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ACOMPAÑAR A LOS JÓVENES EN EL
DESCUBRIMIENTO DE LA MISIÓN/4




Abrir la particularidad a la universalidad

Nos dedicamos ahora, sin entrar en un análisis detallado, al término evangelización. Es importante subrayar, ante todo, el carácter fuertemente dinámico que ve a la Iglesia proyectada hacia horizontes sin confines, en una perspectiva que cubre todo el campo de la realidad humana; o sea, no solo de cada conciencia individual, sino también de todas las dimensiones vitales de la entera humanidad, es decir, de todas las culturas humanas y de toda la cultura del hombre[1].

En esta acepción, el término evangelización tiene la misma extensión que el término universalidad. Implica, por tanto, un pasar de lo particular a lo universal, un saber leer lo particular en una visión universal, el saber abrir la particularidad a la universalidad. Esto no quiere decir absorción y desaparición de lo particular en lo universal, sino, todo lo contrario, saber conjugar dialécticamente el uno y el otro; no el uno como parte-fracción del todo, sino el uno, lo particular, como única posibilidad histórica dada a nosotros de lectura de lo universal, y lo universal como única posibilidad de existencia de lo particular.

El tema de la catolicidad ha sido el gran redescubrimiento de la teología del siglo pasado. Una vez preparado por figuras como De Lubac y Congar[2], quienes habían retomado las intuiciones de los Padres de los primeros siglos, ha encontrado plena acogida en el Concilio Vaticano II, que ha puesto la reflexión sobre la Iglesia y su relación con el mundo en el centro de su atención. Con el Vaticano II, por primera vez, la misión ha entrado con fuerza en el debate y en los documentos conciliares y ya no es considerada simplemente como una actividad entre tantas. El decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad gentes, afirma que la Iglesia que vive en el tiempo "es, por su propia naturaleza, misionera"[3]. No hay Iglesia si no hay misión. Los dos términos tienen la misma extensión. La Iglesia radica su ser misionera en el corazón de la Trinidad[4], o sea, a partir del amor del Padre hacia el Hijo y del Hijo hacia el Padre. En la Trinidad se halla el máximo de la diferencia, porque el Padre no es el Hijo; en efecto, la teología habla de una oposición de relación entre el Padre y el Hijo. Al mismo tiempo, sin embargo, se encuentra el máximo de la unidad, porque tanto el Padre como el Hijo tienen al mismo Espíritu, la misma naturaleza y la misma sustancia. El misterio trinitario es el misterio fundamental para el cristiano. Es central no solo para afrontar el problema misionero, sino también para individualizar una clave de solución para los problemas de la cultura de nuestro tiempo, que no es cultura de la Trinidad, porque ha absolutizado las diferencias sin crear la unidad.

La Iglesia es por su naturaleza misionera. Si con estas premisas hablamos de itinerarios educativos para los jóvenes, entonces educar en la misión no significa formar a los jóvenes en una realidad entre tantas, según una visión sectorial. Educar a los jóvenes en la misión quiere decir educarlos en la eclesialidad misma, en la dimensión de la catolicidad de la Iglesia. Si esta es por su naturaleza misionera, la misión atañe a todos y no es tarea tan solo de los miembros de los Institutos misioneros ad hoc delegados. El ser misioneros es una dimensión esencial y no accidental, accesoria o sustituible, de lo contrario uno no es católico.

Si se debe, ante todo, educar en la dimensión de la eclesialidad, entonces debemos interrogarnos sobre qué es la Iglesia.

El Concilio Vaticano II retoma una expresión de san Gregorio Magno, quien dice que, "desde el justo Abel hasta el último elegido"[5], la Iglesia está esparcida por el mundo. Tenemos que considerar siempre dos dimensiones, la espacial y la temporal, la dimensión sincrónica y la diacrónica. Es necesario volver atrás en el tiempo, a los orígenes, a Abel, para luego ir hacia adelante hasta incluir al último hombre. Ser católico quiere decir hacer nuestras todas las historias y la historia de todos los hombres, desde los orígenes de la humanidad hasta la Parusía, en el tiempo y en el espacio, hasta los extremos confines de la tierra.

No es posible vivir, rezar, tener una relación con Dios, sin la mediación esencial de la Iglesia. Este es el proprium católico. La Iglesia, sin embargo, no es solo la de hoy, de aquí y de ahora, sino que es la Iglesia de siempre, la que ha sido y la que será en todos los lugares de la tierra, hasta sus extremos confines.

Si uno no vive esta comunión, si no comprende toda la dimensión espacio-temporal, se está ya amputando lentamente de la Iglesia de Cristo, está perdiendo la savia vital. He aquí el motivo fundamental y no marginal del discurso sobre la misión; esta última, muchas veces, se considera como un simple acto filantrópico con respecto a personas que pueden mover a compasión por sus condiciones de necesidad. La misión, sin embargo, nunca puede ser reducida a ayuda humanitaria a los que un tiempo se llamaban países del Tercer Mundo[6].

La acción misionera de la Iglesia, respecto a estos países, no se debe entender en el sentido de una ayuda para el desarrollo, porque su nivel económico podría cambiar, el nivel de desarrollo evolucionar. La misión, en cambio, es una realidad que siempre permanece, hasta el fin de los tiempos.

La educación en la misionariedad tiene que ser concebida teniendo presente este contexto de gran alcance y de gran responsabilidad. Debe "perder el provincialismo", o sea, tiene que implicar a los jóvenes en hacer propios los gozos, las angustias, los sufrimientos, las esperanzas, las esperas, los sueños, las pasiones, los dolores de todos los hombres y sobre todo de los más pobres[7].

Aquí se abre un campo muy vasto para una educación en la mundialidad, más allá de los límites de nuestras casas, donde puertas y ventanas a menudo están muy cerradas; donde vivimos en la seguridad soberbia de nuestras adquisiciones, y donde no hacemos entrar al otro porque nos inquieta y nos molesta.

Es importante partir siempre de nuestras situaciones concretas, sin evitarlas, llenándonos la boca de palabras o el corazón de pensamientos y deseos, sin comprometernos nunca allá donde estamos llamados.

Se trata de educar a los jóvenes en saber conjugar los grandes ideales, las grandes utopías, los grandes sueños, con el realismo que nos hace cumplir gestos concretos, que nos compromete cotidianamente, sin esquivar lo que hoy es crucificante. Esto es educar en la catolicidad, partiendo de una vivencia concreta, real.

La evangelización y la pastoral de los jóvenes deben ser pensadas y realizadas no como un factor sectorial, sino en el interior de una única acción pastoral o praxis eclesial, por medio de la cual la Iglesia cumple su misión evangelizadora. La pastoral juvenil debe ser colocada en el interior de una pastoral orgánica, cuidadosa de la condición de los jóvenes, quienes deben ser considerados no solo objeto de evangelización, sino contemporáneamente sujetos activos y responsables de misión[8].

Es necesario volver al discurso inicial, a la consideración sobre la realidad trinitaria, sobre la bipolaridad de la relación entre Padre e Hijo. Como el Padre va al Hijo y el Hijo va al Padre, así el educador va al joven y el joven va al educador. Este ir es la capacidad de dar, pero al mismo tiempo de saber recibir, de saber escuchar. Entre maestro y discente, entre joven y educador se tiene que crear cada vez más una diferencia, una oposición de relación. Es inútil fingir que tenemos la misma edad, los mismos amores, las mismas amistades, los mismos deseos que el propio hijo o el joven a los que debemos educar. Pero, en la diferencia, es necesario crear la unidad y tender hacia el mismo amor.

Cada uno es portador de su naturaleza, condicionada por los límites de su ser histórico.

No es posible cambiar la piel, no es posible renunciar al hecho de ser un hombre de cultura o de haber recibido ciertas riquezas, determinadas por tantos factores. Pero, lo que se ha recibido debe ser puesto al servicio de quien es diferente: esto es crear la unidad, la comunión. Se debe realizar, pues, una comunicación, un proceso de circumincesión, de perichóresis. Esto se verifica si, en el momento del dolor y de la dificultad, vivimos la unidad con la máxima urgencia (au maximum de urgence).

Para estimular en los jóvenes la maduración de una conciencia misionera, es necesario crear una nueva cultura de la mundialidad, de la interculturalidad. Hay que favorecer todos aquellos temas que deben impregnar cada vez más el mundo juvenil, como son los de la paz y la justicia[9]. Es importante proponer a los jóvenes un examen histórico de nuestro pasado, para mostrar, antes de hacerse ilusiones de cumplir tantas obras buenas, cuánto tenemos que restituir de lo que hemos recibido. Hay que afrontar en los justos términos el problema de las ayudas humanitarias, ir también a descubrir cuáles intereses hay detrás de la cooperación internacional, detrás de las guerras y los armamentos. Es necesario comprometer a los jóvenes, a fin de hacer suyos los gozos, los sufrimientos, las angustias y los problemas de los hombres.

Es importante educarlos en el sano realismo cristiano, que nos hace abrir los ojos sobre todos los acontecimientos que vivimos, analizándolos con libertad de parámetros ideológicos o de ilusiones mesiánicas, que luego nos hacen precipitar en la desesperación o en la indiferencia más absoluta hacia todo y hacia todos.

Dios es Padre de todos y todos tienen el derecho de conocerlo y amarlo. Nosotros tenemos la tarea de este anuncio, somos llamados a hacer encontrar a los hombres de hoy con Dios. Una vez acontecido el encuentro, luego, cada uno responderá según la propia libertad. Por parte de los educadores permanece la responsabilidad grave de aprovechar los talentos que han sido confiados a ellos. No podemos enterrar, por un mal disimulado deseo de querer ser como los demás, el talento de evangélica memoria, creyendo que lo guardamos, mientras que, tal vez, hemos marcado ya nuestra condena o, seguramente, nuestra esterilidad.

Todo esto, aplicado a la relación maestro-joven, quiere decir capacidad de acompañar a descubrir que la existencia personal y el propio desarrollo requieren, como condición de posibilidad, la apertura al otro, la apertura a una comunión que se vuelva cada vez más universal, no solo en el espacio, sino también en el tiempo. Universalidad que no deje escapar nada de lo que ha tenido existencia, que la tiene o que la tendrá.

Cada uno descubre al hombre escondido (homo absconditus) que está en él solo a través de un éxodo de sí mismo, que lo lleva a alcanzar las raíces más antiguas y sus frutos más futuros. En el mismo acto con que se baja a las profundidades más remotas de sí mismos, se tiene que ir también a los tiempos y a los espacios más lejanos de sí. Tiempos y espacios en el significado más amplio posible: sociales, económicos, culturales, religiosos, humanos.

Como la Iglesia, que es por su naturaleza misionera, también el hombre es por su naturaleza misionero. El haber fundado la misión en el amor trinitario, en las mismas procesiones trinitarias, comporta que esta estructura misionera esté inscrita en la naturaleza misma del hombre.

El hombre, en efecto, creado a imagen y semejanza de Dios es icono de la Trinidad.

Él lleva en sí esta estructura trinitaria, que no le permite permanecer cerrado en sí, sin sentir la nostalgia del paraíso perdido.

De manera atemática y aconceptual el hombre es portador de esta apertura a lo universal, apertura al otro, proceso exodial y kenótico que, de manera temática, llamamos misión.

Acompañar a los jóvenes en el descubrimiento de esta apertura universal, que en las categorías cristianas se expresa en los términos de misión-apostolado-evangelización, no es para nosotros una opción, sino un derecho/deber de nuestro ser bautizados.

Con san Agustín y santo Tomás, hemos recordado que Único y Verdadero Maestro es el Señor, y al maestro humano le compete solo acompañar a los jóvenes al descubrimiento de la Verdad, que en Jesucristo se ha hecho hombre; Verdad que es Cristo, quien con su Encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre[10]. Por este misterio de la Encarnación, el hombre en su irrepetible y singular realidad, y en la plena verdad de su existencia, es el camino primero y fundamental que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión[11].

Por los caminos del mundo este hombre nos indica el camino que recorrer. En los ojos de los jóvenes leemos qué forma tiene que asumir la evangelización, a fin de que el homo absconditus pueda asumir forma completa.

Emilio Grasso

(Continúa)



[1] Cf. E. Nunnenmacher, Evangelizzazione, en Pontificia Università Urbaniana, Dizionario di missiologia, Dehoniane, Bologna 1993, 251-252.

[2] Se aconseja la lectura de H. de Lubac, Catolicismo. Aspectos sociales del dogma, Estela, Barcelona, 1963; cf. H. de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1980.

[3] Ad gentes, 2.

[4] Cf. Ad gentes, 2.

[5] Lumen gentium, 2.

[6] Como es sabido, la expresión Tercer Mundo se debe a Alfred Sauvy, quien, en un artículo publicado en "L'Observateur" de agosto de 1952, escribía: "Este Tercer Mundo, desconocido, explotado, despreciado como el Tercer Estado, quiere él también ser algo". Cf. O. de Solages, Réussites et déconvenues du développement dans le Tiers Monde. Esquisse de l'histoire d'un mal-développement, L'Harmattan, Paris 1992, 5.

[7] Cf. Gaudium et spes, 1.

[8] Cf. S. Pintor, Giovani, gioventù, en Pontificia Università Urbaniana, Dizionario di missiologia..., 272 -273.

[9] Cf. S. Pintor, Giovani, gioventù..., 275.

[10] Cf. Gaudium et spes, 22; cf. Redemptor hominis, 13.

[11] Cf. Redemptor hominis, 14.

 

 

27/01/2018

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis