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Conocer la vida consagrada/15



Reunidos POR el señor

La vida fraterna


El amor de Cristo nos ha reunido
. Con esta expresión empieza el documento que la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada ha dedicado, en 1994, a la vida fraterna llevada a cabo en las comunidades religiosas[1].

La vida fraterna constituye una dimensión fundamental de cada forma de vida consagrada. Aunque no todas las formas prevén una vida común de los miembros, todas exigen, según la diferencia de los carismas, una vida fraterna.

La Iglesia, misterio de comunión, es el pueblo de Dios unido por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La vida fraterna refleja la profundidad de este misterio; se construye como un espacio humano habitado por la Trinidad, que prolonga en la historia los dones de comunión, propios de las tres personas divinas[2].

La fraternidad cristiana no es un simple sentimiento natural de relaciones recíprocas, fundadas en el afecto y la amistad. En la secuela de Cristo, comprendemos más profundamente el significado de los vínculos de fraternidad, que Dios ha deseado para los hombres, expresión de la fuerza reconciliadora del misterio pascual, que actúa sobre el hombre y lo introduce en la vida trinitaria.

El Concilio Vaticano II ha valorizado, en la vida consagrada, particularmente la dimensión fraterna como un elemento que define todos los demás. Los carismas de vida consagrada, don de Dios a su Iglesia, en efecto, no pueden existir sin alguien que los acoja, los viva y dé testimonio de ellos. La vida fraterna es la exegesis viviente del don recibido, la "recepción" del acontecimiento fundador.

Vida fraterna en comunidad

La vida fraterna, en algunas formas de vida consagrada y particularmente en los institutos religiosos, se expresa en la vida en comunidad.

La vida en comunidad es el signo de la comunión entre personas convocadas sobre la base de la misma vocación y, antes de ser una estructura exterior y visible, es una realidad interior que tiene una dimensión carismática.

La comunidad religiosa, en efecto, no es un proyecto humano, sino antes que nada un don que deriva de la revelación de la vida trinitaria y de la invitación a participar en ella, a través de la mediación del carisma específico de la familia religiosa. Hace visible que la participación en la comunión trinitaria puede cambiar las relaciones humanas, y crear un nuevo vínculo fraterno que trasciende la carne y la sangre, las razas y las culturas.

Del don de la comunidad, emana la tarea de su construcción como el lugar teologal, donde se encarna la fraternidad y se hace experiencia de la presencia del Señor.

La comunidad como "don" exige, en efecto, una respuesta que siempre es un compromiso, un combate, una conversión; requiere ser responsables el uno del crecimiento del otro, de ayudar y de ser ayudados.

Nos servimos fácilmente de los beneficios que derivan de la comunidad, en sus aspectos materiales y espirituales, pero, no siempre estamos dispuestos a pagar el precio en términos de edificación, responsabilidad y dedicación personal. Somos más consumidores que constructores de la comunidad[3], más espectadores que comprometidos a dar concreción a la gracia y al don de la comunión fraterna.

La comunidad religiosa vive gracias a un don divino, y no como una simple organización que garantiza el funcionamiento de los servicios para los miembros. La referencia al proyecto del fundador y al carisma por él comunicado es, por lo tanto, una componente fundamental para su vida y unidad. Vivir en una comunidad religiosa, en efecto, es vivir todos juntos la voluntad de Dios, según la orientación que el fundador ha recibido y transmitido.

Para construir la comunidad religiosa es indispensable la comunicación entre los miembros, que se expresa en la corrección fraterna, en el compartir y en la constante revisión de vida a la luz de la común vocación. La pobreza o la ausencia de esta comunicación engendra la debilitación de la fraternidad, hace extraño al hermano, reduce la relación al anonimato y crea aislamiento, quitando vigor a la fecundidad del proyecto evangélico.

Vida fraterna y apostolado

La vida de comunidad se orienta a irradiar la fraternidad entre los pueblos, como parte integrante del anuncio del Evangelio. A las personas consagradas la Iglesia les pide ser verdaderamente "expertas en comunión" y practicar la espiritualidad de ella, como testimonios y artífices de aquel proyecto de comunión, que está en la cumbre de la historia del hombre según Dios[4].

Las relaciones entre la vida fraterna en las comunidades y las actividades apostólicas, a menudo, están laceradas por tensiones originadas por visiones no claras, que consideran las exigencias de la vida comunitaria como un obstáculo para la misión. No es raro encontrar mentalidades que perciben tales exigencias como tiempo perdido, frente a compromisos apostólicos más urgentes.

El documento arriba citado, de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, quiere recordar a todos que la comunión fraterna, como tal, es ya apostolado y contribuye directa y eficazmente a la obra de evangelización.

No se pueden invocar las necesidades del servicio apostólico, para justificar una carente vida comunitaria. La actividad apostólica de los religiosos se justifica, esencialmente, como una expresión de personas que viven en común y caracterizan su actuar por el espíritu comunitario; que tienden a difundir el espíritu fraterno con la palabra, la acción y el ejemplo[5].

El sujeto de la misión no es nunca el individuo particular, sino la comunidad que envía a sus miembros. De ella el apostolado emana como irradiación ad extra de una vida ad intra, y como obediencia a la misión común. El proyecto comunitario no es el resultado de los acuerdos entre las personas, ni se funda en el vínculo de amistad de los miembros o en el compartir las mismas ideas; es la expresión de su consentimiento personal al proyecto evangélico que se encuentra en el origen de la familia religiosa.

Silvia Recchi



[1] Cf. La vita fraterna in comunità. "Congregavit nos in unum Christi amor", 2 de febrero de 1994.

[2] Cf. Vita consecrata, 41.

[3] Cf. La vita fraterna in comunità, 24.

[4] Cf. Vita consecrata, 46.

[5] Cf. La vita fraterna in comunità, 54-55.




30/12/09
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis