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ACOMPAÑAR A LOS JÓVENES EN EL
DESCUBRIMIENTO DE LA MISIÓN/2




Acompañar a los jóvenes en el descubrimiento de su corazón

Aquí entramos en la parte central de nuestro discurso.

Decíamos que las palabras no son inocentes. Es decir, estas comportan siempre una opinión sobre la vida y las relaciones.

Usando el término formar, ya se da cierta visión de la relación, aunque luego, en la realidad, la relación será diferente.

Pensamos que el uso del término acompañar es más correcto que el de formar, porque por el término formar se entiende una relación en la cual el maestro plasma la materia, o sea al joven, según una forma que ya conoce, que ya tiene en su mente. Y el formador como hemos visto ejercería "una autoridad sobre las conciencias y a él se deberá respeto, confianza, docilidad".

Se pueden, por tanto, utilizar metodologías de pedagogía activa, cambiar algunos nombres y usar ciertas tácticas. Permanece, sin embargo, el hecho de que por una parte ya se sabe qué es el maestro, y por la otra, qué tiene que llegar a ser el joven.

El término acompañar, en cambio, no contiene en sí la estructura de las causalidades aristotélico-tomistas. Es un término que indica un proceder más respetuoso de la libertad de los jóvenes.

Entramos, entonces, en el corazón del problema, que está constituido por dos libertades que se encuentran o que, tal vez, chocan.

Por un lado, tenemos al joven que pone su libertad como libertad de escoger. Por el otro, al maestro quien, en su libertad de elegir, ha escogido acompañar.

El encuentro no acontece a nivel de la elección ya hecha, ni a nivel de una elección todavía por hacer. Esto a razón del hecho de que la elección es asimétrica. En efecto, por una parte, tenemos al joven que todavía debe escoger, y por la otra, al maestro que ya ha escogido.

La relación, precisamente porque es asimétrica, es delicadísima.

Si la relación aconteciese en el plano de la libertad de escoger (el plano del joven), tendríamos una relación falsa. El maestro debería fingir que se encuentra al mismo nivel que el joven, tendría que fingir una indeterminación de su libertad, que no es auténtica. Esto llevaría a aquellas formas de paternalismo e infantilismo a las que nos hacen asistir muchos pseudomaestros. El maestro pretendería ser como el joven, buscando vivir del mismo modo en que viven los jóvenes, para ser agradable a ellos.

Por otra parte, sería falsa también una relación en la que no se respetasen los tiempos de los jóvenes, los tiempos del paso de la libertad: de libertad de elección que se debe hacer ("libertad de") a libertad como donación al amor encontrado ("libertad para"). Esto comportaría un trauma en la vida de los jóvenes con la adopción de comportamientos que, más que sentidos, acogidos y madurados interiormente, son más bien relaciones impuestas de lo exterior o imitadas.

La verdad de la relación consiste precisamente en la asimetría. Solo viviendo hasta el fondo esta asimetría la relación es auténtica.

Es posible vivir esta asimetría, y es posible que la relación sea provechosa para ambos, solo si tanto el joven como el maestro permanecen abiertos a la novedad que irrumpe.

El encuentro asimétrico se volverá simétrico en un punto más alto.

Uno de los grandes maestros de la segunda mitad del siglo pasado, figura controvertida pero central como referencia para una pedagogía auténticamente libertadora, fue y sigue siendo el padre Lorenzo Milani[1].

En su Storia della Chiesa in Italia, el padre Penco habla de él como de "una de las figuras más peculiares, y en cierto sentido única, de la Iglesia de la segunda posguerra"[2].

Para el padre Milani, la elección evangelizadora es central en el proyecto pastoral. Es la clara elección de quien se reconoce solamente un instrumento en las manos de Dios, un medio en el encuentro entre la gracia de Dios y la libertad del hombre.

"Dios escribe en Experiencias Pastorales no me pedirá razón del número de los salvados en mi pueblo, sino del número de los evangelizados. Me ha confiado un Libro, una Palabra, me ha mandado a predicar y yo no tengo el coraje de decirle que he predicado cuando me consta ciertamente que, por ahora, no he predicado, sino que he lanzado solamente palabras enigmáticas contra muros impenetrables, palabras que sabía que no iban a llegar y que no podían llegar"[3].

Se trata de dar aquel "mínimo instrumental técnico sin el cual no es posible mantener un diálogo"[4].

Permanece, pues, el problema de la elección personal de cada uno. Y sobre esto el  padre Milani es de una extrema claridad.

"No es que tenga una confianza mágica en la cultura, como si fuera una receta infalible, como si todos los profesores universitarios fueran automáticamente más cristianos y tuvieran el cielo asegurado, mientras que lo tuvieran cerrado los incultos pastores de estas sierras. Lo que pasa es que los profesores, si quieren, pueden tomar un Evangelio o un Catecismo, leerlo y entender. Luego después, podrán hacer lo que les dé la gana: tirarlo por la ventana o metérselo en el corazón; que se las arreglen. Si escogen mal, peor para ellos"[5].

En una de sus cartas, se encuentra una expresión entre las más significativas respecto a la relación joven-maestro. "La escuela escribe el padre Milani se encuentra entre el pasado y el futuro y debe tener presentes ambos. ... El Maestro debe ser, por lo que pueda, profeta, escudriñar los signos de los tiempos, adivinar en los ojos de los muchachos las cosas lindas que ellos verán claras mañana, y que nosotros vemos solo de manera confusa"[6].

Está el término futuro, el único que ofrece la posibilidad de un encuentro auténtico. Este futuro llama a conversión tanto al joven como al maestro, y permite la relación.

No nos encontramos, por lo tanto, en el mundo actual de los jóvenes, ni en el mundo actual de los maestros. Nos encontramos construyendo lo nuevo que irrumpe; lo nuevo que requiere el levantarse y el caminar de los unos y de los otros.

Este mundo, dice estupendamente el padre Milani, debe ser leído en los ojos de los muchachos. Ellos lo llevan, pero lo verán claro solo mañana. Nosotros lo vemos ya hoy, pero solo de manera confusa.

He aquí la razón por la que preferimos hablar de acompañar a los jóvenes, en lugar de formar. Porque la forma no está en nosotros, como no está en los jóvenes. Esta forma la podemos alcanzar solo en el esfuerzo hecho por ambos de salir de sí mismos para encontrar al otro.

Si esta forma no está determinada todavía, entonces la escuela no puede ser transmisión de nociones, sino el lugar donde se aprende a ser y a vivir lo que seremos. Porque aquella forma de hombre, aquella forma de cristiano, aquella forma de evangelizador está toda por crearse.

En esto consiste también la crisis de tantas comunidades, donde se han formado algunos estupendos apóstoles, laicos, sacerdotes, religiosos, catequistas, maestros, misioneros. Eran estupendos según una determinada forma. Una vez que se haya deshecho aquella forma, en un tiempo de crisis de modelos, ellos también se han deshecho.

Emilio Grasso

(Continúa)



[1] Cf. E. Grasso, El lenguaje como instrumento de libertad, en E. Grasso, Mundo de campesinos, campesinos del mundo. Pautas para una pastoral campesina, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo 2007, 57-71. Allí hay amplias referencias bibliográficas.

[2] G. Penco, Storia della Chiesa in Italia, II. Dal Concilio di Trento ai nostri giorni, Jaca Book, Milano 1978, 562.

[3] L. Milani, Maestro y cura de Barbiana. Experiencias Pastorales, Editorial Marsiega (Fondo de Cultura Popular 31), Madrid 1975, 181-182.

[4] L. Milani, Maestro y cura..., 167.

[5] L. Milani, Maestro y cura..., 181.

[6] L'obbedienza non è più una virtù. Documenti del processo di don Milani, Libreria Editrice Fiorentina, Firenze 1971, 36-37.

 

 

20/01/2018

 

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