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Comprender el Derecho Canónico/6
 


EL MATRIMONIO/2 

La unidad en la diferencia entre el hombre y la mujer

 


En la contribución anterior hemos comentado muchos cánones del Código de derecho canónico actual concernientes el matrimonio religioso, señalando también algunos elementos de la antropología teológica a la que se refieren. En este comentario retomamos al argumento, partiendo de lo que recita el canon 1055 § 1, y nos detendremos sobre aspectos esenciales para poder delinear la visión que la Iglesia tiene de las personas que se empeñan en el vínculo del matrimonio.

 Este canon dice que el pacto estipulado por un hombre y una mujer bautizados, para construir una comunidad para toda la vida, es, para la Iglesia, sacramento. Es, en efecto, símbolo de la unión de amor que une Cristo a la Iglesia, y por su intermedio, a toda la humanidad. Esta imagen del matrimonio es de fundamental importancia, porque pone en evidencia la relación estrecha que existe entre Cristo y lo concreto de cada hombre, en su conjunto de alma y cuerpo. Como explicó San Agustín, con un lenguaje sugestivo, el Hijo de Dios ha encontrado en el cuerpo de la Virgen María el lugar favorable para la conjunción de su divinidad con nuestra corporeidad, para el encuentro entre el Verbo esposo y la carne esposa. Se ha formado así el Cristo total, Dios y hombre, jefe y cuerpo (1). Desde este momento en adelante, Dios ya no es el dios lejano del hiperuranio, que no tiene manos para tocar, no tiene boca para hablar, sino El que se ha lanzado con todo su ser, incluyendo su fisicidad, en la historia de los hombres, para transformarla desde su interior.

La presencia del sacramento del matrimonio en la Iglesia es para ella, de alguna manera, la llamada a no vivir la fe en un modo desencarnado, lejos del hombre concreto, sino a ocuparse de los hechos humanos, de la realidad del hombre, de sus gozos y esperanzas, de las tristezas y angustias, y a ser en el pueblo el signo de su pacto con Cristo, pacto que transciende el momento presente en un proyecto más grande de amor y esperanza en un mundo futuro. A partir de estas consideraciones se vuelve cada vez más claro cómo el papel del matrimonio en la Iglesia no esté confinado a la vida privada, sino que necesita visibilidad, para contribuir a la construcción de la Iglesia y de la humanidad.

Además, es importante detenerse sobre otro aspecto de la antropología teológica del matrimonio que hunde sus raíces en el misterio trinitario al que nos llama el primer libro de la Biblia, el Génesis, en sus primeras páginas. En su relato sobre la creación del ser humano, constituido desde sus orígenes como pareja hombre-mujer, se revela el sentido nupcial del cuerpo. De manera específica es la sexualidad como categoría nupcial, que refleja la sociabilidad del hombre: el hombre no ha sido creado para estar solo, sino para estar en relación con otra persona (2). El matrimonio, en el cual se vive de manera privilegiada la expresión de la diferencia, localizada en la distinción sexual del hombre y la mujer, es el lugar de comunión interpersonal. Las relaciones que se entretejen dentro de la pareja recomponen la imagen de Dios que es Trinidad, encuentro de personas, diálogo, distinción que tiende a construir una unidad (3).

En esta visión se indica la distinción de las personas, a partir de la diferencia sexual que es el fundamento de esa unión, expresada en dos formas diferentes, como hombre y como mujer; una diferencia que caracteriza todo el ser humano. De tal distinción se parte para construir una relación de reciprocidad entre ambos y de fecundidad, don que brota del amor que los une (4). En este cuadro sintéticamente delineado, se puede localizar la categoría de comunión de personas diferentes en la complementariedad de los papeles, en la que, evidentemente, no está contemplada ninguna forma de homologación e indiferenziación sexual. La unión homosexual está, por esto, completamente excluida del pacto matrimonial. No se puede, en efecto, hablar de unión en la diferencia entre quien, por razones diferentes, no es capaz de vivirla, en casos particulares por "tendencias homosexuales instintivas" (5), y, en otros, a causa de un narcisismo que ha inspirado una filosofía y unos estilos de vida propios de nuestra época.

 Según la visión antropológica cristiana, la unión matrimonial está, pues, basada en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer (6). Tiene un dinamismo propio interno que se expande e implica otros miembros y no puede ser una realidad encerrada en si misma. De ella nace la familia, definida por el Concilio Vaticano II "Iglesia doméstica", "célula primera y vital" del tejido civil, "escuela del más rico humanismo" (7). Ella, "fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas: del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de personas" (8). El Magisterio evidencia fundamentalmente, como el matrimonio sea un llamado a la centralidad de las relaciones personales, válido para la Iglesia y la sociedad, donde a menudo, en cambio, se persigue la eficiencia y prevalece el "hacer" sobre el "ser", en detrimento del aspecto humano de las relaciones y su referencia trascendente.

En conclusión, en el actual Código de derecho canónico, se ha querido establecer una norma que regulara este pacto sui generis entre un hombre y una mujer, teniendo presente que es el modo usual de vida de los hombres y para el cristiano el camino común para poder alcanzar la santidad, así como lo expresó Juan Pablo II en la beatificación de la primera pareja de esposos: "Han vivido una vida ordinaria de manera extraordinaria" (9).



Maria Cristina Forconi


______________

(1)Cf. Agustín, In epistolam Joannis ad Parthos, I, 2, PL, 35, 1977-1997.
(2)Cf. Giovanni Paolo II, Udienza generale (16 gennaio 1980), en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, III/1, Libreria Editrice Vaticana 1980, 148. Hace parte del ciclo de las catequesis del miércoles que el Pontífice ha dedicado al matrimonio.
(3) Cf. E. Grasso, La Religión del Cuerpo. Reflexión sobre la visión cristiana de la sexualidad, Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 14), San Lorenzo 2006, 13.
(4) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2332-2335.
(5) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2357-2358; Congregazione per la Dottrina della Fede, Persona Humana (29 dicembre 1975), 8; Congregazione per l'Educazione Cattolica, Orientamenti educativi sull'amore umano (1 dicembre 1983), 101-104.
(6) Cf. Familiaris consortio, 19.
(7) Cf. Lumen gentium, 11; Apostolicam actuositatem, 11; Gaudium et spes, 52.
(8) Familiaris consortio, 18.
(9) Giovanni Paolo II, Omelia per il rito di beatificazione dei coniugi Luigi Beltrame Quattrocchi e Maria Corsini (21 ottobre 2001), en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, XXIV/2, Libreria Editrice Vaticana 2003, 587.
 



10/09/07

 

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