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Artículos de Emilio Grasso

 


 

EL ROSTRO MESTIZO DE MARÍA

Redención y liberación de los oprimidos de América Latina/1

 

 

Desde el 12 hasta el 18 de febrero de 2016, el Santo Padre Francisco llevará a cabo su visita apostólica a México. 

Al comienzo de su viaje, el Papa Francisco, encontrando a los periodistas que lo acompañan en el vuelo papal, ha declarado: "Mi deseo más íntimo es detenerme ante la Virgen de Guadalupe, ese misterio que se estudia, se estudia y no hay explicaciones humanas. También el estudio más científico dice: 'Pero esto es una cosa de Dios'. Y esto es lo que les hace decir a los mexicanos: 'Soy ateo, pero soy guadalupano'. Algunos mexicanos, no todos son ateos".

Con ocasión de este acontecimiento eclesial tan importante para la Iglesia que vive en el continente latinoamericano, nos parece oportuno presentar a nuestros lectores este artículo sobre María de Guadalupe, ya publicado en el libro de Emilio Grasso, María de Guadalupe en el corazón de la interculturalidad, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2008, 41-62. 



Desde el 12 hasta el 28 de octubre de 1992 se desarrolló, en Santo Domingo, la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, convocada por el Santo Padre, con el objetivo de estudiar a la luz de Cristo, "el mismo ayer, hoy y siempre" (Heb 13, 8), los grandes temas de la Nueva Evangelización, la Promoción Humana y la Cultura Cristiana[1].

En el interior de estos temas, la figura de María asume, en el contexto latinoamericano, una particular relevancia.

Para los Obispos reunidos en Santo Domingo, "su figura maternal fue decisiva para que los hombres y mujeres de América Latina se reconocieran en su dignidad de hijos de Dios. María es el sello distintivo de la cultura de nuestro continente. Madre y educadora del naciente pueblo latinoamericano"[2].

"Ella es protagonista de la historia por su cooperación libre, llevada a la máxima participación con Cristo"[3].

Visión determinista de la sociedad latinoamericana

Destacar a María como protagonista de la historia es de máxima importancia en el contexto de la sociedad latinoamericana, caracterizada por formas culturales donde predomina una visión determinista de la realidad, con la consecuente reducción o negación de los espacios de libertad del hombre.

El documento de Puebla[4] describe así esta visión determinista que se impone en el continente latinoamericano: "No se puede desconocer en América Latina la erupción del alma religiosa primitiva a la que se liga una visión de la persona como prisionera de las formas mágicas de ver el mundo y actuar sobre él. El hombre no es dueño de sí mismo sino víctima de fuerzas ocultas. En esta visión determinista, no le cabe otra actitud sino colaborar con esas fuerzas o anonadarse ante ellas. Se agrega a veces la creencia en la reencarnación por parte de los adeptos de varias formas de espiritismo y de religiones orientales. No pocos cristianos, al ignorar la autonomía propia de la naturaleza y de la historia, continúan creyendo que todo lo que acontece es determinado e impuesto por Dios"[5].

En contraposición a esta visión determinista y alienante de la historia, Puebla recuerda: "María, llevada a la máxima participación con Cristo, es la colaboradora estrecha en su obra. ... Ella no es solo el fruto admirable de la redención; es también la cooperadora activa. En María se manifiesta preclaramente que Cristo no anula la creatividad de quienes le siguen. Ella, asociada a Cristo, desarrolla todas sus capacidades y responsabilidades humanas, hasta llegar a ser la nueva Eva junto al nuevo Adán"[6].

En este punto, Puebla desarrolla un documento anterior de Pablo VI, quien en la Exhortación apostólica Marialis cultus, dirigiéndose a la mujer contemporánea, afirma: "María de Nazaret, aun habiéndose abandonado a la voluntad del Señor, fue algo del todo distinto de una mujer pasivamente remisiva o de religiosidad alienante; antes bien fue mujer que no dudó en proclamar que Dios es vindicador de los humildes y de los oprimidos y derriba de sus tronos a los poderosos del mundo"[7].

El machismo

La cultura latinoamericana −y de modo especial la cultura popular− está marcada, en el proceso de su historia, por aquel fenómeno que se denomina machismo[8], que implica una sobrevaloración del varón en el contexto social.

Presupone especialmente una sobrestimación simbólica de la genitalidad viril, que se traduce en una autonomía incontrolada, prepotente y dominante. Esto origina un ideal del hombre, el "macho", que se presenta en contraposición dialéctica a la mujer.

Esta exaltación machista del hombre vacía a la mujer de sus valores, trasformándola en símbolo negativo del hombre y en objeto de los apetitos sexuales del macho. La mujer y la feminidad son un antivalor o un no valor para el macho, una pura negatividad. Una vez roto este binomio, las exigencias de equilibrio que caracterizan cada cultura, pretenden en nuestro caso salvaguardar la dimensión femenina, estableciendo un nuevo binomio original: macho (varón) - madre (mujer).

Frente a la violencia machista, la madre es la que siempre está dispuesta a comprender y perdonar a los hijos. Es la que ayuda permanentemente en las necesidades cotidianas; y es siempre también la última solución y esperanza en las situaciones límite, cuando para el hombre derrotado ya todo está perdido. A ella le pertenece ser testimonio de la fe en Dios. Se confía en su sabiduría, porque solamente ella dice la palabra adecuada a sus hijos. Se explica así la extraordinaria autoridad de la cual está dotada la madre en una sociedad machista, hasta asumir características de matriarcado, indicando en muchos momentos, con su palabra y su bendición, el futuro de sus hijos, incluso cuando son adultos. Por todo esto, con frecuencia la madre es idealizada y también idolatrada. Esta es la compensación de la mujer en la cultura machista. De aquí la extraordinaria valorización que recibe en tales ambientes la fecundidad, también a costa de la propia vida de la mujer. Ser madre es el ideal y la salvación de una existencia femenina.

En el corazón de las culturas

A este aspecto de la cultura machista debemos añadir, para una comprensión de la devoción popular a la Virgen María, el otro carácter difuso de la cultura latinoamericana como cultura campesina.

La cultura del mundo campesino tradicional suele establecer una estrecha relación entre la madre y la tierra. Esta tendencia campesina de interpretar la tierra como madre es casi universal[9]. Recordamos lo que dice la coja de Los demonios de Dostoyevski: "La madre de Dios es la tierra cruda, y en ella se encierra la suma satisfacción del hombre"[10].

 "En los pueblos indígenas americanos, la divinidad más cotidiana, si podemos hablar así, ha estado en relación con la tierra de su fertilidad. La Tonantzin azteca o la Pachamama quechua son divinidades maternales, la 'madre nuestra' en México o la 'madre tierra' en Bolivia. Hoy en día, hemos encontrado que todavía el nombre más común dado a las imágenes de la Virgen María a nivel popular es 'mamita'. La asimilación de la Virgen María al símbolo de la tierra no es extraña a la teología católica. Los padres como san Ireneo y Tertuliano han comparado a la Virgen María, que engendra a Cristo, con la tierra virgen no trabajada por el hombre todavía, de donde el Creador plasmó a Adán"[11].

Aunque la evangelización del continente, dadas las circunstancias históricas, al comienzo esté unida a la conquista, resta el hecho de que "con deficiencias y a pesar del pecado siempre presente, la fe de la Iglesia ha sellado el alma de América Latina, marcando su identidad histórica esencial y constituyéndose en la matriz cultural del continente, de la cual nacieron los nuevos pueblos. El Evangelio encarnado en nuestros pueblos los congrega en una originalidad histórica cultural que llamamos América Latina"[12].

En su mensaje a los indígenas de América, en el marco de la conmemoración del V centenario del inicio de la evangelización del Nuevo Mundo, Juan Pablo II recuerda "los enormes sufrimientos infligidos a los pobladores de este continente durante la época de la conquista y la colonización"[13].

"Nosotros no dejamos de pedir perdón −afirma el Papa− a estos hombres. Esta petición de perdón se dirige sobre todo a los primeros moradores de la nueva tierra, a los indígenas, y, luego, también a los que allá fueron deportados desde África, como esclavos, para los trabajos duros"[14]. En efecto, se deben "reconocer con toda verdad los abusos cometidos debido a la falta de amor de aquellas personas que no supieron ver en los indígenas a hermanos e hijos del mismo Padre Dios"[15].

En la fase de la primera penetración misionera −como recordaba el Santo Padre en el discurso de inauguración de las celebraciones en preparación del V centenario− hubo "la interdependencia entre la cruz y la espada"[16] y el recíproco encuentro de los dos mundos aconteció, "con todos sus beneficios y sus contradicciones, sus luces y sus sombras"[17].

En esta obra de conquista, María es considerada como la gran protectora de los conquistadores. Para estos, María está siempre a su lado contra los nativos considerados infieles. La suya es una guerra santa y, por eso, la Virgen los protege en la dura tarea de conquistar a la fe y de incorporar a los infieles en el número de los súbditos del rey. La distinción entre conquista y evangelización es cosa que ocurre sucesivamente, pero no está presente en la conciencia histórica de los primeros conquistadores.

Solo a partir de la segunda generación de conquistadores, el culto de María empieza a ser integrado en las costumbres del pueblo de América Latina. Paulatinamente, empieza un proceso de adaptación de los conquistadores a la nueva cultura religiosa dominante. Esta integración del culto de María no se produce de manera inmediata y tranquila.

Los datos históricos, sin embargo, están indicando que "se llevó a cabo una válida, fecunda y admirable obra evangelizadora y que, mediante ella, se abrió camino de tal modo en América la verdad sobre Dios y sobre el hombre que, de hecho, la evangelización misma constituye una especie de tribunal de acusación para los responsables de aquellos abusos"[18].

El discurso inaugural de Benedicto XVI a la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe hay que leerlo dentro del marco de las afirmaciones hechas por Juan Pablo II.

Cuando Benedicto XVI afirma: "El anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña"[19], el sentido de sus palabras debe ser comprendido a la luz de una afirmación antropológica, por la cual "las auténticas culturas no están cerradas en sí mismas ni petrificadas en un determinado punto de la historia, sino que están abiertas, más aún, buscan el encuentro con otras culturas, esperan alcanzar la universalidad en el encuentro y el diálogo con otras formas de vida y con los elementos que puedan llevar a una nueva síntesis en la que se respete siempre la diversidad de las expresiones y de su realización cultural concreta"[20].

Es oportuno recordar, para una plena comprensión del discurso de Aparecida, el concepto de inculturación y cultura sobrentendido por Benedicto XVI, y por él expresado en un texto presentado durante las Semanas universitarias de Salzburgo de 1992.

Afirmó, en aquella ocasión, el entonces Card. Ratzinger: "La inculturación presupone, por tanto, la universalidad potencial de toda cultura. Presupone que en todas actúa la misma esencia humana, y que en ella vive una verdad común del ser del hombre, una verdad que se encamina a la unión. O dicho de otro modo: el propósito de la inculturación no tiene sentido sino cuando a una cultura no se le infiere ninguna injusticia por el hecho de que, desde la orientación común hacia la verdad del hombre, llegue a abrirse por una nueva energía cultural y sea ulteriormente desarrollada por ella. Porque lo que en una cultura excluye tal apertura y tal intercambio es a la vez su propia insuficiencia, ya que la exclusión de lo otro es contrario a la esencia del hombre. La elevación de una cultura se muestra en su apertura, en su capacidad para dar y recibir, en su energía para desarrollarse, para dejarse purificar, y para llegar a ser de este modo más conforme a la verdad, más conforme al ser del hombre"[21].

La sucesiva y conclusiva profesión de fe en el Cristo, como "Logos encarnado", da pleno valor y derecho de ciudadanía a "los numerosos gérmenes y semillas que el Verbo encarnado había puesto en las culturas precolombinas"[22].

En esta luz, el Papa da la razón de su anterior afirmación, recordando que "Cristo, siendo realmente el Logos encarnado, 'el amor hasta el extremo', no es ajeno a cultura alguna ni a ninguna persona; por el contrario, la respuesta anhelada en el corazón de las culturas es lo que les da su identidad última, uniendo a la humanidad y respetando a la vez la riqueza de las diversidades, abriendo a todos al crecimiento en la verdadera humanización, en el auténtico progreso. El Verbo de Dios, haciéndose carne en Jesucristo, se hizo también historia y cultura"[23].

En la audiencia general del 23 de mayo, el Papa ha clarificado su pensamiento afirmando: "Ciertamente el recuerdo de un pasado glorioso no puede ignorar las sombras que acompañaron la obra de evangelización del continente latinoamericano: no es posible olvidar los sufrimientos y las injusticias que infligieron los colonizadores a las poblaciones indígenas, a menudo pisoteadas en sus derechos humanos fundamentales. Pero la obligatoria mención de esos crímenes injustificables −por lo demás condenados ya entonces por misioneros como Bartolomé de las Casas y por teólogos como Francisco de Vitoria, de la Universidad de Salamanca− no debe impedir reconocer con gratitud la admirable obra que ha llevado a cabo la gracia divina entre esas poblaciones a lo largo de estos siglos"[24].

___________________

[1] Cf. Carta del Santo Padre a los Obispos Diocesanos de América Latina, en IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Santo Domingo, 12-28 de octubre de 1992, Nueva Evangelización. Promoción Humana. Cultura Cristiana. «Jesucristo ayer, hoy y siempre», Ediciones Paulinas, FSP - SAL (Secretariado de Apostolado LA), Santafé de Bogotá 1992, 3.

[2] Documento de Santo Domingo, 15.

[3] Documento de Santo Domingo, 104.

[4] El documento recoge las conclusiones de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que se desarrolló en Puebla (México) desde el 26 de enero hasta el 13 de febrero de 1979.

[5] Documento de Puebla, 308.

[6] Documento de Puebla, 293.

[7] Marialis cultus, 37.

[8] Para un análisis del machismo, A. González Dorado, De la María Conquistadora a la María Liberadora. Ensayo sobre mariología popular latinoamericana, en "Medellín" 12 (1986) 35-38; 202-206.

[9] Sobre el tema, cf. A.M. di Nola, Madre, Terra Madre, Grande Madre, en Enciclopedia delle Religioni, III, Vallecchi Editore, Firenze 1971, 1790-1813: allí una amplia bibliografía. Siempre sobre el tema de la Tierra Madre un análisis histórico-fenomenológico en M. Eliade, Trattato di storia delle religioni, Editore Boringhieri, Torino 1976, 245-271. Para un análisis fenomenológico: G. van der Leeuw, Fenomenologia della religione, Editore Boringhieri, Torino 1975, 66-75.

[10] F.M. Dostoyevski, Los demonios, Editorial Bruguera, Barcelona 1980, 154.

[11] Celam, Nuestra Señora de América, I, Bogotá 1988, 353.

[12] Documento de Puebla, 445-446.

[13] Juan Pablo II, Santo Domingo: el mensaje a los indígenas de América (12 de octubre de 1992), en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, XV/2, Libreria Editrice Vaticana 1994, 343.

[14] Juan Pablo II, Revivida con los fieles la reciente peregrinación apostólica en América Latina (21 de octubre de 1992), en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, XV/2, Libreria Editrice Vaticana 1994, 400.

[15] Juan Pablo II, Santo Domingo: el mensaje a los indígenas..., 343.

[16] Juan Pablo II, Para la apertura del "Novenario de años" promovido por el CELAM (12 de octubre de 1984), en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, VII/2, Libreria Editrice Vaticana 1984, 889.

[17] Juan Pablo II, Para la apertura del "Novenario de años"..., 888.

[18] Juan Pablo II, A la apertura de los trabajos de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (12 de octubre de 1992), en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, XV/2, Libreria Editrice Vaticana 1994, 316. Cf. Pontificia Commissio Pro America Latina, Historia de la evangelización de América. Trayectoria, identidad y esperanza de un Continente. Simposio Internacional. Ciudad del Vaticano, 11-14 de mayo de 1992. Actas, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1992.

[19] Discurso inaugural de Su Santidad Benedicto XVI (13 de mayo de 2007), § 1, en V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento conclusivo. Aparecida, 13-31 de mayo de 2007, CELAM/Conferencia Episcopal Paraguaya, Asunción 2007, 254. Acerca de las reacciones a esta afirmación de Benedicto XVI, cf. M. Hebblethwaite, Lo que apareció en Aparecida, en "Acción" n.º 274 (2007) 35-37.

[20] Discurso inaugural de Su Santidad Benedicto XVI..., § 1, 254.

[21] J. Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo, Ediciones Sígueme, Salamanca 2005, 55.

[22] Discurso inaugural de Su Santidad Benedicto XVI..., § 1, 254.

[23] Discurso inaugural de Su Santidad Benedicto XVI..., § 1, 254-255.

[24] Benedicto XVI, Audiencia general (23 de mayo de 2007), en "L'Osservatore Romano" (esp.) n.º 21 (25 de mayo de 2007) 20.





12/02/2016

 
 

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