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Conocer la vida consagrada/19



EL DOLOR QUE ENGENDRA LA VIDA

El rostro femenino de la vida consagrada


En estos últimos decenios, el Magisterio de la Iglesia ha dedicado una atención especial a la mujer. La carta Mulieris dignitatem ha permitido profundizar en los fundamentos antropológicos y teológicos de su vocación y de su misión en la Iglesia, que se comprenden a partir de la decisión del Dios creador, según el cual el ser humano existe únicamente como mujer y como varón[1].

En la Mulieris dignitatem, Juan Pablo II habla del "genio" femenino, como de un don para toda la humanidad. Este se comprende en el orden del amor, porque la mujer es la que recibe el amor para amar a su vez[2]. Es con relación al amor con el cual se mide su dignidad.

La mujer rinde testimonio a los valores, que pueden parecer "débiles", comparados con las lógicas dominantes del poder; este testimonio se manifiesta en la primacía de la persona, en la importancia otorgada a las relaciones interpersonales, en las expresiones de acogida, de protección, en la primacía del ser sobre el tener, sobre el aparentar, sobre el actuar.

Las mujeres tienen una experiencia especial del sufrimiento, estrechamente ligado al engendramiento, esto es, a la dimensión positiva de la vida. La nueva vida engendrada muestra, en efecto, la fecundidad de este dolor, como se afirma en la parábola evangélica del trigo que muere para dar fruto (cf. Jn 12, 24) o en la parábola de la mujer que da a luz sufriendo, que, sin embargo, se alegra cuando el niño ha nacido y una nueva vida ha venido a la luz (cf. Jn 16, 21).

La maternidad se vuelve así una clave de lectura simbólica de la fecundidad del sufrimiento, del vínculo entre la muerte y la vida; una lectura que se aplica también a la vida espiritual[3]. Esta dimensión de la mujer expresa una estructura constitutiva de su vocación y de su misión, que la hace preciosa en la función de "germinación de las personas", no solo según la naturaleza, sino también según la gracia; una realidad que no es puramente biológica, sino que implica la vida de fe[4].

Las mujeres consagradas

La Exhortación Vita consecrata recuerda que, en Betania, Jesús aprecia las expresiones de la naturaleza femenina, la gratuidad de la elección de María, que permanece a sus pies para escucharlo, manifestando su amor sin cálculo, que se expresa en la lógica del "derroche", de la totalidad. María ve solo a su Señor, no ve a los demás, ni a los pobres, suscitando la reacción de Judas, quien protesta ante la pérdida del valor del perfume precioso, según él, derramado "inútilmente" sobre los pies del Señor[5].

Este amor total es un paradigma para todos, el fundamento de toda actividad de evangelización. El porvenir de la nueva evangelización, afirma la Exhortación Vita consecrata, es impensable sin una contribución renovada de las mujeres y de las mujeres consagradas. Por esta razón, la Exhortación tiene una atención especial a su formación, de modo que se adapte a las circunstancias del mundo actual. Se espera mucho del genio de la mujer consagrada, en el campo de la reflexión teológica, cultural, espiritual y de la inteligencia de la fe en todas sus expresiones[6].

La Exhortación afirma, además, que la nueva conciencia que las mujeres tienen de sí mismas puede ayudar a los varones a revisar sus esquemas mentales, su modo de comprenderse, de ubicarse en la historia y de interpretarla, de organizar la vida política, económica, religiosa y social[7].

A partir de la conciencia de la misión de la mujer, la vida consagrada femenina puede adquirir una conciencia más profunda de la propia función. Por esto, la Iglesia recomienda abrir a las mujeres los espacios de participación en todos los niveles, incluidos los que pertenecen al proceso de elaboración de las decisiones, sobre todo en lo que atañe a ellas[8].

El "poder" evangélico

En ciertas culturas particularmente machistas, las mujeres consagradas contribuyen a hacer comprender mejor la naturaleza del poder en la Iglesia, en la visión del servicio, del don de sí, de la opción preferencial por los pequeños y los pobres. Gracias a ellas, la Iglesia puede hacer más transparente la perspectiva de servicio, propia del "poder" evangélico, que expresa la verdadera "realeza" del ser humano, si se ejerce con libertad, reciprocidad y amor[9].

En las batallas por la promoción de la mujer, no se trata únicamente de luchar por una visión más igualitaria de los derechos, a fin de que tenga las mismas posibilidades del varón y pueda ejercer las mismas funciones; se trata, más bien, de valorizar la vocación propia de la mujer, su identidad profunda, su diferencia, su misión.

El objetivo no es, por tanto, el de pedir que las mujeres puedan realizarse de la misma manera que los varones, sino el de dar lugar y apreciación a las diferencias, a la reciprocidad y de acoger la complementariedad femenina, que enriquece la vida del pueblo de Dios.

Este objetivo no se podrá alcanzar si no se desarrolla, en los espíritus y en las estructuras, una verdadera eclesiología de comunión, que puede progresar solo en el interior de una cultura trinitaria, es decir, capaz de acoger las diferencias y de valorizarlas en la perspectiva de la unidad[10].

Silvia Recchi



[1] Cf. Mulieris dignitatem, 1.
[2]
Cf. Mulieris dignitatem, 29.
[3] Cf. Centro diocesano vocazioni di Cremona, Il volto femminile della vocazione. Note per una riflessione
, Paoline, Milano 1997, 27.
[4] Cf. Congregación para la Educación Católica, La función evangelizadora. Función de la mujer en la evangelización,
19 de noviembre de 1975, II.
[5] Cf. Vita consecrata, 104.
[6]
Cf. Vita consecrata, 58.
[7]
Cf. Vita consecrata, 57.
[8]
Cf. Vita consecrata, 58.
[9]
Cf. Giovanni Paolo II, Lettera alle donne, 29 giugno 1995, 11.
[10] Recchi, La femme dans l'Église, en La femme dans la société et dans l'Église. Instrument de travail, VIe Assemblée générale de l'ACERAC, Guinée Equatoriale 2002, 43-44.




15/07/2010
 

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