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ACOMPAÑAR A LOS JÓVENES EN EL
DESCUBRIMIENTO DE LA MISIÓN/5




Saber leer la piedrecita blanca

La cuestión puesta al principio de cómo "formar a los jóvenes en la evangelización" debe ser invertida.

Invertir la cuestión quiere decir que no partimos de una idea de evangelización que tenemos, para ver luego cómo hacer entrar a los jóvenes en esta idea.

Invertir la cuestión quiere decir que asumimos verdaderamente, como camino que tenemos que recorrer, al hombre concreto al que encontramos; al hombre real e histórico con el cual nos topamos, y no a un hombre abstracto al que imaginamos.

Este planteamiento nos lleva a un camino kenótico, donde perdemos lentamente todas nuestras seguridades y donde descubrimos, ante todo, nuestra pobreza religiosa y cultural. Pobreza quiere decir que ya no tendremos soluciones constituidas de antemano, esquemas interpretativos que solo debemos aplicar.

En la relación con los jóvenes, como en la relación con los pobres, verificamos nuestra fe.

La fe, que es teológicamente "comienzo de la visión", nos permite ver aquel mundo profundo que no logramos percibir con los ojos de la carne.

Permitir que sea lo profundo del corazón de los jóvenes el que da forma a la evangelización es posible tan solo a quien sepa leer las palabras que están escritas en estos corazones; esto pertenece a quienes tomen seriamente el dinamismo de la fe, que no es otra cosa sino obediencia a la palabra de Dios.

Muchas veces, nos olvidamos que atracción interior y anuncio del Evangelio son dos realidades en estrecha unión entre sí. Se trata de dos realidades complementarias, ordenadas la una a la otra y que constituyen como dos dimensiones de la única palabra de Dios.

Hay una acción conjunta entre el anuncio exterior y la atracción interior. La atracción, adaptándose al testimonio exterior, la vivifica y la fecunda. Esta atracción interior no puede reivindicar el título de revelación. Por tanto, no sustituye ni tanto menos elimina la necesidad del anuncio del Evangelio. Esta atracción interior es dada para que el hombre entre a formar parte de la misma naturaleza de esta nueva realidad, de lo contrario inconcebible, que es el Reino de Dios. Si la manifestación del Cristo y de su designio de salvación deriva de la escucha del Evangelio, la eficiencia (como disposición a la escucha y fuerza de entender y adherir) deriva de la atracción[1].

La comprensión cada vez más profunda de las palabras de la Sagrada Escritura, las únicas que dan forma a la evangelización y que por esto son siempre nuevas, crece como enseña la Dei Verbum "cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón, y cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los Obispos, sucesores de los apóstoles en el carisma de la verdad"[2].

Dos textos clarificadores de Gregorio Magno nos indican cómo el Espíritu, que habla con cada miembro del pueblo de Dios, puede hacer que el maestro se vuelva, a su vez, discípulo de sus discípulos más iluminados por el Espíritu.

Leemos en las homilías sobre Ezequiel cómo Gregorio se dirige al pueblo: "Sé, en efecto, que generalmente muchas cosas en la Sagrada Escritura, que no he logrado entender solo, las he entendido poniéndome frente a mis hermanos. A través de dicho descubrimiento he buscado averiguar también esto, para darme cuenta gracias a quién recibí tal capacidad de comprensión. ... De esto se deduce, por don de Dios, que el sentido crece y el orgullo disminuye, cuando a través de ustedes aprendo lo que en medio de ustedes enseño; porque es la verdad generalmente escucho con ustedes lo que digo. Por tanto, todo lo que en este profeta comprenderé menos bien, se debe a mi ceguera; si algo, en cambio, lograré comprender de manera adecuada, se debe a vuestra profunda sensibilidad, por un don de Dios"[3].

También en el comentario sobre Job, Gregorio todavía se remite al juicio inspirado de sus oyentes y lectores, a quienes reconoce una comprensión de la palabra de Dios, que contribuye a dar forma a la evangelización entre los hombres de su tiempo.

Así se expresa, en efecto, Gregorio Magno: "Dejo al juicio del lector escoger la interpretación que prefiera. En caso de que ninguna de las dos explicaciones que propongo satisfaga a mi lector, de buena gana lo seguiré, si logra hallar una más conforme al texto y más profunda; lo seguiré como un discípulo sigue al maestro, porque considero donado a mí personalmente lo que él entienda mejor que yo. En efecto, todos nosotros que, llenos de fe, nos atrevemos a hablar de Dios, somos instrumentos de la Verdad. Y la Verdad puede hacer oír su voz tanto por medio mío a otro, cuanto por medio de otro a mí"[4].

Hablando con los jóvenes del Ecuador, Juan Pablo II afirmaba que "la vida es la realización de un sueño de juventud"[5].

Nuestra capacidad de acompañar a los jóvenes consiste en saber hacerles descubrir este sueño, en hacer tomar conciencia de que existe escondido en lo íntimo de su corazón "una piedra blanca con un nombre nuevo grabado en ella que solo conoce el que lo recibe"[6].

Es el descubrimiento de aquellas piedrecitas blancas, de aquellos nombres nuevos el que da forma a la evangelización y que evangeliza a los jóvenes.

Emilio Grasso




[1] Cf. R. Latourelle, Révélation, en Catholicisme, XII, Letouzey et Ané, Paris 1990, 1110-1111.

[2] Dei Verbum, 8.

[3] Gregorio Magno, Omelia, II, II, 1, en Opere di Gregorio Magno, III/2. Omelie su Ezechiele/2. A cura di V. Recchia, Città Nuova, Roma 1993, 48-49.

[4] Gregorio Magno, Commento morale a Giobbe, XXX, 27, 81, en Opere di Gregorio Magno, I/4. Commento Morale a Giobbe/4. A cura di P. Siniscalco, Città Nuova, Roma 2001, 232-233.

[5] Juan Pablo II, En el encuentro con los jóvenes en el estadio olímpico "Atahualpa" (30 de enero de 1985), en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, VIII/1, Libreria Editrice Vaticana 1985, 259; cf. E. Grasso, La Vida es la realización de un Sueño de Juventud..., 7-12.

[6] Ap 2, 17.

 

 

 

30/01/2018

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis