Italiano Español Nederlands Français
Home arrow Conocer la vida consagrada ▸ arrow Conocer la vida consagrada/17. “Vengan y verán”. ¿Qué pastoral para las vocaciones?
Imprimir Enviar a un amigo

 

Conocer la vida consagrada/17



"VENGAN Y VERÁN"

¿Qué pastoral para las vocaciones?


"¿Hemos perdido, tal vez, la capacidad de atraer nuevas vocaciones?".

Es una pregunta que la exhortación Vita consecrata, interpretando los sentimientos de muchas personas consagradas, pone en emergencia allí donde habla de la pastoral de las vocaciones[1]. En efecto, si la floración vocacional que se manifiesta en algunas partes del mundo parece justificar cierto optimismo, la escasez de ellas, en los Países de antigua cristiandad, pone a dura prueba la vida de los institutos.

La crisis de las vocaciones en estos Países refleja, ante todo, la crisis más profunda de una visión vocacional de la vida. En un mundo secularizado, se encuentra en estado de crisis la concepción vocacional de la existencia, y no solo las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. La vida ya no es percibida como acogida de un regalo y como respuesta; el proyecto existencial de los hombres de nuestro tiempo, también en el ámbito de la cultura cristiana, es fácilmente concebido como la búsqueda de una autorrealización, de valorización de sí, más que como adhesión a una Persona, a una invitación, en una lógica de éxodo y de amor.

Toda forma de pastoral de la Iglesia, en el fondo, es vocacional, porque cada actividad pastoral no es nada otro que un acompañamiento a acoger la Palabra, con una respuesta personal, según el crecimiento del individuo.

El problema de las vocaciones permanece un desafío para toda la Iglesia; es una verificación fundamental para los institutos de vida consagrada. Su futuro, en efecto, depende de la capacidad de atraer a hombres y mujeres capaces de acoger su herencia.

La disminución de las vocaciones no tiene que inducir al desaliento, afirma la exhortación Vita consecrata, ni a la tentación de fáciles e imprudentes reclutamientos[2]. En efecto, la progresiva reducción numérica de los candidatos en muchos institutos ha determinado, a menudo, una disminución cualitativa de los criterios de reclutamientos y de admisión, agregando así a la crisis de cantidad también la crisis de calidad.

La regla de oro

Suscitar nuevas vocaciones a la vida consagrada no es el resultado de técnicas humanas, de pedagogías religiosas o de pastorales más o menos actualizadas. "Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre", dice el Señor (Jn 6, 44). Las vocaciones son una obra eminente del Espíritu Santo, autor e inspirador de los carismas de la vida consagrada, a los que necesita ser fieles con "el anuncio explícito y una catequesis adecuada, para favorecer en los llamados a la vida consagrada la respuesta libre, pero pronta y generosa, que hace operante la gracia de la vocación"[3].

La regla de oro de la pastoral de las vocaciones permanece, aún hoy, la invitación de Jesús: "Vengan y verán" (Jn 1, 39), que apunta a presentar, siguiendo las huellas de los fundadores y de las fundadoras, el atractivo de su persona y la belleza de la entrega total de sí mismo a la causa del Evangelio[4].

"Vengan y verán" significa invitar a los candidatos a ir a un "lugar" concreto, donde hay la visibilidad del Cristo que vive, que suscita atracción y hace posible la donación de la vida.

La tarea de las personas consagradas es la de proponer, con la palabra y el ejemplo, el ideal de la secuela de Cristo, sosteniendo luego coherentemente, en el corazón de los llamados, la respuesta a los impulsos del Espíritu. Sobre todo es la de mostrar un "lugar" de referencia histórico, donde la propuesta se vuelve vida, la secuela se encarna, es atractiva, interroga y suscita imitación.

La propuesta vocacional, así como la fe, no se coloca en un horizonte intelectual, sino existencial, de transmisión de una experiencia y de convicciones. "Vengan y verán" significa también llamar a "ir", a moverse, a salir de los propios confines culturales, a aventurarse en el "misterio" de Dios.

Testigos convencidos y convincentes

La historia de la persona es el "terreno" en el cual el misterio se revela, interpela y llama.

La catequesis vocacional se hace de persona a persona, con pasión y convicción. Esto requiere a alguien capaz de interrogar con la propia vida, capaz de acompañar, y que tiene el coraje de invitar, no proponiendo un puro discurso dialéctico, sino transmitiendo una experiencia en la cual se vislumbra la propia confesión de fe.

El acompañante vocacional tiene que ser entusiasta de la propia vocación y de la posibilidad de comunicarla; es un testigo convencido y, por eso, convincente y creíble[5]. La vocación emerge no como la conclusión de un razonamiento, sino como lectura interior de la propia historia, que en su desanudarse hace nacer un significado, un sentido profundo, que se transforma en una llamada, una apelación dirigida a la persona.

El Señor se vale de "mediaciones" para revelarse y llamar; la tarea del animador vocacional es la de disponer a la escucha y enseñar a reconocerlas.

En cada carisma de vida consagrada hay una riqueza de sabiduría cultural, espiritual, mística y ascética; se necesita el compromiso de traducirla en un itinerario pedagógico, para que los nuevos candidatos estén incluidos en el proyecto carismático y, luego, acompañados a emprender la aventura del camino, siguiendo los pasos de la experiencia de los fundadores de la familia religiosa a la que el Señor los llama.

En un instituto de vida consagrada, en fin, todos los miembros son responsables de las vocaciones, aunque no todos están llamados a ser animadores vocacionales. Todos los miembros, con su testimonio, fidelidad y oración, preparan el terreno para acoger las nuevas vidas que el Señor querrá donar[6].

Silvia Recchi



[1] Cf. Vita consecrata, 64.
[2]
Cf. Vita consecrata, 64.
[3]
Vita consecrata, 64.
[4]
Cf. Vita consecrata, 64.
[5] Cf.
A. Cencini, Guarda il cielo e conta le stelle. Il sogno dell'animatore vocazionale, oggi, Paoline, Milano 2000, 8-9.
[6] "En su andar por los caminos del mundo, contemplativa en acción (cf. RM 91), la Comunidad está lista para acoger el don de nuevas vidas que el Señor, en su espíritu y su libertad, querrá generar. La Comunidad vivirá su maternidad, comunicando el amor recibido, a través de su testimonio, su compromiso constante, su palabra creíble, su orar humilde, su ofrecer la propia vida, consciente de que ‘si el Señor no construye la casa en vano trabajan los albañiles... Un regalo del Señor son los hijos, recompensa, el fruto de las entrañas' (Sal 127, 1.3)", Estatuto de la Comunidad Redemptor hominis, art. 27.
 



03/05/2010
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis