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HACIA LAS ELECCIONES PARA EL PARLAMENTO EUROPEO

Recuerdo de un gran europeísta, en
el centenario de su nacimiento


 

 

Las inminentes elecciones para el Parlamento europeo, que se desarrollarán el 26 de mayo, vuelven a traer a la memoria, también aquí desde el lejano Paraguay, antiguos recuerdos que pueden ayudarme en el presente y ser de alguna utilidad para los jóvenes de hoy.

Gracias a Dios, conservo todavía una óptima memoria que llega a los muy lejanos años de mi primerísima infancia.

Por haber nacido en junio de 1939, he estado marcado por los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial.

Mi papá, puesto que era un funcionario de la Ragioneria Generale del Estado, fue llamado de vuelta al territorio africano, en una de las colonias bajo la dominación italiana.

Toda la familia habría debido partir conjuntamente, pero el hecho de que yo, recién nacido, todavía no estaba en condición de salud para afrontar el viaje, hizo que mis padres tomaran la decisión que papá partiera primero y luego mamá, conmigo en buena salud y mis hermanitas, lo habría alcanzado cuando fuera posible.

Pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial, que involucró también los territorios africanos entonces bajo dominación italiana, impidió nuestra salida.

Mi papá fue hecho prisionero, civil no militar, de parte de los ingleses, y yo pude conocerlo solo por foto y a través de las cartas que llegaban desde los campos de reclusión de Addis Abeba y Asmara, y que mamá, antes de leerlas, nos hacía besar.

Esta breve introducción explica por qué mi generación fue una generación animada y también políticamente apasionada.

Recuerdo que aprendí a leer y escribir a los cinco años en casa con mamá, y mis primeras lecturas fueron los diferentes diarios de partido que aparecieron enseguida después del fin de la guerra.

Con el permiso de mamá, bajaba a la planta baja de la casa y me paraba a leer los órganos de los varios partidos que aparecían, en diferentes vitrinas fuera de las sedes de los mismos partidos, leídos ávidamente también por varios corros de personas que se formaban.

Por mi edad, todavía pequeño de estatura, generosamente me dejaban pasar adelante y también me invitaban al silencio, porque entonces tenía la costumbre de leer en voz alta.

Así mi primera lectura fue constituida por los órganos de los varios partidos que, además, me acostumbraron a la confrontación, en aquellos tiempos muy áspera y a veces también violenta, una confrontación que me ha permitido la formación de un pensamiento crítico y no dogmático.

Los años de la escuela

Fue gracias a este tipo de formación, de confrontación a veces dura y sin descuentos, donde el discurso identitario estaba bastante marcado, como pude enfrentar, siendo el más joven de la clase (porque había pasado directamente del cuarto grado de la escuela primaria al primer año de la escuela secundaria, saltando el quinto grado de la escuela primaria), las dificultades de un ambiente difícil y también violento, como fue el de las escuelas técnicas que frecuenté y se concluyeron con el diploma de contabilidad.

Los temas políticos estaban muy presentes entre nosotros y fuertes las contraposiciones.

Mi formación católica, recibida de mi mamá durante los años de la guerra, me llevó a formar un movimiento de estudiantes católicos decididamente comprometidos.

Esto, además, nos llevó a una situación de marcada conflictividad con los jóvenes estudiantes neofascistas, que gozaban del apoyo de la sección del Movimiento Social Italiano ubicada a pocos centenares de metros de la escuela.

Por algunas pintadas y algunos letreros que leí, la última vez que pasé por Roma, sobre los muros del barrio Colle Oppio, el barrio cerca de la escuela de la que estoy hablando, pienso que hoy todavía en aquella zona hay una presencia orientada políticamente hacia aquella dirección.

Pero puede ser que me equivoque.

Uno de nuestros caballos de batalla era el tema de la construcción de una federación de Estados europeos.

El discurso de De Gasperi, Adenauer y Schuman, sin duda, nos apasionaba.

Nos parecía encontrar de nuevo en la Federación Europea el correspondiente político al discurso que aprendíamos sobre la Iglesia Cuerpo Místico de Cristo.

En aquellos tiempos éramos bastante integristas, se usaban a duras penas las debidas distinciones entre fe y política, y pasábamos con excesiva desenvoltura del campo propio de la Iglesia a aquel de pertinencia del Estado.

En la escuela dimos vida a un diario y también a algunos congresos organizados por nosotros.

Esta experiencia luego fue reanudada, después de que conseguí el diploma de contador en 1957, como encuentro entre estudiantes y exestudiantes, cual ya me había vuelto.

Fue hacia finales de los años 50 cuando tomé contacto con el Director de una revista llamada "Giovane Europa".

Con una cierta pretensión y orgullo típico de aquella edad, pedí una cita con el Director de aquella revista para presentarle nuestro diario.

El encuentro con Ivo Murgia

Fue aquella, para mí, la ocasión en que conocí personalmente a Ivo Murgia.

Murgia, de orígenes sardos, había sido Presidente de la Federación Universitaria Católica Italiana (FUCI), desde 1944 hasta 1947, sucediendo en el encargo a Aldo Moro y Giulio Andreotti.

Partidario del proceso de integración europeo, en 1953 había sido designado Secretario nacional italiano de la Campaña de la juventud, que se ocupaba de formar a los jóvenes para la Europa unida, y en 1954 fue elegido como miembro del Comité central del Movimiento Federalista Europeo.

El coloquio con Murgia fue, para mí, muy interesante. De aquel coloquio conservo todavía una breve carta que él me hizo llegar algunos días después de nuestro encuentro.

La carta no lleva fecha y no está firmada. Pero está escrita a mano y el hecho de que contenga algunas correcciones denota que, seguramente, fue escrita a vuelapluma.

Esta carta comienza con palabras de estímulo y contiene una indicación que es, sin duda, anticipadora de los tiempos.

Ivo Murgia, en efecto, habla de nuestra iniciativa como "entre los instrumentos hoy disponibles, uno entre los más adecuados para restituir la comunidad de la escuela a los estudiantes, por aquella parte que es de ellos y que no puede, por eso, ser de otros".

Si antes he hablado de una indicación anticipadora de los tiempos, ahora querría decir que, si ciertas intuiciones político-educativas hubieran sido actuadas a su debido tiempo, dando a los jóvenes "aquella parte que es de ellos y que no puede, por eso, ser de otros", con toda probabilidad, el proceso de toma de conciencia de ciertos derechos que desembocó en el movimiento del 68 habría encontrado otros canales de comunicación.

Además, en esta breve carta está una sumisa recomendación. El uso introductor del verbo en condicional "querría" indica, al mismo tiempo, respeto hacia el interlocutor y también el carácter profundamente dialógico de este breve escrito.

Escribe Murgia: "Querría recomendar que no consientan nunca en el campanilismo (rivalidad de facciones locales), que puede ser un fácil expediente para el interés y la animación, pero es algo que siempre acaba en la absurdidad de un orgullo sin contenidos y sin objeto".

En esta brevísima carta de casi sesenta años atrás, volvemos a encontrar presente toda la problemática "populista" y "soberanista" que caracteriza estas elecciones europeas.

Con la terminología de aquel tiempo, Murgia habla de campanilismo.

El diccionario italiano Treccani da el siguiente significado de la palabra campanilismo: "Apego exagerado y tacaño a las tradiciones y a las costumbres de la propia ciudad".

Y aquí vuelve el humus de una cultura que hunde sus raíces en la enseñanza cristiana.

En el rechazo del campanilismo encontramos de nuevo el equilibrio católico caracterizado no por la dialéctica de oposición, aut... aut (o... o), sino por la dialéctica de inclusión, et... et (y... y).

Existen mi ciudad, mi tierra, mis tradiciones, mis costumbres. Pero existen también las tuyas y también las suyas.

No muros, sino puentes

Y juntos tenemos que saber caminar hacia la construcción de una casa común, donde no nos protegemos elevando muros de separación, sino puentes que permitan el encuentro y el enriquecimiento recíproco.

Con toda razón, Murgia pone en guardia contra aquellos "fáciles expedientes" (hoy se suele decir "hablar a la barriga y no a la cabeza de la gente") "que acaban en la absurdidad de un orgullo sin contenidos y sin objeto".

Cuando la demagogia predomina sobre la democracia; cuando se habla a la barriga de la gente y no a su cabeza; cuando se tiende al resultado inmediato (la fake news con tal de ganar un voto más) y se abandona contenido y objeto, entonces se podrá también ganar alguna batalla, pero a larga distancia se sale derrotados.

Porque -y recordamos una célebre expresión de Abraham Lincoln- "pueden engañar a todo el mundo algún tiempo y a algunos todo el tiempo, pero no pueden engañar a todo el mundo todo el tiempo".

El final de esta breve carta, dirigida a nosotros los jóvenes estudiantes, me parece anticipador de algunos años de lo que escribía el P. Milani en la Carta a los jueces: "La escuela se sienta entre el pasado y el futuro y debe tener presentes los dos. ... Y el maestro tiene que ser, en cuanto pueda, profeta, sondear los ‘signos de los tiempos', adivinar en los ojos de los muchachos las cosas lindas que ellos van a ver claras mañana, y que nosotros vemos solo entreveradas"[1].

El llamado a horizontes nuevos y cada vez más vastos, el ir hacia aquel Más allá que, aunque no lo conozcamos, hoy podemos solo adivinar en los ojos de los más jóvenes, es una dimensión que no podemos matar ahogándola en un apego exagerado y tacaño a nuestras costumbres y tradiciones, apego exagerado y tacaño en nombre del cual matamos el futuro de los jóvenes.

Y aquí se ve el alto espesor del político y del católico, pero, sobre todo, la humildad del hombre maduro que se agacha con su estilográfica para escribir, a corazón abierto, a un joven un poquito soberbio y pretencioso que había ido a presentarle "su diario".

Y, no teniendo miedo a mirar alto, Ivo Murgia así concluye aquel escrito suyo que, a distancia de sesenta años, hoy se presenta más vivo que nunca:

"Y recuérdense que no son destinados a las cosas que existen y que son decrépitas, sino a las cosas que tendrán que existir y que ustedes deben preparar y edificar; son destinados a la ciudadanía en un Europa confederada, y al trabajo en una sociedad nueva"


(Traducido del italiano por Luigi Moretti)





[1] L. Milani, Lettera ai giudici (18 ottobre 1965), en L. Milani, Tutte le opere. Edizione diretta da A. Melloni, Mondadori (I Meridiani), Milano 2017, 943-944.




22/05/2019

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis