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PRINCIPIOS DE FILOSOFÍA, O SEA,
LO QUE NO ES EL FULANISMO/4



 

La sacralidad de la palabra

En Roma, la gran estación del ferrocarril, donde cada día llega un gran número de trenes, se llama "Stazione Termini".

¿Por qué tiene este nombre? Aunque el nombre "Termini" derive de las cercanas Termas de Diocleciano, esta estación tiene la característica de que el tren, una vez que llega, se detiene y ya no sigue más en la misma dirección.

La misma cosa ocurre en nuestra vida. Podemos pensar cuanto queremos, pero luego tenemos que concluir nuestro pensamiento con una palabra interior que se vuelve palabra exterior, si queremos estar en medio de los demás y no vivir aislados. Esta palabra se llama "término", porque es el punto de llegada de nuestro pensamiento para empezar a relacionarnos con los demás.

El término comunica una idea, un concepto, un pensamiento. Este término acuerda nuestra interioridad con el exterior. La palabra revela quién soy yo a quien me escucha.

La palabra "filo-sofía" deriva del griego y significa amor a la sabiduría.

Filosofía es, pues, esencialmente conocimiento y conducta adecuada a este conocimiento.

Conocer quiere decir "tener conocimiento exacto de la existencia y de los caracteres de un aspecto cualquiera de la realidad".

No se trata, por lo tanto, de repetir sin razonar, sino de utilizar las facultades intelectuales que Dios nos ha donado.

La filosofía es, pues, lo contrario exacto del Fulanismo.

Cuando Fulano habla, escuchamos solo sonidos faltos de sentido. Fulano desprecia a los demás y, por eso, no usa y no quiere usar correctamente los términos adecuados. Se esconde detrás de palabras anónimas y sin rostro. De esta manera, Fulano, y con él toda la Fulano's University, desprecia a Jesús, Palabra (Logos)[1] de Dios en medio de nosotros.

El amor universal es siempre un amor particular

A los tantos que proclaman un amor universal, pero al mismo tiempo huyen siempre y no se atan nunca a nada, el P. Milani les recuerda el carácter concreto del verdadero amor: un compromiso total, hasta la muerte, es siempre un compromiso particular.

"Sé que a ustedes los estudiantes estas palabras les dan rabia anota en una de sus muchas cartas, ... pero a lo mejor está exactamente aquí la respuesta a la pregunta que me haces. No se puede amar a todos los hombres. ... De hecho, se puede amar solo a un número limitado de personas, tal vez algunas decenas, tal vez algunos centenares. Y, puesto que la experiencia nos dice que para el hombre es posible solo esto, me parece evidente que Dios no nos pide algo más. ... Y, entonces, si quieres encontrar a Dios y los pobres, hay que detenerse en un lugar, dejar de leer y estudiar y ocuparse solo de dar clase a los muchachos. ... Cuando hayas perdido la cabeza, como la he perdido yo, tras pocas decenas de criaturas, encontrarás a Dios como un premio. Tendrás que encontrarlo a la fuerza, porque no se puede dar clase sin una fe segura. Es una promesa del Señor contenida en la parábola de las ovejitas, en la maravilla de quienes se descubren a sí mismos, después de la muerte, amigos y bienhechores del Señor sin ni siquiera haberlo conocido"[2].

Elegir significa donar la propia libertad y, si la hemos donado verdaderamente, ya no tenerla más para hacer otras cosas. Una vez donada, esta libertad no nos pertenece más como posibilidad de hacer otras elecciones, sino solo como posibilidad de amar cada vez más.

El amor no es otra cosa que una libertad donada, una libertad crucificada.

Este amor crucificado es lo contrario exacto del fundamento del Fulanismo: "Ver y dejar, tener y dejar", repetir siempre la última palabra escuchada, sin saber nunca clavarnos para hacer de nosotros una libertad crucificada.

El libro de la historia nos enseña que no existe nada más feroz que la impaciencia de los marginados que se desencadena. Es por eso por lo que todos los explotadores y opresores del mundo siempre intentan adormecer la conciencia de los pobres, impidiéndoles razonar, comprender, saber hablar sin tener que delegar siempre la gestión de sus problemas a un líder, el salvador de la patria, quien, con una palmada en los hombros, un pedazo de carne asada, un vaso de cerveza y las acostumbradas dos palabras en el único idioma que hablas, te roba tu conciencia.

Luego, una vez acabado el juego, cada uno vuelve a su casa. ¡Y si te he visto..., no me acuerdo!

Panem et circenses (pan y juegos)..., así se mantenía manso al pueblo en los tiempos de los emperadores romanos.

Trono de la Sabiduría

Para concluir esta introducción, no he encontrado palabras más adecuadas que las de san Juan Pablo II en su encíclica escrita acerca de la relación fe y razón.

Son palabras tan bellas y profundas que se deben acoger en religioso silencio:

"La vida de Aquella que la oración de la Iglesia invoca como Trono de la Sabiduría es una verdadera parábola capaz de iluminar las reflexiones que he expuesto. En efecto, se puede entrever una gran correlación entre la vocación de la Santísima Virgen y la de la auténtica filosofía. Igual que la Virgen fue llamada a ofrecer toda su humanidad y femineidad a fin de que el Verbo de Dios pudiera encarnarse y hacerse uno de nosotros, así la filosofía está llamada a prestar su aportación, racional y crítica, para que la teología, como comprensión de la fe, sea fecunda y eficaz. Al igual que María, en el consentimiento dado al anuncio de Gabriel, nada perdió de su verdadera humanidad y libertad, así el pensamiento filosófico, cuando acoge el requerimiento que procede de la verdad del Evangelio, nada pierde de su autonomía, sino que siente cómo su búsqueda es impulsada hacia su más alta realización. Esta verdad la habían comprendido muy bien los santos monjes de la antigüedad cristiana, cuando llamaban a María 'la mesa intelectual de la fe'. En ella veían la imagen coherente de la verdadera filosofía y estaban convencidos de que debían philosophari in Maria. Que el Trono de la Sabiduría sea puerto seguro para quienes hacen de su vida la búsqueda de la sabiduría. Que el camino hacia ella, último y auténtico fin de todo verdadero saber, se vea libre de cualquier obstáculo por la intercesión de Aquella que, engendrando la Verdad y conservándola en su corazón, la ha compartido con toda la humanidad para siempre"[3].




[1] En el Evangelio según Juan, el Logos es la Palabra divina preexistente, por medio de la cual todo ha sido hecho y que "se hizo carne y vino a habitar entre nosotros" (cf. Jn 1, 1-14; cf. 1 Jn 1, 1-2; cf. Ap 19, 1-16). Después del Concilio de Nicea, los términos Logos e Hijo de Dios fueron utilizados indiferentemente para indicar a la segunda persona de la Santísima Trinidad.

[2] Lettere di don Lorenzo Milani priore di Barbiana. A cura di M. Gesualdi, Mondadori, Milano 1970, 277-278.

[3] Juan Pablo II, Encíclica Fides et ratio, 108.





18/09/2018

 

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