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¡DUC IN ALTUM!/2

Las dos dimensiones de la misión en el tercer milenio


 

La misión como problema de fe

Prescindiendo de la cuestión filológico-exegética, la sola traducción "ir mar adentro" no da completamente el sentido del paso interior de Simón. Es necesario también subrayar la dimensión de profundidad, para dar razón de una espiritualidad misionera, en la que se pone en evidencia la centralidad del acto de fe, que nunca debe estar separado de la misión. "La misión en efecto es un problema de fe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros"[1].

La primacía, en efecto, no tiene que ser llevada sobre el dato socio-cultural de quien anuncia-atestigua-dialoga, y tampoco sobre aquel de los destinatarios de esta misión. En efecto, se trata, no tanto de remar mar adentro, sino de empujar hacia agua profunda donde penetra solo la palabra de Dios; Palabra que "penetra hasta donde se dividen el alma y el espíritu, las articulaciones y los tuétanos, haciendo un discernimiento de los deseos y los pensamientos más íntimos"[2].

Esta Palabra puede penetrar en el corazón de quien escucha y hacer nuevas todas las cosas[3], solo si la libertad del hombre acoge la gracia de Dios y su Palabra, dando a ellas la primacía sobre todo el resto.

Dar la primacía, aunque fuese del tiempo y de las preocupaciones, a lo cultural antes que a la fe en la Palabra, quiere decir volver a la noche tan cansadora como estéril de Simón, y cerrar las posibilidades de la vida nueva a quienes tienen el derecho evangélico al conocimiento de la Verdad que hace libres.

Para saber adónde va la misión al amanecer del tercer milenio, tenemos que ponernos de nuevo sobre las huellas del Señor, preguntarle adónde va.

Ha escrito Klaus Hemmerle: "El diálogo ad extra es diálogo ad intra. ... El carácter misionero pertenece esencialmente al ser cristianos, pero misión significa recorrer el camino de Jesús hasta la extrema lejanía, hasta el último porqué. Precisamente en el compartir con los hombres el ir hacia el exterior, Jesús manifiesta su interior más íntimo y profundo, en la voluntad del Padre"[4].

Solo donde va el esposo puede irse la esposa, que lo ama y no lo abandona. Es solamente escuchando el latido profundo del corazón del Señor, como la Iglesia puede comprender los anhelos más auténticos y profundos del corazón del hombre.

Sin el Señor y su Espíritu, todo se hace ambiguo y oscuro.

Karl Rahner preveía que en nuestro tiempo los cristianos serían místicos o se volverían insignificantes[5]. Por lo tanto, en este tiempo caracterizado por las grandes cifras y por los grandes retos, la misión de la Iglesia adquirirá una dimensión contemplativa en la acción o se afanará en tantas y fatigosas obras que, caídas las ilusiones, producirán cansancio, tristeza y desconfianza profunda.

La Iglesia no está llamada a solucionar problemas. A los pobres en efecto los tendremos siempre con nosotros[6].

En su primera homilía en Portugal, una vez más Benedicto XVI iba al corazón del problema, tocando un modo nuestro de ser y de actuar, que da por descontado lo que, en cambio, ya está todo por demostrar, ofreciendo implícitamente una clara indicación pastoral: "Con frecuencia nos preocupamos afanosamente amonestaba el Santo Padre por las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe, dando por descontado que hay fe, lo cual, lamentablemente, es cada vez menos realista. Se ha puesto una confianza tal vez excesiva en las estructuras y en los programas eclesiales, en la distribución de poderes y funciones, pero ¿qué pasaría si la sal se volviera insípida?"[7].

La Iglesia no está llamada a resolver los problemas de la sociedad, como si poseyese una fórmula mágica, sino que está llamada a amar, con un amor loco y sin cálculos, a la Palabra hecha Carne; amor que llega hasta la muerte y vence definitivamente a la muerte misma.

Esta y no otra es la eterna y única misión de la Iglesia: el anuncio de Jesús único Salvador. Todas las demás cosas el mundo ya las conoce y las posee. Pero, no por esto estamos dispensados de hacerlas.

La agenda del mundo, que es también la agenda de la misión, contiene tantos y urgentes capítulos. En el compromiso laborioso y concreto hacia cada ser humano, en los retos de hoy que cuestionan la existencia misma del hombre y del planeta, la Iglesia tiene que estar presente con todas sus energías.

Hoy, más que nunca, recorrer la ciudad, por las calles y las plazas, buscando a Aquel al que el corazón ama[8], es locura y escándalo. Es esto lo propio que nos corresponde y a lo que no podemos renunciar.

Si el ¡Duc in altum! lo entendemos solo como un ir mar adentro y no también como un ir en profundidad, este, al final, se reduce a buscar las modas del mundo, la sed y hambre espasmódicas de continuas novedades.

Pero esta no es evangelización, es el perseguir el espíritu del mundo para arrodillarse frente a él.

La evangelización no está llamada a nivelarse con lo existente, menos aún con lo existente cultural-social y religioso, sino a transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la palabra de Dios[9]. En la medida en que la esposa viva de la palabra del esposo, siempre existirá una contradicción ineludible con todas las demás palabras.

La Iglesia, escribía Mounier, estará siempre en agonía hasta el fin del mundo. Pero, esta agonía denuncia una lucha y no un fin, y las palabras para hacerse escuchar tienen que tomar forma de paradoja y de escándalo[10].

Sostenía Romano Guardini que "quien vive con la Iglesia, advierte a veces una suerte de irritada intolerancia, por la contradicción en que lo pone con lo que quieren los demás. ... Pero, cuando le caen las vendas de los ojos, se percata cómo, en cambio, es la Iglesia la que libera a quien vive en sintonía con ella del poder fascinante del espíritu del tiempo, y lo orienta a parámetros perennes. La cosa más singular es que no hay nadie más escéptico y más capaz de independencia interior de ‘lo que todos dicen', que los que viven de veras en comunión con la Iglesia"[11].

Comentando este trozo, el entonces Card. Ratzinger escribía: "Hay que comprender que no es dependencia infantil la que une el creyente a la Iglesia, sino que es el coraje de oponerse al mundo y la libertad de contraponerse a las opiniones dominantes; una libertad que, al mismo tiempo, nos indica un terreno sólido que la Iglesia no se ha dado y planeado sola"[12].

Es inútil buscar peligrosos e ilusorios atajos, para evitar la paradoja de la cruz. Esta siempre resultará un escándalo y una locura. Pero, este escándalo y locura son la paradoja ineludible del anuncio evangélico[13]. Y es allí donde la misión de la Iglesia encuentra en un único abrazo, yendo al mismo tiempo mar adentro y en profundidad, el corazón del hombre y el corazón de Dios, por todas partes, por todos los caminos del mundo.

Emilio Grasso



[1] Redemptoris missio, 11.

[2] Heb 4, 12.

[3] Cf. Ap 21, 5.

[4] Cit. en W. Bader - W. Hagemann, Klaus Hemmerle. Un vescovo secondo il cuore di Dio, Città Nuova, Roma 2001, 51.

[5] Cf. K. Rahner, Pietà in passato e oggi, en K. Rahner, Nuovi saggi, II. Saggi di spiritualità, Roma 1968, 24.

[6] Cf. Jn 12, 8.

[7] Benedicto XVI, Fe no es poder, sino evangelización. Concelebración eucarística en Terreiro do Paço de Lisboa (11 de mayo de 2010), en "L'Osservatore Romano" (esp.) n.º 26 (16 de mayo de 2010) 9.

[8] Cf. Cant 3, 2.

[9] Cf. Evangelii nuntiandi, 19.

[10] Cf. E. Mounier, L'agonie du christianisme?, en E. Mounier, Œuvres 1944-1950, III, Éditions du Seuil, Paris 1962, 531.

[11] Cit. en J. Ratzinger, Dio e il mondo. Essere cristiani nel nuovo millennio. In colloquio con Peter Seewald, San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 2001, 328.

[12] J. Ratzinger, Dio e il mondo..., 329.

[13] Cf. 1 Co 1, 17-25.




04/12/2017

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis