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Comprender el Derecho Canónico/44

 

LAS ORACIONES PARA OBTENER LA CURACIÓN


Anotaciones doctrinales y litúrgicas

 


 La enfermedad se percibe, en el curso de la existencia humana, como una experiencia de crisis de la plenitud de la vida; frecuentemente, remite a interrogantes fundamentales sobre el sentido de la vida y de la muerte. Para el creyente, es un desafío que interpela sus convicciones más profundas.

La experiencia de la enfermedad suscita, fácilmente, entre los fieles, una actitud de oración para implorar la recuperación de la salud. El deseo de la curación es legítimo y laudable, cuando conduce a una actitud de confianza en Dios, cuya voluntad se acepta. La Iglesia misma, en su liturgia, pide al Señor la salud de los enfermos.

La oración tiene que concernir a todos los aspectos de la vida del creyente y, por tanto, de modo particular, al estado de enfermedad, que se transforma en un momento privilegiado para vivir la fe.

Un discernimiento necesario

Por lo que se refiere a la relación entre oración y enfermedad, hoy se asiste a un florecimiento de oraciones para obtener la curación, propuestas con un énfasis particular por el Movimiento Carismático. Estas oraciones atañen, al mismo tiempo, a la esfera física, psíquica y espiritual.

 Indudablemente, la recuperación de cierta dimensión "terapéutica" de la fe tiene que ser vista como un factor positivo, en la experiencia de los fieles, en una visión unitaria de cuerpo y espíritu.

Las oraciones para implorar la curación de los enfermos siempre han estado presentes en la vida de la Iglesia; en cambio, lo que parece ser un fenómeno nuevo es la proliferación de tales encuentros de oración, frecuentemente asociados a celebraciones litúrgicas.

Las sesiones de oración para conseguir la curación se han transformado en una práctica común, con un uso no siempre iluminado de los así llamados "poderes de curación". A veces, se asiste no a una sana recuperación de la dimensión de totalidad de la fe, sino a una verdadera caída en lo taumatúrgico, a la búsqueda de lo milagroso y lo sensacional, con una consecuente confusión entre "salvación" y "salud".

Esto se hace particularmente evidente cuando en estas asambleas de oración, antes que preocuparse por crear una cultura espiritual, se recurre a técnicas que se alimentan de emociones, de dependencia de líderes carismáticos con pretendidos carismas de curación, exigiendo una inmediatez de la presencia divina, que tendría que obedecer, inmediatamente, a una imposición de la oración[1].

El Magisterio de la Iglesia recomienda tener cautela y discernimiento, con respecto a estas manifestaciones. Este es tanto más necesario en contextos sociales, como los de las Iglesias en África, donde la cultura dominante, esencialmente mágico-religiosa, hace fácilmente percibir la enfermedad como una agresión o una posesión de fuerzas del mal, como obra de brujería, como resultado de una violación de los tabúes o todavía como un castigo divino a causa de la falta de respeto de normas rituales; esta, por consiguiente, es "sanada" por medio de prácticas de exorcismo, acciones penitenciales y varios otros ritos.

La enfermedad a la luz de la fe

Además del problema de un discernimiento litúrgico que tales encuentros de oración requieren, otras preocupaciones han justificado la publicación, sobre el tema, de una Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe[2].

 Con esta, la Congregación quiere ofrecer un cuadro doctrinalmente correcto, y algunas normas disciplinarias, para ayudar a la autoridad eclesiástica a administrar bien a las asambleas de los fieles, con respecto a esto.

La Instrucción, ante todo, explica el significado de la enfermedad y de la curación en la economía de salvación, en el Antiguo y Nuevo Testamento.

En la vida pública de Jesús, las curaciones milagrosas, que han caracterizado su obra de evangelización, son los signos de su misión mesiánica, y de la victoria del Reino de Dios sobre toda clase de mal. Son el símbolo de la curación del hombre en su totalidad, y demuestran que Jesús tiene el poder de sanar del mal y perdonar los pecados, signos de la salvación que ha venido a traer.

La victoria de Cristo sobre la enfermedad y el mal no se realiza solo a través de curaciones milagrosas, sino también mediante el sufrimiento inocente, libremente asumido en su pasión. Realizando la redención por medio del sufrimiento, Cristo ha elevado, al mismo tiempo, el sufrimiento humano hasta atribuirle un valor de redención. Así, cada hombre, en su sufrimiento, puede participar de la acción redentora de Cristo[3].

Libertad del Espíritu y compromiso del hombre

Luego, la Instrucción se pone a considerar el carisma de curación en la Tradición, a través de los escritos de los Padres de la Iglesia, y en el contexto eclesial actual[4].

 El carisma de curación, como cada carisma, es concedido en la libertad del Espíritu, y no puede ser reivindicado por una clase determinada o por un grupo particular de fieles. Por tanto, sería arbitrario atribuir, en los encuentros de oración organizados para pedir la curación, un carisma de curación a una cualquier categoría de participantes, como, por ejemplo, a los directivos del grupo; es necesario, pues, añadir ─recuerda la Instrucción─ que también las oraciones más intensas no obtienen automáticamente la curación de cada enfermedad.

En el texto de la Instrucción, está un pasaje importante, con referencia a esto. El recurrir al rezo no excluye, sino que anima el uso de los medios naturales, útiles para la conservación y la recuperación de la salud[5]: los fieles están exhortados a luchar con todas sus fuerzas y a vencer la enfermedad con los medios "ordinarios".

Las oraciones de curación no pueden ser un atajo, que evita el recurrir a las posibilidades ofrecidas por la ciencia y los conocimientos humanos, para traer alivio a los enfermos, y tampoco el rechazo del esfuerzo humano para encontrar soluciones. La oración no es nunca un modo para evitar la fatiga, el empeño, la responsabilidad propia del hombre; es una intercesión que recurre a los "medios de Dios", con el abandono a su voluntad, después de agotar todas las posibilidades que están al alcance del hombre, de su inteligencia y de su conocimiento.

En efecto, significaría ofender a Dios, quien ha creado al hombre dotado de libertad, inteligencia y voluntad, si la oración simplemente tuviera que tomar el lugar de una aspirina, y las bendiciones y las unciones, el de los varios medicamentos.

Esta visión es importante, para no deslizar del campo de la fe cristiana al reino de la magia, y para no olvidar que el verdadero problema, para los fieles, no es el de ser curados o de recibir alivio, sino de configurarse a Cristo.

La liturgia de la Iglesia

La Iglesia pide al Señor, en su liturgia, la salud de los enfermos; tiene un sacramento, la Unción de los enfermos, para reanimar particularmente a quienes estén afligidos por la enfermedad. El Misal Romano prevé una Misa pro infirmis, para que Cristo los socorra. Sin olvidar los textos de las oraciones que imploran la curación de los enfermos, contenidas en el De benedictionibus del Ritual Romano.

 Por lo que se refiere a las celebraciones litúrgicas, estas son legítimas si se realizan en conformidad con las normas establecidas; de otra manera, no tienen ninguna legitimidad eclesial. No hay autorización, por ejemplo, para poner en primer plano el deseo de curación de los enfermos durante la exposición del Santísimo Sacramento, haciendo perder a este último su centralidad y finalidad[6]. A excepción de las ceremonias para los enfermos previstas en los libros litúrgicos, las oraciones de curación no tendrían que estar incluidas en las celebraciones eucarísticas y de los sacramentos, ni en la Liturgia de las Horas[7].

Cada celebración litúrgica de las oraciones de curación debe estar explícitamente autorizada por la autoridad competente. En cambio, las oraciones de curación organizadas en un contexto no litúrgico tienen que desarrollarse con modalidades diferentes de las celebraciones litúrgicas, como simples encuentros de oración o de lectura de la Palabra de Dios; la vigilancia del Ordinario del lugar es siempre necesaria, sobre todo para evitar formas de histerismo, de artificiosidad, de teatralidad o de sensacionalismo[8].

Por lo que refiere al ministerio del exorcismo, este tiene que ser ejercido siempre fuera de oraciones para la curación, litúrgicas y no litúrgicas, y en el respeto de las normas canónicas.

Conclusión

Con la intervención de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la Iglesia ha querido recordar las justas orientaciones doctrinales, litúrgicas y disciplinares, para prevenir los abusos, que se han vuelto frecuentes, en un campo delicado como el de la enfermedad.

 Esta intervención ayuda a los fieles a no olvidar que, también en una situación de enfermedad, la llamada de Dios que nos ha llegado por medio de Jesucristo, es siempre un llamamiento a la vida, en todas sus circunstancias.

Frente a la enfermedad y al sufrimiento, el creyente no debe renunciar a la lucha, a resistir con todos sus recursos a la enfermedad. Tiene que reaccionar también contra toda tentación de actitudes "heroicas" de resignación, de revuelta y desesperación, que son todas, en el fondo, formas de huida, para evitar un enfrentamiento auténticamente cristiano con el estado de enfermedad.

Tendrá que comprometerse siempre en una lucha de paciencia y perseverancia, confiando en el Señor de la vida.

Silvia Recchi

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)







[1] Cf. E. Bianchi, Preghiera, en Dizionario di Teologia Pastorale Sanitaria (a cura di G. Cina, E. Locci, C. Rocchetta, L. Sandrin), Ed. Camilliane, Torino 1997, 934-935.
[2] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre las oraciones para obtener de Dios la curación, 14 de septiembre de 2000.
[3] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre las oraciones..., I, 1.
[4] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre las oraciones ..., I, 3, 4.
[5] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre las oraciones ..., I, 2.
[6] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre las oraciones ..., I, 5.
[7] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre las oraciones ..., II, art. 7 § 1.
[8] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre las oraciones ..., II, art. 5 § 3.



15/10/2011
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis