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Entrevistas/29



TERESA Y LOS JÓVENES DEL POSMODERNO: 

EL SENTIDO DE LA LIBERTAD


Entrevista al P. Bruno Secondin, realizada en 1998 para nuestro periódico italiano “Missione
Redemptor hominis

 

 

* Teresa de Lisieux ha sido definida “la más grande santa de los tiempos modernos”, pero ¿cuál es la actualidad de su mensaje en el contexto posmoderno actual?

Papa Pío X

La expresión “la más grande santa de los tiempos modernos” se atribuye al Papa Pío X, cuando estábamos todavía al principio de su fama. Una estima del todo particular ha mostrado por la carmelita el Papa Pío XI, quien la proclamó santa y patrona de las misiones. Ciertamente, las razones por las que en la primera mitad del siglo XX Teresita tuvo una fama enorme, totalmente excepcional, son diferentes de aquellas por las que hoy ella puede ser proclamada la gran testigo de Dios, en la crisis de la modernidad. Me limitaré a algunos aspectos.

Ante todo, por la simplicidad de su propuesta espiritual: ella no ha construido grandes tratados, no tiene esas grandes “narraciones” que son características de la época moderna, con sus utopías y sus proyectos globales. La santidad que ella vive y cuenta se desarrolla en el hilo de la cotidianidad, amasada de ferialidad, dentro de la cual descubre valores más grandes, aquella sabiduría de vida que orienta una entera existencia, sin ser un macro-ideal forzado.

Dentro de este marco “ferial”, ella, sin embargo, sabe también interrogarse sobre los grandes problemas de la existencia, del sentido de la vida, de la libertad, del camino oscuro de la fe, de la grandeza de la misericordia, de la fascinación del amor de Dios. Y su respuesta no quiere ser una solución teórica, sino que está inscrita en la fatiga de vivir, casi podemos llamarla la hermenéutica de la vida misma. Narrándose logra interpretarse e iluminar los rincones oscuros: la microhistoria es también, para nuestra tardía modernidad, el eje y la fuente de sentido.

Se ha atrevido profanar el mito de las “almas grandes” construidas sobre los grandes sacrificios, para pasar, más bien, el umbral de la incredulidad, de la pequeñez como clave de la santidad, de la fragilidad como epifanía de Dios. Su Dios es un Dios “mendigo”: muy tierno, casi “juguetón” si fuera lícito usar una palabra de este tipo en el sentido de un amor fantasioso, sorprendente, ludens, como dice la Biblia (Cf. Pro 8, 30 s.). Para su ambiente monástico y la espiritualidad de aquel tiempo, Dios era justicia severa siempre inminente; para ella, es sinónimo de ternura, de compañía, de amor y solo amor.

* Teresa y los jóvenes de nuestro tiempo ¿qué tienen en común?

Tienen en común, ante todo, la edad y luego el deseo de viajar, el gozo de conocer el mundo, el gusto por la naturaleza, pero también el sentido de la fragilidad, de la vulnerabilidad, de la franqueza de los sentimientos, el fastidio por los esquemas falsificados, el amor por la poesía, por la expresión artística. Hoy los jóvenes no se sienten atraídos por grandes proyectos, por escaladas vertiginosas en la santidad, buscan, en cambio, a quien los escuche sin condenarlos, los anime sin ilusionarlos, los entusiasme sin jugar con su disponibilidad. Es lo que también Teresa buscaba: una santidad rica en ternura y en concreción, una libertad que fuera también llena de comunión y de paciencia, una vivacidad no carente de ironía, pero sin hipocresía. Creo que los jóvenes en estos puntos se encuentran en buena compañía.

Ciertamente hay también algunas distancias difíciles de superar: Teresita provenía de una familia burguesa acomodada, nunca ha conocido verdaderamente los problemas del trabajo, de la casa, de la inseguridad social. Pero, ha conocido el sufrimiento de ser huérfana, la molestia de un padre que había perdido el juicio, la ironía sobre su joven edad. Distancias y proximidades se completan porque, en el fondo, esta es la vida: una mezcla de lo hermoso y de lo menos hermoso, como para todos.

* Dialogando con los jóvenes, ¿en qué medida Teresa de Lisieux los puede interpelar?, y ¿a cuáles preguntas puede responder?

Los puede interpelar a partir de su misma vida: a pesar de las apariencias, como he dicho, el dolor y las heridas han marcado su vida; ha tenido crisis físicas y psíquicas, caprichos e impulsos valientes. La primera interpelación está precisamente aquí: vivir la propia vida, descubriendo su hilo conductor, releyendo los pasos claves en términos de maduración y no solo de queja, viendo la gracia en acto también dentro de los propios caprichos y de las desilusiones. También ella ha corrido peligro de ovillarse dentro de las propias heridas y de las emociones desilusionadas: pero, ha salido de esto, luchando consigo misma, reconociendo la inconsistencia de las propias reivindicaciones, encomendándose al juego de Dios.

Un segundo diálogo puede ocurrir a nivel de grandes elecciones de vida: tener el coraje de pensar menos “a ras del suelo”, de nutrirse de un poco de audacia y de jugarse por las intuiciones mejores. Ella quería entrar en el Carmelo –donde, por otra parte, no habría encontrado ciertamente solo rosas, sino muchas espinas– y, por eso, ha proyectado todos los medios, incluido una intervención directa ante el Papa. Los jóvenes tienden demasiado fácilmente a desalentarse ante las dificultades: Teresita puede sugerir a los jóvenes que no se desanimen, que alimenten los proyectos generosos con fantasía y creatividad, pero también con paciencia y esperanza. En las cosas normales, ella ha mostrado una gran tenacidad y una determinación testaruda: es esto lo que los jóvenes pueden aprender.

Un tercer punto, por no explayarme demasiado, es el sentido de la libertad personal y ante las tradiciones. Los jóvenes quieren hacer el propio camino, inventarse la vida, no solo volver a copiarla. Teresa enseña que es posible salir afuera, hacer uso sereno y claro de la propia libertad: ella ha inventado una nueva actualidad para verdades antiguas, que se habían vuelto casi estériles por esquemas rígidos. Ha puesto de nuevo el Evangelio en el centro de lo cotidiano, se ha transformado en teóloga del amor divino con un lenguaje de gran sugestión, ha recuperado el sentido de Iglesia como cuerpo viviente y comunión de carismas, soportaba mal sermones barrocos y las complicaciones de los libros espirituales. Y, positivamente, deseaba ser sacerdote, profeta, mártir, apóstol; creía en la función eclesial de las mujeres contra una mentalidad machista y sospechosa. He aquí, entre los tantos, algunos de los aspectos que las jóvenes generaciones desean evidenciar: Teresa los compartiría, es más, en algunos puntos tal vez iría también más adelante. Pero, no para apartarse de ellos: más bien, para abrir el camino a una nueva estación que compartir con todos, que saborear juntos.

(A cargo de Mariangela Mammi)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 


El P. Bruño Secondin, carmelita, ha enseñado por cuarenta años en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Colabora con revistas de teología y de pastoral, y se ha comprometido en innumerables conferencias y encuentros internacionales. Es autor de numerosos libros de espiritualidad. 

En febrero de 2015, ha dictado los ejercicios espirituales al Papa Francisco y a la Curia Romana, cf. B. Secondin, Profeti del Dio vivente. In cammino con Elia, Messaggero-LEV, Padova-Vaticano 2015. 

  

 

 

03/10/2015


 

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