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Cartas de Emilio Grasso

 

CARTA A LOS TIBURTINI/1

Introducción

 

“Yo los dejo para ir a encontrar a otras ovejas perdidas… Está claro que no tengo la vocación de quien recoge, sino solo de quien siembra”. Así escribía Emilio, en junio de 1969, a los “Tiburtini”, el grupo de los jóvenes del barrio Tiburtino (Roma), que se había constituido alrededor de él, después de su llegada a la parroquia de San Giuseppe Artigiano, en 1967.

El barrio, extendido entre la calle Tiburtina y Portonaccio, estaba habitado generalmente por familias obreras y pequeñoburguesas. Los palacios surgían uno después de otro, confiriéndole un aspecto cada vez más gris y triste. Calles, palacios y algunas tiendas. Y, en la parte más alta del barrio, lindante con los "grandes prados" no cultivados, estaba la iglesia con su plazoleta enfrente, donde terminaban las calles.

Los jóvenes, estudiantes de bachilleratos y escuelas profesionales, no tenían grandes intereses. Aburridos y sin ocupaciones fuera de la escuela, pasaban la mayor parte de las tardes y de las noches sentados sobre un "pequeño muro”, sin hacer nada, esperando, charlando sobre el vacío, escuchando el rascar de la guitarra que alguno de ellos tenía en mano.

Hijos de familias más o menos religiosas, iban a Misa el domingo, tal vez por escrúpulo, seguramente para no deber discutir y tener problemas en casa. Se quedaban de pie en el fondo de la iglesia, charlando y bromeando. Eran “los muchachos de la última fila”, como se dijo más adelante.

El primer contacto con Emilio, ya vicario parroquial de la parroquia, aconteció cuando le pidieron que organizara algunos partidos de fútbol, como hacía el vicario parroquial precedente. Él respondió que no se había hecho sacerdote para organizar partidos, sino para anunciar el Evangelio, y que para esto estaba siempre disponible. La respuesta dejó a esos jóvenes estupefactos. Pensaban que era una tarea del sacerdote la de organizar el tiempo libre de los jóvenes. Un poco “ofendidos”, volvieron al habitual “pequeño muro”.

Se encontraron de nuevo en parroquia, algún tiempo después, porque habían escuchado que se estaba moviendo algo. Emilio organizaba algunos encuentros sobre Vietnam. Estaban muchos jóvenes. Se quedaron, aunque para ellos eran discursos nuevos.

Luego, volvieron de nuevo. Después, todo el grupo del “pequeño muro” se reunió junto con otros muchachos, en las pequeñas salas de la parroquia, para participar en los encuentros que Emilio impartía. Cosas todas nuevas.

El ver cómo otros jóvenes discutían y hablaban de estas, hizo crecer en ellos el deseo de entrar en aquel mundo, de comprender, de participar en él. El descubrir la realidad de tantos jóvenes que en el mundo discutían sobre los mismos problemas, daba a esos jóvenes del “pequeño muro” la impresión de formar parte de algo grande, vasto, abría horizontes desconocidos, los hacía sentir importantes, como si estuvieran allí discutiendo, proyectando, decidiendo para el mundo.

En la Navidad de 1967, fue organizada una vigilia por la paz en Vietnam, en la plaza enfrente de la iglesia. La iniciativa suscitó polémicas y reacciones. Pero, había nacido un grupo. En el barrio los pareceres eran diversos: nadie podía no verlo. Y las pequeñas salas de la parroquia se habían vuelto sus pequeñas salas, donde esos jóvenes se encontraban cada noche.

Habían empezado también las luchas en familia, para poder conquistar esos espacios de libertad que permitían poder seguir encontrándose.

Crecían fuertemente la pasión y el envolvimiento. Se escuchaba el Evangelio y se rezaba. Nacía el compromiso por los más pobres del barrio. Los numerosos encuentros con tantas personas comprometidas en la Iglesia y en la sociedad abrían horizontes desconocidos. Las problemáticas eclesiales y del compromiso político estaban cada vez más en el centro de las discusiones y del interés.

Muchos de los jóvenes tomaron parte en el movimiento estudiantil, que en aquel período embistió no solo a la escuela y a la universidad, sino a la sociedad entera, en toda parte del mundo. El “pequeño muro” ya era un recuerdo lejano.

Dos años de vida en las pequeñas salas de la parroquia. Luego, estalló el Evangelio con su radicalidad, sobre la cual habían hablado durante las largas noches. Empezaba el verano de 1969, y Emilio ya había elegido y obtenido el permiso de poderse transferir entre los chabolistas de Roma, en el “barrio Alessandrino”.

A los jóvenes de las pequeñas salas él les escribió largamente: “¡Cuánto camino han recorrido! Eran 'no pueblo’ y ahora son pueblo; eran 'no amados’ y ahora son amados; vivían ‘solos’ y ahora viven en comunión; pensaban solo en ustedes mismos y ahora palpitan por los demás; eran esclavos de las modas  y ahora son libres; intentaban servirse de la Iglesia para sus juegos y ahora la sirven; eran tímidos y ahora se atreven; tenían miedo de encontrar a los enfermos y ahora los abrazan; querían tener éxito y ahora saben renunciar; eran incapaces de amor y ahora se han vuelto, para tantos, signo real de amor”.

Su “Carta a los Tiburtini” era un testamento, un proyecto, seguramente algo que echaba en cara a cada uno de esos jóvenes algunas preguntas tan fuertes, a las cuales para muchos de ellos fue imposible no responder.

Muchos respondieron. Entre estos estaba yo también. Juntos hicimos camino común por un tiempo. Algunos, luego, fallecieron. Otros, hombres de un momento, sin raíces, como semilla caída en el terreno rocoso, se largaron, al sobrevenir algunas dificultades.

Yo todavía estoy aquí. Las cosas dichas entonces en aquellas pequeñas salas y en la plaza de la iglesia se han vuelto mi vida. Y sigo creyendo en ellas.

Giuseppe Di Salvatore

(Continúa)

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

03/06/2014


 

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