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¿LA VIDA MERECE LA PENA DE SER VIVIDA?

 

 


En preparación para el próximo Sínodo de los Obispos dedicado al tema "Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional", el teólogo italiano Bruno Forte ha reunido en un ágil y profundo libro una serie de artículos e intervenciones que conciernen al tema en cuestión.

Forte parte de un rápido y sintético análisis de la sociedad en la cual hoy vivimos.

La sociedad light

Escribe, acerca de esto, el Arzobispo de Chieti-Vasto: "Ya no hay un fundamento en el cual se sostenga la consistencia de lo que existe: todo es 'insostenible ligereza del ser' (Milan Kundera), irrefrenable caída en la nada. Por eso, el posmoderno es también tiempo de la fruición, de una 'fruición distraída' (Gianni Vattimo), sed de quemar el instante, de consumir el ahora con la misma intensidad con que es vivido, porque donde nada tiene fundamento o sentido, tanto vale quemar la vida en la consumición inmediata. Y es este agarrarse a la evanescencia de la fruición lo que condena inexorablemente el posmoderno a ser el tiempo de la frustración, del abandono nihilista y desesperado porque, de todos modos, la fruición no logra dar duraderamente sentido a la vida. Es esta la crisis frente a la que nos encontramos, el horizonte de nuestro actual actuar y pensar: la 'cultura fuerte', expresión de la ideología, se ha triturado en los tantos arroyuelos de las 'culturas débiles', en esa 'multitud de las soledades', en que es sobre todo notable la falta de horizontes comunes, esa penuria de esperanzas 'a lo grande', que doblega a cada uno en el corto horizonte de su 'particular'. Donde mueren las esperanzas verdaderas, triunfa el cálculo de baja calidad: a las razones del vivir, y del vivir juntos, se les sustituye la reivindicación de lo inmediatamente útil y conveniente, la protesta fundada en el interés de la óptica breve, frecuentemente obtusa y veleidosa en el largo plazo. ... Estamos enfermos de ausencia, pobres en esperanza y en grandes razones: donde falte la pasión por la verdad, todo es posible, y hasta el solidarismo puede conjugarse con cálculos vulgares, declinándose en proyectos de pequeño cabotaje"[1].

Lo que el gran historiador inglés Eric Hobsbawn ha llamado "el siglo breve" marca el apogeo y la inexorable decadencia de los grandes mitos, de las grandes historias, de los grandes ideales y el paso de la modernidad a la posmodernidad.

Vivimos en una sociedad enferma y de ella y de sus males brota una nueva figura: el hombre light, que vive haciendo alarde de su tetralogía nihilista: hedonismo-consumismo-permisividad-relativismo, unidos por un fuerte sentido de materialismo. En resumen, un sujeto comparable a esos productos, hoy tan de moda, que nos acostumbramos a denominar light. Y el hombre light es el hombre sin sustancia y sin contenido, apegado al dinero, al poder, al éxito y al placer en todas sus formas, sin restricciones ni prohibiciones[2].

"La sociedad occidental de nuestros tiempos ha perdido en grande parte la dirección, y ya no hay grandes debates sobre las temáticas más relevantes de la existencia como la muerte, el sufrimiento, la angustia, la injusticia. ... La vida light está caracterizada por el hecho de que todo está empobrecido, carece de interés y la esencia de las cosas ya no cuenta más, solo la superficie se presenta tibia"[3].

Esta sociedad light, posmoderna, sociedad de la "ligereza del ser", caracterizada por el "pensamiento débil", ve también el predominio absoluto del yo, la relación indirecta y mediática que lleva consigo lo que Luigi Zoja afirma ser "la muerte del prójimo"[4].

Narciso y el hombre digital

A esta caracterización de nuestra sociedad que excluye al otro, precisamente en una saturación de relaciones indirectas y mediáticas, hace mención el Papa Francisco en su encíclica Laudato si': "Tienden a reemplazarse las relaciones reales con los demás, con todos los desafíos que implican, por un tipo de comunicación mediada por internet. Esto permite seleccionar o eliminar las relaciones según nuestro arbitrio, y así suele generarse un nuevo tipo de emociones artificiales, que tienen que ver más con dispositivos y pantallas que con las personas y la naturaleza. Los medios actuales permiten que nos comuniquemos y que compartamos conocimientos y afectos. Sin embargo, a veces también nos impiden tomar contacto directo con la angustia, con el temblor, con la alegría del otro y con la complejidad de su experiencia personal. Por eso no debería llamar la atención que, junto con la abrumadora oferta de estos productos, se desarrolle una profunda y melancólica insatisfacción en las relaciones interpersonales, o un dañino aislamiento"[5].

