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Conocer la vida consagrada/18



ASUMIR LOS SENTIMIENTOS DEL SEÑOR

La formación de los miembros


La formación de los miembros en los institutos de vida consagrada es uno de los argumentos más delicados y actuales. El proceso formativo tiene que permitir asumir progresivamente las exigencias de la propia vocación; asimilar la identidad carismática de la familia religiosa; comprender más conscientemente su proyecto evangélico, para ser testigos eficaces y fieles del mismo[1]. Este tiene un carácter permanente, mediante el cual la experiencia del Espíritu de los Fundadores es transmitida a los discípulos, para que sea vivida, guardada, profundizada y desarrollada por ellos[2].

Este camino de formación tiene que favorecer, esencialmente, la transmisión del patrimonio carismático, hacerlo inteligible y fecundo para todas las generaciones, en la diversidad de los lugares y de los tiempos.

Los sentimientos del Señor

La exhortación Vita consecrata muestra una atención particular a la formación, inicial y permanente, de los miembros. Esta se considera como un itinerario que debe permitir la asimilación progresiva de los sentimientos de Cristo[3], en conformidad con la propia identidad carismática.

El punto de vista de la exhortación es nuevo. El documento no propone un modelo a partir de categorías ascéticas o de perfección personal; tampoco se trata de obtener, a través de la formación, una certificación de capacidades apostólicas. El modelo propuesto es, en cambio, la persona viviente del Señor, con sus sentimientos y deseos, su estilo de vida y su coraje de morir.

Si la finalidad de la formación es la de permitir la asimilación de los sentimientos de Cristo, el camino que conduce a esto es, esencialmente, una educación a la libertad. Cuando se trata de plasmar el corazón, en efecto, no hay otro camino que recorrer que el de la libertad[4].

De la misma manera, si la vida consagrada concierne a la existencia totalmente centrada en Dios, el método que a ella prepara debe tener el mismo carácter de totalidad, o sea, tiene que atañer a todas las dimensiones de la persona, privilegiando, entre estas, la dimensión espiritual.

La formación inicial de los nuevos candidatos, llamada noviciado, en los institutos religiosos, antes que nada, es una evolución progresiva a través de las etapas de la maduración personal. Los jóvenes están invitados a formarse una conciencia crítica, con respecto a los valores y los antivalores de la propia cultura[5]; están conducidos a integrar el proyecto evangélico de su nueva familia, a comprometer en él el corazón y la inteligencia.

Se trata de un proceso de crecimiento fundado en la experiencia, porque no se puede hablar de formación sino allá donde los valores propuestos son efectivamente vividos, por medio de una implicación afectiva y efectiva de la persona. La pedagogía formativa apunta a la "conciencia" del candidato, que es el primer responsable de la propia vocación. En efecto, es la misma persona consagrada la que es responsable de decir que "sí" a la llamada recibida, aceptando todas las consecuencias de la respuesta, que no es solo de orden intelectual, sino también existencial.

La tarea de los acompañantes, en este proceso, es sobre todo la de despertar en la conciencia de los jóvenes la verdad que está escondida en ella, de manera que puedan ser capaces de comportamientos coherentes y libres, en un mundo donde la libertad es un riesgo, una conquista y nunca un dato adquirido[6].

La gestación del hombre nuevo

El proceso de formación no se limita a la fase inicial; formar el corazón exige un camino que dura toda la vida. El sentido de la formación permanente es una exigencia de la vida consagrada. La llamada y la acción de Dios son siempre nuevas, en situaciones históricas que no se repiten nunca. Las personas consagradas están invitadas, por lo tanto, a dar constantemente una respuesta atenta, nueva y responsable[7].

En este sentido, la formación permanente no es un simple camino propedéutico, sino que marca la existencia toda entera, en el modo de pensar, de juzgar, de hacer las elecciones según la vocación recibida. Se trata de definir la propia consagración a Dios como una interminable gestación del hombre nuevo, quien aprende a asimilar los sentimientos de Cristo. Es un progresivo encuentro interior con el amor de Cristo, que convierte la existencia de la persona[8].

Dios Padre es el Formador por excelencia; es Él quien modela, mediante su Espíritu, los corazones según los sentimientos del Hijo, sirviéndose de mediaciones humanas (formadores, comunidad de formación, programas...). Los acompañantes están llamados a participar en la acción del Padre, mostrando, con el testimonio de vida, la belleza de la secuela y el valor del carisma, por medio de la cual esta se realiza[9].

En los institutos propiamente religiosos, la comunidad es el lugar privilegiado de la formación, donde "el hermano y la hermana se convierten en sacramento de Cristo y del encuentro con Dios, posibilidad concreta y, más todavía, necesidad insustituible para poder vivir el mandamiento del amor mutuo y por tanto la comunión trinitaria"[10].

Las familias de vida consagrada deben elaborar una propia ratio institutionis, esto es, el proyecto de formación, que se inspira al carisma de fundación, y presenta, de manera dinámica, el camino que seguir, para asimilar plenamente la identidad carismática del instituto. La ratio de formación tiene que traducir en pedagogía práctica el capital espiritual de sabiduría y de experiencia del carisma.

Mientras que la formación inicial está ordenada a la adquisición de una suficiente autonomía personal, para vivir en fidelidad los propios compromisos religiosos, la formación permanente ayuda a los miembros de los institutos a integrar la creatividad en la fidelidad, en las circunstancias concretas de la existencia. Seguir a Cristo exige, en efecto, ponerse siempre en camino, para ser capaz de dar un testimonio auténtico.

Silvia Recchi

 



[1] Cf. Potissimum institutioni, 6.
[2] Cf. Caminar desde Cristo, 20.
[3] Cf. Vita consecrata, 65.
[4] Cf. A. Cencini, Formazione/1: nuove prospettive, en Supplemento al Dizionario Teologico della Vita consacrata. A cura di G. F. Poli Ancora, Milano 2003, 81-82 e 84.
[5] Cf. Vita consecrata, 67.
[6] Cf. al respecto, el artículo de E. Grasso, Formare i giovani all'evangelizzazione, en E. Grasso, Ora è tempo di andare. Per aprire ogni esperienza umana al Signore che salva, Editrice Missionaria Italiana, Bologna 1997, 15-29.
[7] Cf. Potissimum institutioni, 29.
[8] Cf. Redemptionis donum, 3.
[9] Cf. Vita consecrata, 66.
[10] Caminar desde Cristo, 29.




22/06/2010
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis