persona y a la comunidad. La verdad que no deriva del amor no corrige, sino que exaspera. Solo de un gran amor nace la sabiduría de reprochar en los tiempos y en los modos debidos[2].

Muchas veces hallamos el desequilibrio o de reprender a los demás, olvidándonos de empezar primero por nosotros mismos, o de no amonestarlos, para justificarnos a nosotros mismos y, por consiguiente, para cubrirnos recíprocamente en el momento oportuno.

"La corrección fraterna se vuelve fructuosa y verdadera caridad, cuando está acompañada por sincera humildad y por el esfuerzo auténtico de corregir, primero en nosotros, los defectos y las faltas que hallamos y condenamos en los demás"[3].

Ser responsabile del otro

Nuestra tentación es la de creer que sea siempre otro el que debe decir una palabra o hacer un gesto de llamada evangélica; esta es una actitud que perjudica notablemente al individuo y a la comunidad. De esta manera, muchas veces, hacemos faltar nuestra palabra de ayuda fraterna, porque nos consideramos, falsamente, los más grandes pecadores, sin una palabra creíble, o nos consideramos los más grandes santos y, por esto, ignoramos a los demás. En la auténtica corrección fraterna no se halla una persona impecable, que reprocha a quien ha caído, sino que se encuentra una persona humilde que tiene experiencia de la propia fragilidad.

No se escapa del juicio de Dios, quien, en el momento oportuno, nos dirá, con las palabras del profeta Ezequiel, "el malo morirá debido a su pecado, pero a ti te pediré cuenta de su sangre" (Ez 33, 8). No tenemos que ilusionarnos, pues, que Dios no nos pedirá cuentas precisamente a nosotros de nuestras comunidades, que mueren o viven al día, porque en ellas no se cultiva el amor recíproco.

Cada uno de nosotros lleva la responsabilidad de la propia vida, pero también de la de los demás. El libro del Apocalipsis, que es el último de la Biblia, termina con las siguientes palabras: "Voy a llegar pronto, y llevo conmigo el salario para dar a cada uno conforme a sus trabajos" (Ap 22, 12).

Y los trabajos de corrección fraterna son muy importantes, porque son inspirados por el amor evangélico.

Irene Iovine




[1] C.M. Martini, Dizionario spirituale. Piccola guida per l'anima, Edizioni Piemme, Casale Monferrato 1997, 37.
[2]
Cf. C.M. Martini, Dizionario spirituale..., 36.
[3]
C. Gennaro, Correzione fraterna, en Dizionario Enciclopedico di Spiritualità, I. A cura di E. Ancilli e del Pontificio Istituto di Spiritualità del Teresianum, Città Nuova Editrice, Roma 1990, 646.



05/07/2010

 

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