Este modo de vivir y de ser caracteriza y engendra, según Christopher Lasch, la que él llama la "sociedad narcisista".

Es en la mitología griega donde encontramos al personaje de Narciso, del cual deriva la palabra narcisismo.

Cuenta el mito griego que Narciso un día vio, reflejada en el espejo de agua de una fuente, su gentil y joven imagen. En aquel tiempo tenía dieciséis años. Narciso permaneció en silencio contemplando la expresión bonita y estupefacta de su rostro, y se enamoró de su imagen. Y a esa imagen, a él gemela en cada expresión, le correspondió la sonrisa de amor como aquella que acepta el don de un diálogo sin palabras. Narciso quiso acariciarla, hacerle sentir el contacto de sus manos, como para infundirle su sentimiento. Pero el agua, movida por la mano, se enturbió.

Narciso lloró por la desaparición del rostro amado. Lloró porque amaba; y una vez más el agua, que lentamente se iba haciéndose transparente, reflejó los trazos de un rostro amado que lloraba.

Narciso no se detuvo a valorar qué fuera más conveniente: su lugar era con él. Se dejó caer en la fuente de agua, incluso antes de haber dado un nombre al amado. Y desaparecieron juntos como en un solo cuerpo, plasmado por el amor que transforma lo verdadero y el sueño[6].

Para Lasch, la sociedad narcisista tiene como característica fundamental vivir en el presente, nada más que en el presente y ya no en función del pasado o del futuro. Hoy nosotros vivimos para nosotros mismos, sin preocuparnos por nuestras tradiciones y nuestra posteridad: el sentido histórico se encuentra abandonado de la misma manera que los valores y las instituciones sociales. El narcisismo elimina lo trágico y aparece como una forma inédita de apatía compuesta por una sensibilidad epidérmica al mundo y simultáneamente de indiferencia profunda con respecto a él: paradoja que explica parcialmente la plétora de informaciones por las que estamos acometidos, y la rapidez con la cual los acontecimientos que fluyen en los mass media se echan uno al otro, impidiendo cada emoción duradera[7].

Si, al principio, se pensó que los medios de comunicación habrían favorecido la construcción de una "aldea global", hoy, y con toda razón, se habla de un aeropuerto global en el cual todos entran, transitan y del cual salen, sin encontrarse nunca verdaderamente.

La desaparición del otro

"Comunicar y quedar eternamente conectados es la consigna del hombre contemporáneo, pero esta comunicación ya no está atada a la fisicidad de la persona. Encontrarse, estar cerca, guardarse a los ojos ya no tiene ninguna importancia, así como no tiene ninguna relevancia que las palabras que se usan tengan una necesidad y un fundamento. ... ¡A la fatigosa construcción de una relación real se le ha sustituido la fulmínea simplicidad de un 'me gusta', en Facebook, regalando la ilusión de que el mundo esté lleno de amigos y de personas capaces de compartir nuestros estados de ánimo!"[8].

"El uso diario que hago de las comunicaciones, gracias a la tecnología, me está cambiando, me está transformando en una persona que tiene mayores probabilidades de olvidarse del prójimo. ... Gran parte de nuestras tecnologías de la comunicación han empezado como sustitutos inferiores de una actividad imposible. No podíamos encontrarnos siempre de solo a solo, así el teléfono ha hecho posible mantenernos en contacto también a distancia. No se está siempre en casa, así la secretaría telefónica ha hecho posible un tipo de interacción también sin que el interlocutor tenga que estar cerca de su teléfono. La comunicación online ha nacido como sustituto de la comunicación telefónica, que, por quizás cuál motivo estaba considerada demasiado gravosa o indecorosa. Y he aquí los mensajes de texto, que han facilitado y hecho aún más rápida y más móvil la posibilidad de enviar mensajes"[9].

El suicidio como problema filosófico

Escribe Luigi Zoja: "Sola, y equipada con tecnología que tiene la función de disfrazar la soledad, una parte de la juventud posmoderna no podía sino llegar al cuello del embudo y asomarse de allá. ¿Qué pasa cuando uno se encuentra demasiado solo y por demasiado tiempo? Se queda contaminado por la tristeza y luego por la desesperación. ¿En qué piensa uno cuando se halla engullido durante demasiado tiempo por la tristeza y la desesperación? En el suicidio. El suicidio siempre ha constituido una paradoja porque, por una parte corresponde a una vida fracasada, por otra requiere al suicida que tenga éxito en una de las más difíciles batallas: una vez que haya decidido que ya no quiere vivir, debe vencer el instinto de conservación. El suicida está débil y está fuerte. Pero las paradojas se suman, en la dimensión virtual. El motivo del suicidio es, cada vez más, la soledad, y el suicidarse corresponde al aceptarla como definitiva: sin embargo, se busca parejas, para morir en pareja o también en grupos relativamente numerosos. La computadora es un personaje importante del drama. No solo se ha difundido cuando desaparecía el prójimo y parece haberlo sustituido, ofreciendo una relación con los lejanos: es todavía a la computadora que uno se dirige para no morir solo"[10].

Últimamente, ha nacido un nuevo fenómeno que aterroriza a las familias y calienta en la prensa los ánimos de investigadores, policía postal, psicólogos: el Blue Whale ─la ballena azul─ el "juego" que habría estallado en los meandros de VK, el principal social network ruso, para luego esparcirse como mancha de aceite por Europa y que, después de una serie de cuarenta y nueve pruebas, frecuentemente macabras, dirigidas por un "master" capaz de condicionar, también a distancia, las frágiles mentes de un adolescente, lo llevan, en fin, al suicidio filmado como la última y la más trágica de estas. Juegos semejantes han sido practicados durante generaciones; probablemente el elemento nuevo es que se practican en soledad y los factores de riesgo o la probabilidad de morir aumentan precisamente por esta razón[11].

El Blue Whale o el Blackout game no son sino las formas extremas del problema del sentido de la vida, vida sin sentido y considerada como Nausea o Absurdo.

Es el problema que captaba ─premio nobel de la literatura en 1957─ ya desde el comienzo de su ensayo El mito de Sísifo: "Hay solo un problema filosófico verdaderamente serio: el del suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de ser vivida es responder al problema fundamental de la filosofía. El resto ─si el mundo tiene tres dimensiones o si el espíritu tiene nueve o doce categorías─ viene después. Estos son juegos; antes se debe responder a ese problema fundamental"[12].

Elegir introducir el problema del absurdo a partir de aquel del suicidio quiere decir, por lo tanto, situar, a primera vista, la reflexión de Camus sobre el absurdo no solo a nivel de la existencia según una primacía de tipo existencialista, sino en toda su radicalidad y su urgencia práctica: ¿La vida merece la pena de ser vivida? Y ¿se puede asumir como tal en su ajenidad[13]?

Por mi experiencia, es esta la pregunta fundamental a la que el próximo Sínodo de los Obispos tendrá que intentar dar respuesta: "¿La vida merece la pena de ser vivida?".

Todas las demás problemáticas se colocan dentro de esta pregunta que determinará, luego, el amplio espectro de las respuestas.

Emilio Grasso

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 


[1] B. Forte, I giovani e la fede, Queriniana, Brescia 2017, 17-18.

[2] Cf. E. Rojas, L'uomo light. Una vita senza valori, Mediserve, Milano-Napoli 1996, 11.

[3] E. Rojas, L'uomo light..., 74.

[4] Cfr. L. Zoja, La morte del prossimo, Giulio Einaudi Editore, Torino 2009.

[5] Papa Francisco, Carta encíclica Laudato si', 47.

[6] Cf. M.C. Potenza - S. Scalabrella, La mitologia classica, Studium, Roma 1987, 151-152.

[7] Cf. G. Lipovetsky, L'ère du vide. Essais sur l'individualisme contemporain, Gallimard, Paris 1993, 72-76.

[8] S. Tamaro, Siamo Pinocchi connessi e infelici in un moderno mondo dei balocchi. Cit. en V. Paglia, Il crollo del noi, Gius. Laterza & Figli, Bari-Roma 2017, 29.

[9] J.S. Foer, Così connessi, così distanti. Preferiamo l'iPad alle persone. Cit. en V. Paglia, Il crollo del noi..., 30.

[10] L. Zoja, La morte del prossimo..., 72-73.

[11] Cf. F. Floris, Altro che Blue Whale, i giochi suicidi esistono almeno da trent'anni (3 giugno 2017), en http://www.linkiesta.it/it/article/2017/06/03/altro-che-blue-whale-i-giochi-suicidi-esistono-almeno-da-trentanni/34463/

[12] A. Camus, Le mythe de Sisyphe. Essai sur l'absurde, Gallimard, Paris 1942, 15.

[13] Cf. A. Corbic, Camus. L'absurde, la révolte, l'amour, Les Éd. de l'Atelier/Éd. Ouvrières, Paris 2003, 57.

 


19/05/2018

 

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