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Apuntes de Espiritualidad/39

 



  NUESTRO HERMANO JUDAS

  Homilía del Jueves Santo de 1958 en Bozzolo (Mantua-Italia)
del Párroco P. Primo Mazzolari (1890-1959)

   


 

Mis queridos hermanos, es precisamente una escena de agonía y de Cenáculo. En el exterior hay tanta oscuridad y llueve. En nuestra Iglesia, que se ha convertido en el Cenáculo, no hay lluvia, no hay oscuridad, pero hay una soledad de los corazones con la que tal vez el Señor carga el peso. Hay un nombre, que vuelve muchas veces en la oración de la Misa que estoy celebrando en conmemoración de la Última Cena del Señor, un nombre que da susto, el nombre de Judas, el traidor.

Un grupo de los niños de ustedes representa a los Apóstoles; son doce. Ellos son todos inocentes, todos buenos, todavía no han aprendido a traicionar a Dios y Él quiera que no solo ellos, sino todos nuestros niños, nunca aprendan a traicionar al Señor. El que traiciona al Señor traiciona a su propia alma, traiciona a sus hermanos, su conciencia, su deber y se vuelve un desgraciado.

Yo me olvido por un momento del Señor o, mejor dicho, el Señor está presente en el reflejo del dolor de esta traición, que debe de haber dado al corazón del Señor un sufrimiento sin límites. ¡Pobre Judas!

Ustedes puede ser que se maravillen de estas palabras mías para ese pobre discípulo que, en un momento determinado, no pudo seguir siendo fiel a su Maestro.

Yo no sé lo que haya pasado en su alma. Es uno de los personajes más misteriosos que encontramos en la Pasión del Señor. Ni siquiera trataré de explicárselo, me contento con pedirles un poco de piedad para nuestro pobre hermano Judas.

No se avergüencen de asumir esta hermandad. Yo no me avergüenzo de ella, porque sé cuántas veces traicioné al Señor, y creo que ninguno de ustedes debe avergonzarse de Él. Y llamándolo "hermano", estamos en el lenguaje del Señor. Porque cuando recibió el beso de la traición en el Getsemaní, el Señor le respondió con estas palabras que nunca debemos olvidar: "Amigo, ¡con un beso traicionas al Hijo del hombre!" También en ese momento, cuando todo ya estaba decidido para la traición, porque este era la señal que había acordado con el grupo de los soldados y de los siervos de los sacerdotes, que habían llegado para detenerlo, donde Él llegaba todas las noches cuando estaba en Jerusalén para la oración: "Aquel que yo besaré es Él. ¡Tómenlo!".

iAmigo!

Esta palabra, que les dice la ternura infinita del amor del Señor, también les permite entender por qué, en este momento, lo he llamado "hermano", siguiendo el lenguaje del Señor. Había dicho Jesús en el Cenáculo: "No les llamaré siervos, sino amigos". Los Apóstoles se han convertido en "amigos" del Señor. Que hayan sido buenos o no, generosos o no, fieles o no, siguen siendo siempre "amigos".

Nosotros podemos traicionar la amistad de Cristo, ¡Él nunca traiciona a sus amigos! Aun cuando no lo merecemos, cuando nos rebelamos contra Él, cuando lo negamos, delante de sus ojos y su corazón siempre somos los "amigos" del Señor. Judas es un amigo del Señor, aun cuando, besándolo, consumaba la traición del Maestro.

Les pregunto: ¿Por qué un apóstol del Señor acaba como traidor? ¿Conocen usted, mis queridos hermanos, el misterio del mal? ¿Me pueden decir cómo hemos llegado a ser malos? Recuerden que ninguno de nosotros en algún momento (improvisamente) ha descubierto adentro de sí el mal. Sino que, más bien, hemos visto crecer el mal; ni siquiera sabemos por qué nos abandonamos al mal; no sabemos tampoco por qué nos hemos vuelto blasfemadores, negadores. No sabemos tampoco por qué les dimos la espalda a Cristo y a la Iglesia. A un momento dado, he aquí que apareció el mal.

¿Desde dónde?

¿Quién nos lo enseñó?

¿Quién nos corrompió?

