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MISIÓN: HABLAR AL CORAZÓN DEL HOMBRE/2




La capacidad de suscitar la pregunta

Otro punto en el cual quiero insistir es la palabra "diálogo". A este propósito, considero que la encíclica Ecclesiam Suam y la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi permanecen fundamentales: en ellas se funda la relación entre misión ad intra y ad extra; se recuerda que la Iglesia evangeliza autoevangelizándose; se insiste en la relación entre interioridad-comunidad-pueblo.

Si fracasamos en el plano de la interioridad, que no es intimismo, en el punto de esta relación personal y nupcial con el Verbo, con el Logos, no expresamos nada y, por haber quedado insatisfechos, vamos a buscar afuera lo que no hemos obtenido dentro de nuestra comunidad.

¡Cuántas formas de apostolado son fugas! El ir a la misión se vuelve una fuga para poder valer algo, cuando aquí no se es apreciado.

La misión es una riqueza y no una necesidad. Tenemos que partir de la teología de la creación y de la teología de las misiones trinitarias, para volver a descubrir que la missio ad extra no es algo necesitado, sino que es la libertad, la gratuidad y la sobreabundancia del amor de Dios.

Si se derrumba este principio, nosotros vamos solo a esclavizar a las personas, a imponerles nuestras necesidades. Vamos a responder a preguntas que no existen, porque el problema no es dar unas respuestas, sino suscitar la pregunta. Muchas veces, damos respuestas a preguntas que no hay.

En efecto, excavamos pozos de agua que no sirven para nada, si la persona no tiene la exigencia del agua potable. El primer y fundamental discurso es, por lo tanto, un cambio cultural, es suscitar en el otro la espera y el espacio interior para la respuesta de la que nosotros somos portadores. Si esto ocurre, entonces el pozo le pertenecerá y será de veras importante para él.

La fatiga es, por lo tanto, lograr cambiar culturalmente la forma de vida que hiere la dignidad de la persona.

Por ejemplo, se financia muchos proyectos para enfrentar el SIDA, pero, la problemática del SIDA se funda en una conversión de las relaciones y de las costumbres. Esto ocurre tan solo con un cambio cultural que depende, a su vez, de un cambio de la concepción de Dios.

Quoad nos (con respecto a nosotros), Dios no es el mismo Dios para todos: existe el deus otiosus, el Dios que está lejos de los hombres, el Dios que interviene, el Dios que es comunión, el Dios que es el monarca absoluto... A cada una de estas visiones de Dios, le corresponde una determinada actitud de la persona en relación con sí mismo, con los demás y con el ambiente.

Los dogmas cristológicos y trinitarios tienen una consecuencia en la vida del hombre, porque una determinada concepción establece una determinada conducta de vida. Por ejemplo, tener una imagen arriana de Dios determina una visión jerárquico-piramidal de las relaciones, muy diferente que la de un Dios comunión de Personas iguales y distintas[1].

Hoy, el problema fundamental es lograr suscitar la pregunta, la espera en el otro.

Entonces, se necesita hacer nacer la inquietud en el hombre, la "santa inquietud", como ha afirmado Benedicto XVI en su primer discurso después de la elección como Papa[2].

La gente, si no está inquieta, no busca una respuesta. Desgraciadamente, la persona que muestra cierta inquietud, frecuentemente, está ahogada con bienes y respuestas.

Fundamento de la misión

El fundamento de la misión se encuentra en la misión trinitaria.

En misionología, el cambio de paradigma ocurrió con el Decreto conciliar sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad gentes, que hace descender la misión no más solo del mandato de Jesús, "vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos" (Mt 28, 19), sino de la misión trinitaria que se funda en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en un proceso de circumincesión, de pericoresis[3].

Si la misión no desciende de este amor, no somos misioneros, sino solo turistas que están de vacaciones.

Después de Ad gentes, se ha verificado una crisis en la concepción de la misión. En efecto, ha sucedido aquel fenómeno que Juan Pablo II, en la encíclica Redemptoris missio llama la "repatriación de las misiones a la misión de la iglesia"[4]. En la conciencia eclesial y en el plano teológico, hubo una subvaloración del discurso misionero, entendiendo por misión cada compromiso apostólico, cada iniciativa caritativa, cada actividad eclesial, con el consiguiente vaciamiento del concepto de misión. La "repatriación de las misiones a la misión de la iglesia" ha comportado también la pérdida de la especificidad de los Institutos misioneros, a causa del hecho de que todo era considerado misión. Esto ha provocado una crisis en su interior y en el plano vocacional, ya que la pregunta versaba sobre el porqué ir a la misión cuando la misión está también aquí donde vivimos nosotros.

El discurso está muy bien puntualizado en la Redemptoris missio, que distingue tres situaciones:

1.    La missio ad gentes que se dirige a pueblos, grupos humanos, contextos socio-culturales en que Cristo y su Evangelio no son conocidos, o en que faltan comunidades cristianas bastante maduras para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a los demás. No ha habido, por lo tanto, la plantatio ecclesiae.

2.    La secunda realidad es la del cuidado pastoral. Hay comunidades cristianas que tienen adecuadas y sólidas estructuras eclesiales, son fervientes de fe y de vida, irradian el testimonio del Evangelio en su ambiente y sienten el compromiso de la misión universal.

3.    Existe, en fin, una situación intermedia, especialmente en los países de antigua cristiandad, pero, a veces, también en las Iglesias más jóvenes, donde enteros grupos de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe, o incluso ya no se reconocen como miembros de la Iglesia, conduciendo una existencia lejos de Cristo y de su Evangelio. En este caso, hay necesidad de una nueva evangelización[5].

Es diferente, pues, hablar de cristianismo en una zona donde el mensaje no ha sido llevado todavía, y hacerlo, en cambio, en una zona donde las personas ya son cristianas y, sin embargo, el mensaje evangélico ya no tiene ninguna incidencia. Esto no ocurre solo en Occidente, sino también en América Latina y en África.

Es necesario tener presente siempre estas distinciones, porque debemos trabajar en situaciones diversas con múltiples instrumentos, sobre todo, en culturas diferentes que requieren el cuidado pastoral, la nueva evangelización y la missio ad gentes.

Naturalmente, estos segmentos no se encuentran separados el uno del otro y, en el mismo lugar, podemos encontrar, al mismo tiempo, la necesidad de la missio ad gentes, del cuidado pastoral y de la nueva evangelización.

No estamos llamados a conservar los museos

Otro punto importante que destacar, sobre todo para África, es la atención a la conservación de los museos arqueológicos. Nosotros no estamos llamados a salvar las murallas, sino a las personas.

A propósito de esto, me permito citar el último canon del Código de Derecho Canónico, el 1752, donde se recuerda que "salus animarum in Ecclesia suprema semper lex esse debet". Todo el derecho canónico tiene como fin último la salvación de las almas. Si no salvamos a las almas, el derecho canónico, la teología y las obras no sirven para nada.

Ante todo, no estamos llamados a salvar las culturas o los idiomas, sino a los hombres, con algunas opciones preferenciales que evidencia bien el Documento de Puebla[6]: los pobres, los jóvenes, la relación fe-cultura.

Se debe considerar el hecho de que la cultura de los hombres de hoy es la de la globalización, y que los jóvenes de hoy están homologados: los jóvenes de Dakar, de Nueva York, de Ankara piensan todos del mismo modo, porque ciertos fenómenos de la globalización han penetrado en profundidad.

Nosotros tenemos que dialogar con estos jóvenes, si queremos proyectarnos hacia el futuro.

En la misionologia se ha hablado mucho de "inculturación", término que se debe reconsiderar junto a "interculturación"[7] y "mestizaje", típico este último de América Latina.

La teología mestiza es una categoría importante, porque el pueblo mestizo es más fácilmente libre de complejos de inferioridad o superioridad y esto puede favorecer la convivencia pacífica entre los pueblos[8].

Emilio Grasso

(Continúa)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)



[1] A proposito de esto, cf. E. Peterson, Il monoteismo come problema politico, Queriniana, Brescia 1983; cf. Y. Congar, Il monoteismo politico dell'antichità e il Dio-Trinità, en "Concilium" (it.) 17 (1981) 394-403.

[2] Cf. E. Grasso, La santa inquietudine della missione nel pensiero di Benedetto XVI, en E. Grasso, Da Roma al Paraguay. Le sfide continuano, EMI, Bologna 2007, 11-21.

[3] Cf. Ad gentes, 2.

[4] Redemptoris missio, 32.

[5] Cf. Redemptoris missio, 33.

[6] Cf. III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento de Puebla (27 de enero - 13 de febrero de 1979), 385ss.; 1134ss.

[7] Cf. J. Ratzinger, Fede, Verità, Tolleranza. Il cristianesimo e le religioni del mondo, Edizioni Cantagalli, Siena 2003, 57-82.

[8] Cf. J. Audinet, Le temps du métissage, Éditions de l'Atelier/Éditions Ouvrières, Paris 1999.


 

18/10/2017

 

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