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ACOMPAÑAR A LOS JÓVENES EN EL
DESCUBRIMIENTO DE LA MISIÓN/3



 

El hombre verdadero es el hombre escondido

No tenemos un modelo al cual referirnos. Si por modelo entendemos una forma que debemos imitar y multiplicar con nuestra presencia, entonces tenemos que reconocer que vivimos en un tiempo de crisis de modelos propositivos. Esto nos obliga a penetrar más a fondo en el verdadero significado del término tradición, que hay que redefinir en el sentido de una investigación más consciente de la sustancia memorial y originaria del acontecimiento salvífico[1].

En la actualidad, se vuelve a descubrir más urgente aún, en el proceso educativo, el anuncio de un mensaje, de una buena noticia a la que responder. Este mensaje precisa nuestra participación para realizarse. Parafraseando a san Agustín, podemos decir que como Dios, quien ha creado al hombre sin el hombre, no salva al hombre sin el hombre[2], de la misma manera toda la labor educadora en la relación con los jóvenes es impotente y no llega a cumplimiento, sin su participación. Y nada podemos, sin su libertad.

El padre Ernesto Balducci, importante figura del catolicismo italiano de la segunda mitad del siglo pasado, atento y crítico lector de la Escuela de Barbiana, comprendía el centro del problema cuando, identificando el núcleo educador del padre Milani, escribía que una educación auténtica consiste en despertar en las conciencias la verdad que está escondida en ellas, de modo que estas se vuelvan capaces de razonar por sí, de juzgar por sí, de hacerse libres en un mundo en que la libertad es un peligro, una conquista, y nunca un hecho concreto o un don arraigado.

No se es educador si no se tiene fe en las posibilidades latentes del hombre que está delante de nosotros. Fe en lo que el hombre podría ser.

Educar significa transmitir, como un contagio, esta fe en las posibilidades todavía no expresadas. Como el místico dice que el verdadero Dios es el Dios escondido (Deus absconditus), así el educador dice que el hombre verdadero es el hombre escondido[3].

En esta capacidad de decir a una conciencia "levántate y camina", el padre Balducci ve ya llegar el Reino de Dios, de la misma manera que Jesús, quien decía a un paralítico "levántate y camina"[4].

El primer paso que se debe dar en el acompañamiento de un joven se encuentra en hacerle descubrir que su vida no está ya escrita, sino que está toda por escribirse. El descubrimiento de esta libertad, que permite romper los esquemas ya establecidos, las tradiciones consolidadas, las costumbres que aferran a la persona y la encierran en el ya hecho; el descubrimiento de una libertad, que da forma nueva y no ya confeccionada de antemano a nuestro vivir, es el acto revolucionario que introduce en nuestras comunidades y en la historia de la humanidad la energía divina, que solo el soplo del Espíritu puede dar.

Aquí volvemos a encontrar la profunda enseñanza contenida en los De Magistro de san Agustín y de santo Tomás.

La enseñanza es posible solamente si pensamos que el maestro verdadero es uno solo: no el hombre, sino Dios. El único que puede hablar desde el interior al alma humana, y hacer significativas e inteligibles las palabras y todo otro signo del maestro humano.

Lo que el maestro enseña no es, en efecto, un objeto material que pasa de las manos de uno a las de otro. Es un saber, una ciencia, una verdad que exige un acto interior del joven. Ahora bien, el hombre no puede provocar un acto interior directamente en uno de sus semejantes: solo a Dios le es posible actuar así sobre el alma humana. La famosa mayéutica socrática, por medio de la cual el maestro estimula al alumno a dar a luz íntimamente la verdad, es un proceso realizable solo con la ayuda de Dios[5].

He aquí por qué, en vez de insistir en el término formar, recalcamos el término acompañar. Porque precisamente de esto se trata. De esta capacidad de caminar junto con el otro y, durante el camino, saber escuchar y hablar.

Este verbo acompañar nos recuerda a los discípulos de Emaús. Ellos estaban tristes y al extranjero en Jerusalén, que se había acercado y se había puesto a caminar junto con ellos, confían que había fallecido aquel del cual habían esperado la liberación.

Hablando con los jóvenes de América Latina, Juan Pablo II utilizaba la sugestiva imagen de Emaús, para indicar vidas sumergidas que se dejan arrastrar, sombras del tedio, del vacío, del desencanto que han dejado sus huellas... El camino de Emaús es la evasión, el olvido, el hedonismo, la discoteca, la droga, la indiferencia, el pesimismo, los paraísos artificiales en que tantos se refugian[6].

Los jóvenes de hoy deben ser conocidos, amados, acompañados en su historicidad. Deben ser conocidos por lo que son, pero, sobre todo por lo que se encuentra escondido en ellos. En cada uno de ellos.

Sin una mirada contemplativa, que sepa elevarse a aquel Dios escondido y al hombre escondido, permanecemos encarcelados, junto con los jóvenes, en la tristeza y en la falta de esperanza que está en el corazón de los discípulos de Emaús.

Nuestro ser acompañantes se verifica en nuestra capacidad de ver allá donde el otro no llega a ver; de esperar allá donde, en el desierto de lo que se percibe, toda esperanza muere.

Hay un trozo de una homilía de Mons. Jean Zoa, uno de los más grandes Obispos que África ha donado a la Iglesia[7], que interpreta muy bien lo que tendría que estar en el corazón de cada acompañante.

Afirmaba Mons. Zoa: "Jesús conoce las aspiraciones y las posibilidades profundas de los jóvenes, y se esmera por revelarlas a ellos. Jesús no teme causar desbarajustes al joven desganado, asechado por la mediocridad y el descuido, despertando el ideal que dormita en su corazón. Él sabe que un joven generoso necesita ser provocado y vencer desafíos. El radicalismo de las exigencias de Jesús revela el inmenso amor y la inmensa confianza que él trae a los jóvenes en sus esfuerzos de generosidad. Él se les presenta como Maestro de lo Imposible"[8].

Por lo tanto, hay ciertamente la necesidad completa Mons. Zoa en otra homilía "de volver a poner en tela de juicio radicalmente nuestras escalas de valores: sean ellas heredadas por costumbres ancestrales, más o menos auténticas, o la consecuencia de mutaciones socio-culturales modernas"[9].

Emilio Grasso

(Continúa)



[1] Cf. S. Burgalassi, Modelos, en Diccionario de pastoral vocacional..., 725; cf. C. Nanni, Modelli antropologici, en Dizionario di Pastorale Giovanile..., 656-671; cf. Y. Congar, La tradition et les traditions, I. Essai historique, Librairie Arthème Fayard, Paris 1960; II. Essai théologique, Librairie Arthème Fayard, Paris 1963.

[2] Cf. Agostino, Discorso 169, 11, 13, en Opere di Sant'Agostino, XXXI/2. Discorsi, III/2. Sul Nuovo Testamento, Citta Nuova, Roma 1990, 794-795.

[3] Cf. E. Balducci, L'insegnamento di don Lorenzo Milani. A cura di M. Gennari, Laterza, Roma-Bari 1995, 98-100.

[4] Cf. E. Balducci, L'insegnamento..., 64.

[5] Cf. M. Casotti, I "De Magistero" di S. Agostino e S. Tommaso, en Nuove questioni di storia della pedagogia, I. Dalle origini alla riforma cattolica, La Scuola, Brescia 1977, 372-373.

[6] Cf. Juan Pablo II, La consigna a los jóvenes durante la Misa en "El Rosario" de San Juan de los Lagos (8 de mayo de 1990), en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, XIII/1, Libreria Editrice Vaticana 1992, 1162-1163. Para un análisis de los discursos de Juan Pablo II a los jóvenes en América Latina, cf. E. Grasso, La Vida es la realización de un Sueño de Juventud. El Papa habla a los jóvenes de América Latina, Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 10), San Lorenzo 2008.

[7] Cf. Monseigneur Jean Zoa. Son héritage et son enseignement. Actes du Colloque. Yaoundé, 9 et 10 décembre 1998, Centre d'Études Redemptor hominis, Mbalmayo 1999; cf. J.-P. Messina, Jean Zoa. Prêtre, archevêque de Yaoundé. Figure charismatique et prophète de l'Église catholique 1922-1998, Presses de l'UCAC, Yaoundé 2000.

[8] J. Zoa, Homélie pour Noël (1984), cit. en E. Grasso, Dialogue avec l'Afrique. Essais théologiques sur l'actualité, Presses Universitaires d'Afrique, Yaoundé 1997, 185.

[9] J. Zoa, Homélie pour la Toussaint (2 novembre 1986), cit. en E. Grasso, Dialogue avec l'Afrique..., 185.

 

 

24/01/2018

 

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