¿Quién nos quitó la inocencia?

¿Quién nos quitó la fe?

¿Quién nos quitó la capacidad de creer en el bien?

¿De querer el bien?

¿De aceptar el deber de enfrentar la vida como una misión?

Es el misterio del mal. Pero ya no es un misterio nuestra maldad. Como ya no es un misterio la traición de Judas. ¡En un momento dado, el apóstol se volvió un traidor! En un momento preciso, el cristiano se volvió un negador. En un momento preciso el bautizado se transforma en aquel que se "desbautiza". iEn un momento preciso, el que fue marcado "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" empieza a blasfemar contra estos Santos nombres en los cuales fue consagrado hijo de Dios, miembro de la Iglesia!

¡Qué misterio!

iVean a Judas como hermano nuestro! iHermano, en esta común miseria y en esta sorpresa! Pero, ¡alguien debe de haber ayudado a convertirse a Judas en el traidor!

Hay una palabra en el Evangelio, que no explica el misterio de la maldad de Judas, sino que nos lo pone delante de nosotros de una manera impresionante: "Satanás lo ha tomado". ¡Se ha apoderado de él! Alguien tiene que haberlo introducido en el misterio de la maldad. ¡Haberlo metido en él! iCuántas personas también en nuestro pueblo tienen el oficio de Satanás: destruir la obra de Dios; devastar las conciencias; difundir la duda; insinuar la incredulidad; retirar la confianza en Dios; borrar a Dios de los corazones de tantas criaturas! Porque esta es la obra del mal, es la obra de Satanás. Él actuó en Judas, y también puede actuar dentro de nosotros mis queridos hermanos si no tenemos cuidado. Por eso, el Señor había dicho a sus Apóstoles, allá en el huerto "de los olivos", cuando los llamó a acercarse: "Velen y oren para no entrar en tentación".

Y la tentación ha comenzado con el dinero. Las manos que cuentan el dinero. "¿Qué me dan para que entregue al maestro en sus manos?" Y le asignaron treinta monedas de plata. Pero se las contaron después de que Cristo había sido detenido y llevado ante el tribunal. ¡Vean el trueque! Judas entrega al amigo, al maestro, al que había elegido a él, a quien lo había hecho "un apóstol", al que nos ha hecho "un hijo de Dios", a quien nos ha dado la dignidad, la libertad y la grandeza de los hijos de Dios. ¡He aquí el trueque! ¡Treinta monedas de plata! La pequeña ganancia. Vale poco una conciencia, mis queridos hermanos: treinta monedas.

¡Y a veces nos vendemos hasta por menos de treinta monedas! Aquí están nuestras ganancias, así que a veces escuchan catalogar a Judas como un "pésimo empresario".

Hay alguien que piensa que ha logrado una buena ganancia vendiendo a Cristo, renunciando a Cristo, poniéndose al lado de los enemigos. Ustedes creen que han ganado un lugar, un poco de trabajo, cierto respeto, cierta consideración entre unos amigos, quienes disfrutan de poder llevarse lo mejor que hay en el alma y la conciencia de alguno de sus compañeros. He aquí: ¿Ven la ganancia? ¡Treinta monedas!

Y ¿en qué se transforman estas treinta monedas de plata?

En un momento dado ustedes ven a un hombre, Judas estamos al día siguiente cuando Cristo está para ser condenado a muerte. Tal vez Judas no había imaginado que su traición hubiese llegado tan lejos. Cuando se enteró del "sea crucificado", al verlo destrozado a latigazos en el patio de Pilato, al traidor se le ocurre hacer un gesto, un gran gesto. Va donde estaban aún reunidos los jefes del pueblo, los que lo habían comprado, los por los cuales se había dejado comprar. Él tiene en sus manos la bolsa. Toma las treinta monedas. Se las tira: "¡Tómenlas! Es el precio de la sangre del Justo".

Una revelación de la fe había medido la gravedad de su crimen. Ya no valían más estas monedas. Él había hecho muchos cálculos con ese dinero. El dinero. Treinta monedas de plata.

¿Qué importa la conciencia, qué importa "ser cristiano"? ¿Qué nos importa de Dios? Dios no se ve. Dios no nos da "de comer". Dios no nos hace divertir. Dios no nos da "la razón de nuestra vida". ¡Las treinta monedas! Y ya nos falta la fuerza para tenerlas en las manos. Y se nos van. Porque cuando la conciencia no está tranquila ¡incluso el dinero se convierte en un tormento y se esfuma!

Hay un gesto, un gesto que desvela una grandeza humana. Se las tira allá.

¿Creen ustedes que aquella gente comprende algo? Recogen las monedas y dicen: "Por tener sangre las pondremos de lado. Compraremos un poco de tierra y vamos a hacer un cementerio para los extranjeros que mueran durante la Pascua y otras fiestas importantes de nuestro pueblo".

Así la escena ha cambiado, mañana por la tarde aquí, cuando nos encontraremos para celebrar la muerte de Jesús en la cruz, ustedes verán que hay dos patíbulos: está la cruz de Cristo; está un árbol del cual el traidor se ahorcó. ¡Pobre Judas! ¡Pobre nuestro hermano!

El más grande de los pecados no es vender a Cristo: es la desesperación.

También Pedro había negado al Maestro; Él lo miró y Pedro se echó a llorar, y el Señor lo ha repuesto en su lugar: ¡Su vicario! Todos los apóstoles han abandonado al Señor y están de vuelta, y Cristo los ha perdonado y los ha retomado con la misma confianza.

¿Creen ustedes que no se habría encontrado un lugar también para Judas? si él hubiese querido, si hubiese ido al pie del Calvario, si hubiese mirado a Jesús, por lo menos, desde una esquina o una curva del camino del vía crucis: la salvación habría llegado también para él.

¡Pobre Judas! Una cruz y un árbol de un hombre ahorcado.

Unos clavos y una soga.

Traten de comparar mis queridos hermanos estos dos finales.

Ustedes dirán: "Muere uno y muere el otro".

Pero me gustaría preguntarles: ¿Cuál es la muerte que usted eligen? ¿En la cruz como el Cristo, en la esperanza del Cristo o ahorcados, desesperados, sin nada frente a ustedes?

Perdónenme si esta noche, que tendría que haber sido de intimidad, les he traído algunas consideraciones tan dolorosas. Pero yo amo también a Judas, quien es mi hermano. Voy a rezar por él también esta noche. Porque yo no juzgo, no condeno. Tendría que juzgarme a mí mismo. Tendría que condenarme a mí mismo.

Yo no puedo dejar de pensar que, aun para Judas, la misericordia de Dios, este abrazo de amor, aquella palabra "amigo", que le había dicho el Señor cuando él lo besaba para traicionarlo; no puedo pensar que esa palabra no haya encontrado un camino en su pobre corazón. Y, quizá, en el último momento, recordando esa palabra y la aceptación del beso, incluso Judas se habrá dado cuenta de que el Señor todavía lo amaba y lo recibía entre los suyos de allá. Tal vez él es el primer apóstol que ha llegado junto con los dos ladrones. Un cortejo que ciertamente parece que no honra al Hijo de Dios, como alguien lo considera, que, sin embargo, es una grandeza de su misericordia.

Y ahora que, antes de reanudar la Misa, voy a repetir lo que Cristo hizo en la Última Cena lavando los pies de nuestros hijos, quienes representan a los apóstoles del Señor en medio de nosotros, besando esos pequeños pies inocentes, déjenme pensar por un momento al Judas que tengo dentro de mí, al Judas que quizás ustedes también tienen en su interior. Y permítanme pedirle a Jesús, a Jesús quien está en agonía, a Jesús quien nos acepta como somos, déjeme pedirle, como gracia Pascual, que me llame: "Amigo".

Porque la Pascua es esta palabra dicha a un pobre Judas como yo, dicha a pobres Judas como ustedes.

Esta es la alegría: que Cristo nos ama; que Cristo nos perdona; que Cristo no quiere que nos desesperemos. Aun cuando nos sublevaremos todos contra Él incluyendo cuando lo blasfemaremos aun cuando en el último momento de nuestra vida rechazaremos al sacerdote, recuerden que para Él siempre seremos

"sus amigos".





28/03/2018
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis