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Conocer la vida consagrada/21



TRANSMITIR LA CULTURA DE LA COMUNIÓN

La vida consagrada en las Iglesias locales


Una Diócesis sin el testimonio de la vida consagrada estaría privada de muchos dones espirituales, de "lugares" reservados a la búsqueda de Dios, de actividades apostólicas, de métodos pastorales inculturados; faltaría en ella también aquel espíritu misionero propio de la mayoría de los institutos
[1].

En las Iglesias particulares, a las personas consagradas se les pide ser expertas en comunión y practicar su espiritualidad, o sea, ser testigos y artífices del proyecto de comunión de Dios para la humanidad. Este sentido de la comunión eclesial, que se transforma en una espiritualidad de la comunión, favorece un modo de pensar, de hablar y de actuar, que hace progresar a la Iglesia en profundidad y en extensión[2].

Las relaciones con los Pastores

Los institutos están invitados a actuar siempre en comunión con los Pastores, en particular, en el campo de la evangelización, de la catequesis, de la vida de las parroquias[3]. El Obispo, quien es el responsable de las actividades pastorales en su Diócesis, es el punto de referencia para todos los carismas y los ministerios presentes en la Iglesia particular, con respecto a los cuales tiene un deber de discernimiento y vigilancia, para salvaguardar el bien del pueblo de Dios confiado a sus cuidados.

Los Obispos tienen la obligación moral y jurídica de respetar los diferentes carismas, de promoverlos y valorizarlos en la pastoral de conjunto, de acogerlos como una gracia a beneficio de toda la Iglesia[4].

La exhortación Vita consecrata ha propuesto también algunas estructuras concretas de diálogo entre los Obispos y los institutos de vida consagrada: algunos contactos regulares con los Superiores, algunas participaciones de delegaciones de las Conferencias de los Superiores Mayores en las asambleas de las Conferencias Episcopales y, del mismo modo, algunas delegaciones de las Conferencias Episcopales presentes en las asambleas de las Conferencias de los Superiores Mayores, según modalidades que establecer; y también la constitución de comisiones mixtas de Obispos y Superiores, que examinen los problemas de interés común[5].

La constitución de estas estructuras de diálogo es importante; estas ayudan a los Obispos a comprender mejor la identidad carismática de la vida consagrada y sus exigencias, y ayudan a los Superiores a compartir las preocupaciones de las Iglesias locales[6].

Las relaciones con el clero diocesano

Muchos son los miembros de los institutos que trabajan, junto con los sacerdotes diocesanos, en los diferentes sectores de la pastoral. Es indispensable, por lo tanto, fomentar algunas iniciativas para llegar a un conocimiento y un aprecio recíprocos[7].

Precisamente para favorecer un mejor conocimiento mutuo, la exhortación Vita consecrata ha invitado a introducir algunos cursos sobre la teología y la espiritualidad de la vida consagrada, en el programa de los estudios teológicos previstos para los candidatos al sacerdocio. El mismo documento desea que, en la formación de los miembros de los institutos, se organicen también algunos cursos sobre la teología de la Iglesia particular y de la espiritualidad del clero diocesano[8].

Un mejor conocimiento de la misión propia de la vida consagrada permitiría, al clero diocesano, reconocer que los miembros de los institutos contribuyen a la evangelización, a la edificación de la Iglesia local, ante todo mediante el testimonio de su vida, en fidelidad a su identidad, y que es exactamente este testimonio el que representa el servicio de caridad más precioso que ofrecer a las Iglesias locales.

Por otra parte, el compartir las preocupaciones y los problemas de las Iglesias particulares es muy importante, para los institutos mismos y para la vitalidad de sus carismas. Allá donde hay una transmisión auténtica de los propios dones carismáticos, la vida consagrada suscita, en quienes los reciban, la capacidad de una respuesta "enriquecida". En este sentido, se puede hablar de una "circularidad carismática", según la cual el carisma vuelve, de cierta manera, allá donde ha nacido, sin repetirse simplemente, sino susceptible de desarrollos. De este modo, la vida consagrada se renueva, escuchando y leyendo los signos de los tiempos, en una fidelidad, creativa y activa, a los propios orígenes[9].

En las Iglesias de África central

Los institutos que obran en los Países de misión (pensamos especialmente en África central, de la que tenemos una mayor experiencia) están conscientes de la importancia de su presencia en las jóvenes Iglesias. Tienen conciencia del compromiso desarrollado en las escuelas, en los dispensarios, en las parroquias, en los lugares de formación y de acompañamiento de los jóvenes, de las mujeres y de asistencia a los pobres. Están conscientes de la importancia de su actividad para la missio ad gentes, sobre todo allá donde la Iglesia oficial no puede estar presente, y también de su empeño para la inculturación del Evangelio, para la liberación de las tradiciones culturales que se oponen a los valores de él.

En todo este compromiso, la vida consagrada en África debe tener cuidado de mostrar el propio rostro, y de no alimentar la equivocación, según la cual los miembros de cualquier instituto son simplemente "misioneros", sin distinción los unos de los otros, en la confusión de las diferencias y de las riquezas de las identidades específicas de cada uno.

En efecto, la práctica pastoral y el acento puesto sobre la sacramentalización, en la época de la primera evangelización, han mostrado, a menudo, un rostro clerical de la vida consagrada, que no siempre ha ayudado a las Iglesias locales a comprender lo específico de la vocación religiosa. Esto ha perjudicado sobre todo a los religiosos no clérigos y a las mujeres consagradas, reducidos a cumplir, muy a menudo, algunas tareas subalternas con respecto al presbiterado o simplemente a ejercer las funciones de mano de obra calificada, en los servicios diocesanos.

Testigos de reconciliación

Las Iglesias de África tienen necesidad de personas consagradas, que sean testigos de comunión, de verdad y de solidaridad, y no solo promotores de numerosos y preciosos servicios sociales. En ambientes sociales devastados por las luchas tribales, étnicas o de mentalidades, según las cuales la pertenencia regional, "la religión de la sangre", tienen la primacía sobre las experiencias de fraternidad y de solidaridad, hace falta una fuerte cultura de la comunión, que la vida consagrada tiene la misión de transmitir.

La reconciliación no se obtiene por medio de teorías o simples servicios; es una opción fundamental de vida que requiere una conversión cotidiana, a partir de los mismos miembros de las comunidades religiosas. No sería posible sanar las relaciones "heridas" entre los hombres, sin practicar el perdón, la búsqueda de la verdad y la preocupación por la justicia, en el seno mismo de las comunidades religiosas.

Hay una función profética, en el proceso de reconciliación y de paz, que las personas consagradas están llamadas a desarrollar, sobre todo porque, a menudo, se encuentran cerca de las víctimas de la opresión, de la discriminación, de las violencias y de los sufrimientos de todo tipo. Así, las Iglesias de África esperan mucho del testimonio de las comunidades de vida consagrada, caracterizada por diversidades raciales, regionales y étnicas.

La reconciliación y la paz son valores esenciales, donde la aportación de las personas consagradas,  llamadas a ser "expertas en comunión", puede revelarse decisiva en el seno de las jóvenes Iglesias de África; reconciliación y paz fundadas en la gracia de Dios y en las exigencias de la verdad evangélica y no en los criterios humanos, sociológicos, psicológicos.

En efecto, la comunión y la reconciliación no deben ser confundidas con acuerdos establecidos sobre la buena educación, sobre un convenio humano o intereses comunes; no hay que confundirlas con la tranquilidad de una cohabitación pacífica, que no erija la verdad evangélica como criterio fundamental en las relaciones recíprocas. Nunca son un simple producto de planos sociales o eclesiales, sino la obra de Dios en el Cristo.

Silvia Recchi

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)



[1] Cf. Vita consecrata, 48.
[2] Cf. Vita consecrata, 46.
[3] Cf. Vita consecrata, 49.
[4] Cf. Vita consecrata, 49; Caminar desde Cristo, 32.
[5] Cf. Vita consecrata, 50.
[6]
El Código de Derecho Canónico hace una recomendación preciosa, cuando establece que les compete a los Obispos diocesanos de los territorios de misión cuidar de que las relaciones recíprocas, entre Diócesis e institutos religiosos, estén reguladas por Convenios con los Superiores de estos institutos que obran en su territorio, y esto para el bien de la misión (can. 790 §1, 2). En efecto, una tal recomendación se vuelve una obligación, en el caso de parroquias confiadas a algunos institutos religiosos o a sociedades de vida apostólica (can. 520 §2), y en el caso de obras diocesanas confiadas a los institutos (can. 681 §2).
[7] Cf. Caminar desde Cristo, 32.
[8] Cf. Vita consecrata, 50.
[9] Cf. Congregación para la Educación Católica, Las personas consagradas y su misión en le escuola. Reflexiones y orientaciones, 28 de octubre de 2002, 13.



08/01/2011

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis