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MARÍA, la MUJER Totalmente

entregada a Dios


 

 

El anuncio del ángel atañe al futuro. Como aconteció al patriarca Abrahán, a quien Dios se había dirigido con un imperativo ("sal de tu tierra") y un futuro ("que yo te mostraré"), también a María el anuncio del designio de Dios la pone frente a la oscuridad de un futuro desconocido. No hay visión; hay solo la palabra del Señor. Esta es la fe: estar como suspendido en el vacío, entre la nada y la Palabra.

Cuando la fe es fuerte, se sigue caminando; cuando falta la fe, empieza el reino de la parálisis y del fracaso. No es fácil caminar solo porque se ha escuchado una palabra. Es la fe la gran prueba del hombre. Es verdaderamente difícil vivir con los ojos de la fe; seguir caminando solo por la fuerza y el recuerdo de una palabra escuchada en una determinada circunstancia.

María está desconcertada y el ángel le dice: "No temas, María". Cuando Dios se presenta, directamente o por medio de sus intermediarios, nace un sentimiento de temor y temblor. El hombre tiene miedo del Señor, porque el Señor le cambia la vida. Por eso, si no acontece el cambio de la conducta de vida y todo sigue como antes, significa que no hubo el encuentro, que el Señor fue rechazado o que no era el Señor aquel al que hemos encontrado. En el comienzo, puede tratarse solamente de un cambio en las cosas pequeñas, pero algo debe cambiar. Cuando uno se enamora, cambia su vida. Por consiguiente, si sigue siempre con las mismas costumbres, los mismos vestidos, el mismo modo de hablar y de actuar, significa que no está enamorado. El amor cambia: el contacto con otra persona cambia la manera de vestirse, de comer, de divertirse, etc. El discurso cristiano es sencillo y se centra en estas cuestiones: ¿amo o no amo?; y, luego, ¿a quién amo?; ¿quién me está esperando?; ¿para quién lo hago?; ¿quién es la persona a la que amo?

"¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?" (Lc 1, 34), es la reacción de María a este anuncio que le inspira miedo. A menudo, se escuchan objeciones contra la virginidad de María y se hace recurso a argumentaciones pseudocientíficas, pero la única verdadera cuestión es la de la existencia de Dios. Lo admirable no es que una Virgen se quede embarazada sin el contacto con un hombre. Lo admirable es que Dios existe. Ahora bien, si Dios existe, "nada es imposible para Él". Pero, si Dios no existiese, la vida sería absurda y terminaría en aquel fracaso final que es la muerte. En efecto, si la muerte fuera la última palabra, o sea la destrucción definitiva de la vida, entonces sería plenamente justificado hacerse la pregunta: ¿por qué vivir? Dios, que es el Todopoderoso, llenó de sí mismo a María, la cual, habiendo permanecido el vacío interior total para dejarlo entrar, pudo contestar: "Hágase en mí según tu Palabra".

Esta es la fe: abandonarse en toda confianza a Dios que cumple lo imposible, y aceptar que nunca sabemos lo que es mejor para nosotros: estar bien o estar mal, ser despreciados u ovacionados, vivir o morir.

En esta actitud, hallamos la misma disposición de san Pablo, cuando declaraba:

"Cristo es mi vida, y de la misma muerte saco provecho. Pero veo que, mientras estoy en este cuerpo, mi trabajo da frutos, de modo que ya no sé qué escoger. Estoy apretado por los dos lados: por una parte siento gran deseo de largarme y estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor. Pero, pensando en ustedes, conviene que yo permanezca en esta vida " (Fil 1, 21-24).

¿Vivir o morir?: yo no sé... Por eso, hay que acostumbrarse a la obediencia, a imitación del Papa Juan XXIII, quien había hecho de "obediencia y paz" el lema de su vida. La obediencia da paz al corazón, porque cuando el hombre ha luchado y cumplido todo lo que estaba en su poder, puede decir con toda confianza: "Hágase la voluntad de Dios".

A veces, la oración del hombre se parece a la repetición continuada de esta frase: "Hágase mi voluntad", dirigida a Dios, el cual tendría que hacer solo y siempre lo que el hombre quiere; de lo contrario no sería Dios o no serviría para nada. Pero, la fe, como respuesta a Dios que llama al hombre, consiste en decir: "Hágase tu voluntad", y en reconocer que nuestra voluntad no es necesariamente lo mejor para nosotros, porque no lo podemos saber. Tenemos que estar seguros de que Dios nos ama más de lo que nos amamos a nosotros mismos, y que solo cumpliendo la voluntad de Dios entramos en una relación de amor auténtico que no tiene límites; que su amor va más allá de la muerte y lleva a la felicidad verdadera. En efecto, la última palabra no la tiene la muerte, sino la vida.

La voluntad de Dios, que todavía tenemos que conocer, se manifiesta en su Palabra.

Buscar la voluntad de Dios frente a nuestras preocupaciones da seguridad, y nos hace libres de hablar y ser nosotros mismos, sin seguir los caprichos de los demás. Quien ama tiene que ser libre, porque la libertad es la condición fundamental para el amor. Cuando no hay libertad no hay amor y todo es chantaje, mentira y odio. Donde hay libertad hay amor y verdad.

Si el hombre pone en práctica la palabra de Dios, lo único que le interesa es: "Hágase en mí según tu Palabra" y no: "Hágase en mí según mi capricho". Por eso, los educadores, los padres, los celebradores, los coordinadores, los catequistas, los sacerdotes tienen que ser libres. Cuando dicen solo lo que la gente quiere escuchar, son pésimos catequistas, celebradores, sacerdotes. Son mercenarios que engañan. Pero, ¡cuántas veces la gente prefiere ser engañada antes que escuchar la verdad, que es dura! En efecto, vino el Señor, que no engañaba a nadie, decía solo la verdad y hasta era la verdad, lo abandonaron y lo crucificaron.

María no lo abandonó, porque durante toda su vida había sido fiel a estas palabras: "Hágase en mí según tu Palabra". Este es el amor auténtico.


* Emilio Grasso, Maria: Hija, Esposa y Madre de la Palabra, Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 17), San Lorenzo (Paraguay) 2007, 16-19.

  




25/03/2019

 

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