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Entrevistas/10 

 


EL MONAQUISMO, ALMA DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA


Entrevista a Mons.
Giovanni Paolo Gibertini,

Obispo Emérito de Reggio Emilia-Guastalla (Italia)


*  Excelencia, usted es monje benedictino y Obispo. Por muchos años, ha guiado a la Iglesia de Reggio Emilia-Guastalla. ¿Cómo ha sabido conciliar estos dos aspectos particulares de su vida? Y ¿qué efectos positivos cree que ha dado su ser monje a la vida de la Iglesia, a la que ha conducido como Pastor?

Los dos aspectos, interioridad y vida pastoral, son tratados de manera espléndida en el documento conciliar Perfectae caritatis.

El documento nos recuerda que, en la Iglesia, hay muchísimos institutos dedicados a las diversas obras de apostolado, que tienen diferentes dones según la gracia que les ha sido dada: el que tiene el don del ministerio, el que enseña, el que exhorta, el queMons. Giovanni Paolo Gibertini distribuye con liberalidad, el que hace obras de misericordia con gozo (cf. Rom 12, 5-8) (cf. Perfectae caritatis, 8).

Estos institutos tienen el derecho de existir, por el hecho de que Jesucristo ha enviado al mundo sus discípulos con estas palabras: "Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes" (Mt 28, 19-20). Por eso, continúa el documento, toda la vida religiosa de los miembros tiene que estar compenetrada por el espíritu apostólico (cf. Perfectae caritatis, 9), es decir, por el espíritu de donación a los demás, de sacrificio por los demás, para que los religiosos correspondan, en primer lugar, a su vocación que los llama a seguir a Cristo, y sirvan a Cristo en sus miembros. La Iglesia está llamada a evangelizar.

Hay que tener presente, sin embargo, que, como se lee en el Evangelio de Marcos, cuando Jesús eligió a los Doce, quiso que, ante todo, estuviesen con Él y luego fuesen a predicar (cf. Mc 3, 14). "Estar con Él": he aquí la primacía para cada vocación, sea esta misionera o monástica.

La vida contemplativa puede ser vivida también a solas, en la soledad, en el silencio, en la oración, etc. La vida monástica, sin embargo, sobre todo en el pensamiento de san Benito, tiene también otra característica muy importante, la de la vida en común. Yo soy benedictino; he respirado aire monástico desde mi adolescencia: una vida de oración, con las liturgias celebradas de manera magnífica; una vida fraternal alrededor del Abad, que representa a Jesucristo, y luego realizada en la comunión.

La vida monástica benedictina ha tenido momentos espléndidos alrededor de 1000, 1200, 1300. Nuestro monasterio de Parma ha sido fundado en el año 800 y ha celebrado, en el siglo pasado, sus mil años de vida. El papa Benedicto XVI, quien ama mucho la vida monástica, ha recorrido la historia de aquel período de oro, de los cuatro abades famosos de Cluny, de san Bernardo y los Cistercienses y, después, de los Oliventinos, experiencias monásticas surgidas más o menos en aquel período.

¿Por qué esto? Porque nosotros siempre tenemos necesidad del encuentro con lo Absoluto, con lo sobrenatural, con el Señor. El hombre es feliz cuando su corazón está satisfecho. Y el corazón del hombre no se halla satisfecho cuando está dirigido hacia las cosas de este mundo. Somos hechos para Dios. Por Él hemos sido creados y a Él somos destinados.

Este llamamiento, de manera eminente, lo hace la vida monástica.

Sucesivamente, he sido sacado del monasterio; yo no pensaba en esto. He sido consagrado Obispo y enviado a Cerdeña. Varias veces, el cardenal Martini ha afirmado que, de vez en cuando, es oportuno que un monje se vuelva Obispo, como llamada a la interioridad, contra el peligro de la continua dispersión, de la excesiva actividad, que quita el respiro a la intimidad con Dios.

El Papa vuelve muy a menudo sobre este concepto. En la Misa crismal de este año, hablando con los sacerdotes, ha dicho que es necesario sobre todo nutrir a sí mismos, porque uno da a medida de lo que ha recibido. La gente que escucha al sacerdote, en efecto, se da cuenta de si es un sacerdote que vive en la presencia de Dios o si es simplemente un profesor o un organizador de obras asistenciales.

De mi parte, en mi ministerio episcopal, he buscado dar la primacía a la oración, a la unión con Dios.

Por esto, he querido que en la catedral de Reggio Emilia, en los momentos litúrgicos fuertes, todos los sacerdotes de la ciudad, y también los seminaristas, rezasen y cantasen juntos las Vísperas del domingo, que terminaban con la bendición eucarística. Un signo de fraternidad y de oración en común, que diese luego vigor e impulso a todas las actividades pastorales de la semana.

Una Iglesia que fuese solo una Iglesia evangelizadora, dedicada solo a las actividades, no sería la Iglesia de Cristo, no sería la Iglesia del Pentecostés.

Tanto el monje como el cristiano o el misionero tienen que ser hombres de oración. No solamente la litúrgica y comunitaria, sino también la personal, de intimidad con el Señor. Un maestro de vida interior, que ha dado un impulso grande a la vida monástica, ha sido Dom Columba Marmión, que el Papa cita frecuentemente. Con sus obras, Cristo vida del alma y Cristo ideal del monje, desarrolla muy bien el cristocentrismo expresado en la Regla de san Benito: todo está orientado hacia Cristo. No se debe anteponer nada, en efecto, al amor a Cristo: es por amor a Cristo por lo que se es pobres; es por amor a Cristo por lo que se obedece al Abad, en el cual vemos precisamente a Jesucristo; es por amor a Jesús por lo que se vive junto con los demás en el cenobio, por lo que se vive la caridad, la humildad, la paciencia; es por amor a Cristo por lo que se cura al hermano enfermo, en el cual vemos precisamente a Jesús mismo.

El monaquismo benedictino no está cerrado en sí mismo. Hay también el trabajo pastoral, pero este se hace como servicio, porque, luego, el deseo del monje es el de volver al monasterio, donde encuentra a Dios más íntimamente y donde siempre lo busca.

Como monje y Obispo, he debido conciliar los dos aspectos de la vida religiosa y de la pastoral. También durante mi ministerio de Obispo, siempre me he reservado una media jornada por semana, para estar en el monasterio o ir a un instituto religioso, al fin de retomar fuerza, porque yo he escogido ser monje y, luego, he aceptado la propuesta de otros de ser Obispo. Y cuando el Papa ha aceptado mí dimisión y me he vuelto Obispo Emérito de Reggio Emilia-Guastalla, habría podido elegir ir a cualquier estructura, también cerca de la ciudad, que me permitiese ejercer los encargos ligados a mi nueva función. Pero, he escogido volver a nuestro monasterio de Parma, donde he sido también Abad por varios años, precisamente porque mi vida está aquí, en la oración y en la vida de comunidad, según la regla benedictina.

*  ¿Qué aspecto es importante subrayar hoy en el vínculo entre "monaquismo" y "misión"?

Hoy hay una grave enfermedad difundida un poco por todas partes, que es la de la ausencia de Dios. Se prescinde de Dios. El sacerdote, como cada cristiano que actúa en la misión, debe tratar de volver a llamar a la gente a esta presencia esencial en la vida del hombre, para hacer sentir cercano al Dios a quien celebramos en el Credo.

El sacerdote tiene que hacer presente, en su vida, que la primacía pertenece a Dios. Amar a Dios por encima de todo; luego llega el amor al prójimo. No se pueden invertir los dos términos.

¿De qué modo se puede hacer esto? Manteniendo la oración, el contacto con Dios. El monaquismo recuerda esta primacía. La presencia de los monjes es vital en la Iglesia. A pesar de que no hacen apostolado directo, son el alma de la evangelización. El misionero que actúa y está absorbido por tantos problemas, tiene necesidad también él de retirarse, como hacen los monjes, para estar con Dios, en su presencia, en un coloquio personal, que da vida a todo lo que hace, y lo renueva.

Por lo demás, querido Sandro, me acuerdo bien que me escribiste enseguida, después de tu ordenación sacerdotal en Camerún, diciéndome que habías hecho el retiro de preparación exactamente en un monasterio de monjas cistercienses.Mons. Gibertini con el cardenal Camillo Riuni

El monje, aunque toda su vida está en la contemplación, no puede olvidar a los hermanos que están en el mundo y sufren; así el misionero tiene que cultivar la interioridad.

La elección de santa Teresa de Lisieux como patrona de las misiones está exactamente en este sentido: el monaquismo es el alma de la misión de la Iglesia.

Si, al contrario, el misionero es uno que va, habla y hace aun las cosas más hermosas, pero, se encuentra carente de esta capacidad de reconducirlo todo a lo Uno, su apostolado está vacío, no tiene frutos, y la gente se da cuenta de esto.

Cuanto más uno tiene el espíritu monástico, tanto más es misionero; cuanto más uno es activo en la misión, tanto más siente la necesidad de retirarse y estar solo con su Señor, quien lo ha enviado. Y así el misionero se transforma, en cierto modo, en un "monje", en el sentido del estar "solo" en la presencia del Señor.

*  Según usted, siempre atento a los signos de los tiempos, sobre todo en esta época poscristiana, ¿qué aportaciones puede todavía dar el monaquismo, en su conjunto, a la acción evangelizadora de la Iglesia, frente a los desafíos como la secularización, el relativismo, la exclusión de Dios de la vida del hombre?

El monaquismo reconduce al hombre a interrogarse sobre el sentido profundo de la vida, sobre la necesidad que el hombre tiene de Dios. Aunque los monjes no hacen nada particular, pienso sobre todo en los institutos claustrales, su presencia pone interrogantes, su silencio orante interpela al hombre a no detenerse en lo que es pasajero, sino a ir más allá, a buscar, a no permanecer satisfecho de los valores que el mundo le ofrece.

El monaquismo, más que dar respuestas, hace preguntas al hombre, para que el hombre se interrogue sobre su existencia, sobre el por qué de las cosas.

Aun en misión, el monaquismo no está llamado a sustituir al clero local o a los misioneros. Trae su vida y esta habla por sí misma, sin ni siquiera la necesidad de tantas palabras. Pensemos en los monjes mártires de Argelia. Su presencia silenciosa ha sido como un anuncio directo del Señor. Han sido perseguidos y muertos porque molestaban, como quien anuncia expresamente y en público al Señor resucitado.

El monaquismo puede ser útil también para ir, de vez en cuando, a respirar aire monástico. En algunas diócesis hay exactamente esta orientación: la invitación a ir a un monasterio, para rezar con la comunidad monástica. Lo cual significa volver a las fuentes de la liturgia, vivida y gozada. Entonces se puede, de alguna manera, resistir a los desafíos que hay, de distracción y de vacío. Entonces se puede tener la fuerza para estar presentes, en un mundo secularizado, y ofrecer modelos de vida conformes al Evangelio.

(A cargo de Sandro Puliani )


 

Mons. Giovanni Paolo Gibertini, Obispo Emérito de la Diócesis de Reggio Emilia-Guastalla (Italia), ha nacido en Ciano d'Enza (RE) en 1922. Ha ingresado al Monasterio Benedictino de San Juan, de Parma, en 1935. El 12 de agosto de 1945 ha sido ordenado sacerdote. Ha sido enviado a Cerdeña para la fundación del Monasterio de San Pedro de Sorres en 1955, y lo han elegido, luego, como Abad del Monasterio de San Juan, de Parma, en 1979.

Una vez nombrado Obispo de Ales-Terralba (Oristano) el 23 de marzo de 1983, ha sido consagrado Obispo el 25 de abril de 1983 por el Cardenal Sebastiano Baggio.

Ha conducido la Diócesis de Reggio Emilia-Guastalla de 1989 a 1998.

 

25/09/2010
 

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