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Comprender el Derecho Canónico/23



EL SACERDOTE/2

 

Una persona apasionada de dios y del hombre



En preparación al Año Sacerdotal (19 de junio de 2009-19 de junio de 2010) Benedicto XVI ha propuesto a Arcangelo Tadini como modelo de sacerdote y, el 26 de abril pasado, lo haArcangelo Tadini proclamado santo. Tadini, ha notado el Papa durante la homilía, es un "santo sacerdote, santo párroco", como el santo Curato de Ars, que, "teniendo siempre en cuenta en su ministerio pastoral a la persona humana en su totalidad, ayudaba a sus parroquianos a crecer humana y espiritualmente"[1].

El lema de este nuevo santo, vivido a caballo entre el 1800 y el 1900, en la cumbre de las contradicciones socio-económicas del desarrollo industrial, era: "Los amantes apasionados de Dios se vuelven necesariamente amantes apasionados de la humanidad".

Hombre decidido y de ideas claras, que, en sus homilías, no dejaba de proclamar la verdad del Evangelio, Tadini fue también sensible a las dificultades de la gente humilde, a las fatigas del mundo obrero y preocupado de su evangelización. Un sacerdote, pues, que supo conjugar el mensaje del Evangelio con la concreción del mundo obrero, con aquel espíritu profético que lo hace nuestro contemporáneo, como subraya el Santo Padre.

Lo que caracteriza a Tadini es el hecho de que nunca dejó en segundo plano su identidad sacerdotal, para ocuparse de las miserias del hombre de su tiempo. En efecto, no predicó una ilusoria llegada del reino de Dios en la tierra, sino la Cruz de Dios, que es la única capaz de contestar a las preguntas que viven en el corazón de los hombres, a los que él supo interrogar agudamente: "¿Ustedes no quieren la Cruz? Y he aquí: en las familias hay la ruina; el padre en contraste con la esposa; la esposa que obstaculiza al marido; los hijos que se comportan según sus antojos; en los pueblos la anarquía, la revolución; sin enemigos, se está en continua guerra; en la abundancia, falta todo; en la prosperidad, todos se quejan; hay todas las comodidades y nadie está contento; las fiestas acaban en peleas; las diversiones en heridas...; cuando todo anda bien, se va gritando: ‘Se estaba mejor cuando se estaba peor'". (Homilía sobre La santa Cruz).

De dónde tomó este hombre la fuerza y el amor por el hombre; de dónde sacó su previsión y su coraje lo ha explicado el Pontífice en la homilía de canonización: "Pasaba largas horas en oración ante la Eucaristía san Arcángel Tadini. ... Él nos recuerda que sólo cultivando una constante y profunda relación con el Señor, especialmente en el sacramento de la Eucaristía, podemos ser capaces de llevar después el fermento del Evangelio a las diversas actividades laborales y a todos los ámbitos de nuestra sociedad".

Tadini decía, en efecto: "¿Saben encontrar ustedes dónde Dios se esconde en la tierra más que en la Eucaristía? En ningún lugar está tan escondido como en la Eucaristía. Porque, en otro lugar es un Dios que impone la ley, aquí es un Padre que desahoga su amor; en otro lugar quiere formar creyentes, aquí está sentado para tener amantes" (Homilía sobre La Eucaristía). En estas palabras se revela como el hombre que, en la ruleta de la vida, tiene la audacia de apostarlo todo por la Eucaristía, por la relación con el Cristo.

Haciendo eco a las palabras de este nuevo santo, empujado por su misma pasión, observa el Santo Padre en la misma homilía del 26 de abril pasado: "¿Qué sería nuestra vida de cristianos sin la Eucaristía?".

Preguntas de fondo

Quien maneja el Código de Derecho Canónigo se interroga si una colección de leyes como nuestro Código hable exactamente de este tipo de sacerdote.

El Código dice claramente que "las funciones de enseñar, santificar y regir" son propias del ministro sagrado (can. 1008). Esto vale para el Romano Pontífice, "Pastor de la Iglesia universal en la tierra" (can. 331), para los Obispos que son constituidos "Pastores en la Iglesia" (can. 375 §1) con el encargo de santificar, enseñar y regir (can. 375 §2), y también para el párroco. Las mismas funciones competen a él, en colaboración con otros presbíteros, en cuanto él es "pastor propio" de una comunidad parroquial, en la que desarrolla la tarea de "enseñar, santificar y regir" (can. 519).

Una vocación tan comprometedora, por consiguiente, pone frente a exigencias igualmente gravosas, que llevan al sacerdote a conducir una vida coherente con el Evangelio, exigen de él una conducta santa.

Por esto, Benedicto XVI pone en guardia del subvalorar las exigencias de la santidad y del amor, como ha hecho durante la Misa Crismal de este año, dirigiéndose a los sacerdotes deBenedicto XVI todo el mundo: "Estar inmersos en la verdad y, así, en la santidad de Dios, también significa para nosotros aceptar el carácter exigente de la verdad; contraponerse tanto en las cosas grandes como en las pequeñas a la mentira que hay en el mundo en tantas formas diferentes; aceptar la fatiga de la verdad, para que su alegría más profunda esté presente en nosotros. ... El amor verdadero no cuesta poco, puede ser también muy exigente"[2].

El Papa no deja de confirmar a los cofrades combativos en el frente del sacerdocio, ni de reavivar el fuego escondido de otros, postrados por derrotas personales, y hace a todos preguntas de fondo: "¿Estamos realmente impregnados de la palabra de Dios? ... ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra, hasta el punto que caracterice realmente nuestra vida y forme nuestro pensamiento? ... ¿Acaso no son, muy a menudo, las opiniones predominantes los criterios según los cuales nos medimos? ¿Acaso no permanecemos, a fin de cuentas, en la superficialidad de todo lo que frecuentemente se impone al hombre de hoy?"[3].

Preguntas inquietantes que ponen al sacerdote y a cada fiel frente a su conciencia y exigen respuestas.

En un encuentro con los miembros de la Congregación para el Clero, el Pontífice ya da una respuesta, subrayando que el ministerio sacerdotal puede ser desarrollado solo si se tiene la conciencia de que "nadie anuncia o se lleva a sí mismo, sino que, dentro y a través de su propia humanidad, todo sacerdote debe ser muy consciente de que lleva a Otro, a Dios mismo, al mundo. Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote". Tal misión del sacerdote, continúa el Papa, deriva "esencialmente de la intimidad divina, de la cual el sacerdote está llamado a ser experto, para poder llevar, con humildad y confianza, las almas a él confiadas al mismo encuentro con el Señor"[4].

 

Maria Cristina Forconi




[1] Benedicto XVI, Misa de canonización de los beatos (26 de abril de 2009), en www.vatican.va
[2] Benedicto XVI, Solemne misa crismal (9 de abril de 2009), en www.vatican.va
[3] Benedicto XVI, Solemne misa crismal..., en www.vatican.va
[4] Benedicto XVI, A los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero (16 de marzo de 2009), en www.vatican.va


19/06/09

 

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis