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Comprender el Derecho Canónico/49

 

EL DINERO DE LA IGLESIA/1


La adquisición de los bienes en la sociedad eclesial

 

Si consideramos la realidad de las Iglesias en África, después de más de un siglo de evangelización, nos  damos cuenta de que uno de los problemas mayores con que están confrontadas permanece el de su dependencia financiera y material de las Iglesias y de los organismos del Occidente. Emerge fácilmente la paradoja de Iglesias muy vivas, en un plano pastoral, pero en situación de fuerte dependencia económica, lo cual no puede no tener influencia en la misma dimensión espiritual de esas Iglesias.

Según el episcopado africano, esta dependencia económica no es solo el síntoma de situaciones objetivas de pobreza, propias de los contextos sociales africanos, sino también un índice de una participación débil del pueblo de Dios a la subsistencia de la Iglesia.

Una joven Iglesia no alcanza "la edad adulta", si no llega a una autonomía con referencia a personas, acciones, estructuras, medios materiales y financieros sustanciales.

Pero, ¿cómo la Iglesia adquiere los propios bienes temporales, los medios de los que tiene necesidad para realizar la propia misión?[1]

Derecho a la propiedad en función de los fines

Tal misión, según la voluntad del Señor, es estrechamente religiosa y no política, económica o social; por esto, los bienes temporales de la Iglesia se justifican en base a la necesidad de disponer de recursos materiales, para la consecución de los fines propios a ella.

La Iglesia reivindica el derecho nativo de adquirir, retener, administrar y enajenar bienes temporales[2], independientemente del poder civil, con respecto al cual goza de una plena autonomía. La expresión "derecho nativo" significa que este derecho pertenece a la Iglesia por su naturaleza, no es un don del Estado; este último debe solo tomar acto de esto, en su sistema jurídico.

 Tal derecho se funda precisamente en los fines con respecto a la misión eclesial; en efecto, existe una relación esencial entre el derecho de adquirir y utilizar los bienes materiales y los fines a los cuales estos tienen que estar destinados.

La necesidad de disponer de bienes, con todas las implicaciones que derivan de su adquisición y su administración, no tiene que oscurecer nunca la visión espiritual y el mandato del Señor, a los que están finalizados. Se trata de conseguir siempre los objetivos eclesiales y sobrenaturales propios de la Iglesia; la subordinación de los medios económicos a estos objetivos es de importancia fundamental, si no se quiere entrar en contradicción con los valores evangélicos.

Los fines concretos que justifican la existencia de los bienes eclesiásticos[3] se encuentran evocados, de manera aproximada, en el can. 1254 §2, según el cual la Iglesia está moralmente obligada a poner sus recursos al servicio del culto divino, de la subsistencia de los ministros, de la realización de las obras de apostolado y de caridad, en particular a favor de los pobres.

Estos objetivos explican el origen y la formación del patrimonio de la Iglesia. En los primeros siglos, la ayuda a los pobres era considerada prioritaria: ellos eran los verdaderos propietarios de los bienes de la Iglesia. Por largo tiempo, en efecto, la Iglesia ha permanecido la única instancia que garantizaba una ayuda organizada a los pobres; ella reivindica hoy todavía el derecho de ejercer la caridad a favor de los necesitados, mostrando, de esta manera, que la caridad es el alma misma de su dimensión sobrenatural.

Los pastores, por lo tanto, no deben ser considerados como los "propietarios" de los bienes eclesiásticos, sino solo como los administradores de ellos.

La responsabilidad de los fieles

El Código de Derecho Canónico establece un principio general cuando afirma: "La Iglesia puede adquirir bienes temporales por todos los modos justos, de derecho natural o positivo, que estén permitidos a otros" (can. 1259). La Iglesia tiene el derecho de adquirir los propios medios materiales y financieros mediante toda manera legítima y conforme a su naturaleza.

Este derecho se halla afirmado ante todo ad extra, esto es, con respecto al poder civil, e igualmente ad intra, con respecto a los propios fieles (cf. can. 1260).

Los fieles tienen libertad para donar bienes a la Iglesia, y la sociedad civil no puede poner obstáculos a esto. Ellos tienen, al mismo tiempo, el deber de subvencionar a la Iglesia, a fin de que pueda cumplir eficazmente su misión. Este deber, del cual el Código habla explícitamente en el can. 222 § 1, nace de la corresponsabilidad de todos los fieles, que la eclesiología conciliar ha puesto particularmente en evidencia, con respecto a la misión eclesial[4]. El Código exhorta a los Obispos a señalar a los fieles esta obligación.

Para su financiación, la Iglesia no actúa como la sociedad civil a través de un sistema tributario y de sanciones penales, sino principalmente mediante un llamamiento a la responsabilidad de sus miembros, invitándolos a dar generosamente para subvenir a sus necesidades, especialmente en lo que se refiere al culto divino, a las obras de apostolado y de caridad y a la subsistencia del clero.

El sistema de financiación de la Iglesia

No existen normas canónicas que impongan impuestos a nivel de la Iglesia universal; un solo canon del Código habla de "tributo" a nivel diocesano, en ciertas condiciones. Los impuestos existen solo en el caso de servicios libremente solicitados por los fieles.

 La financiación de la Iglesia se realiza, por lo tanto, de manera determinante, a través de un sistema de ofrendas de los fieles, dadas libremente o solicitadas por un fin específico. El derecho prevé una organización para la promoción de ellas, en particular a nivel diocesano.

El Obispo está obligado a presentar las urgencias financieras de la Iglesia, en conformidad con las disposiciones de las Conferencias Episcopales en tal materia. En efecto, el Código exige que los Obispos de un determinado territorio trabajen juntos, para establecer las orientaciones pastorales comunes, en materia financiera.

En varios casos, las Conferencias Episcopales han establecido algunas indicaciones generales, para facilitar la cooperación de los fieles en la financiación de la Iglesia, dejando a cada Obispo la tarea de concretizarlas; en otras circunstancias, en cambio, han emanado normas detalladas, según las competencias que el Código reserva a ellos.

Como veremos, la financiación de la Iglesia se realiza, por una parte, a través de las ofrendas de los fieles, espontáneas o bajo forma de cuestaciones y de ofrendas hechas con ocasión de la celebración de sacramentos; por la otra, a través de módicos impuestos, ordinarios o extraordinarios, y tasas, que se aplican con ocasión de actos administrativos.

Además, a los fieles se les reconoce un espacio de iniciativa personal, para subvenir a las necesidades de la Iglesia.

Silvia Recchi

(Continúa)

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 



[1] Cf. En toda la materia, J.-C. Perisset, Les biens temporels de l’Église, (Le nouveau droit ecclésial), Éd. Tardy, Paris 1996.

[2] Son los cuatro verbos, utilizados en el can. 1254 § 1, que detallan acciones patrimoniales distintas, es decir, con relación a la adquisición de bienes, a su conservación, a su administración y a su pérdida. Cada una de estas diferentes situaciones supone normas y procedimientos canónicos determinados.

[3] La expresión "bienes eclesiásticos” tiene un significado técnico preciso, en el derecho canónico; en efecto, se trata de los bienes poseídos por sujetos determinados, por medio de los cuales la Iglesia realiza la propia misión, y sobre los cuales ejerce un derecho de dirección y de control. Estos bienes están sometidos a la normativa del Libro V del Código; pertenecen a personas jurídicas públicas, quienes participan en conseguir los fines institucionales de la Iglesia (es el caso, por ejemplo, de una parroquia, de una Diócesis, de un instituto religioso, de una asociación pública de fieles, etc.); cf. V. De Paolis, Los bienes temporales de la Iglesia, (El Código del Vaticano II), Ed. Dehoniane, Bologna 1996, 87-88.

[4] Cf. L. Navarro, L’acquisto dei beni temporali. Il finanziamento della Chiesa (cann. 1259-1272), en J. Miñabares-P. Erdö-L. Navarro y otros, I beni temporali della Chiesa, (Studi giuridici 50), Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1999, 46-47.


24/06/2012

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis