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Entrevistas/37


NACIDO PARA AQUEL MOMENTO

Entrevista a Mons. Vincenzo Paglia, Arzobispo
Presidente de la Pontificia Academia para la Vida y
Gran Canciller del Pontificio Instituto Juan Pablo II

 

 

 

* A más de diez años de la muerte del P. Andrea Santoro, ¿cuál es el mensaje para la Iglesia de Roma, que más resalta de su testimonio?

Recuerdo una pequeña discusión entre los compañeros de estudio del P. Andrea, después de su muerte. Había quien quería captar el sentido de lo que había sucedido, de su martirio (era mi pensamiento), y quien, en cambio, quería delinear un juicio sobre la personalidad del P. Andrea en todo su itinerario, desde el seminario hasta su muerte, notando también las asperezas y las encrespaduras. Estos últimos querían hablar del carácter, de las estrategias pastorales, del modo de administrar su vida y la vida ajena, y así sucesivamente. A mí me pareció un modo poco "espiritual" de enfrentar la figura del P. Andrea. No se trataba, en efecto, según mi parecer, de "santificar" al P. Andrea y todo su proceder, sino de captar el sentido profundo, profético de su muerte.

Evidentemente, me volvían a la mente, y sucede hoy todavía, tantos recuerdos. La historia de mi amistad con él se remonta a los años 57-58 y culmina, por ciertos lados, el 15 de marzo de 1970, cuando yo fui ordenado sacerdote y el P. Andrea diácono. Después, hemos continuado encontrándonos, hasta poco tiempo antes de su última salida de Roma para volver a Turquía.

Lo que a mí se me ha vuelto muy claro ha sido su muerte martirial, una verdadera profecía a la Iglesia y al mundo. Alguien puede decir: "El P. Andrea era un hombre reflexivo, meditabundo, severo con los demás y consigo, a veces un poco inquieto, que hacía fatiga por encontrar una colocación suya". Hemos hablado sobre esto varias veces. Pero, cuando he visto su muerte y el modo como ha sucedido, me ha venido espontáneo afirmar con límpida y firme convicción: "El P. Andrea ha nacido y vivido para aquel momento".

Y hasta que aquel momento su "hora" llegó, él estuvo inexplicablemente inquieto. Su "hora" no era la parroquia de Gesú di Nazareth o de la Transfigurazione, o las peregrinaciones. Su "hora" era la de su muerte y él ha vivido aquella "hora" hasta el final. La inquietud que se anidaba en él no derivaba de su carácter, de sus costumbres (aunque ciertamente también de estos). En verdad, se encontraba inscrita en el plan que Dios tenía sobre él. El P. Andrea no debía quedar en Roma: estaba destinado a ir a Turquía, a Trabzon para ser, en aquella "hora", testigo de Jesús hasta la efusión de la sangre. Diría que toda su vida está resumida y encerrada en aquel acontecimiento. El resto ha sido preparación a él.

La muerte del P. Andrea es la explicación de su vida, y es de ella, pues, de donde es necesario partir para comprenderla. En este horizonte, el P. Andrea habla a la Iglesia de Roma sobre cómo vivir la fe y también su ser "sacerdote romano". Podría decir que nosotros los sacerdotes romanos somos llamados a mirar al P. Andrea y su muerte, como un espejo en que leer nuestro sacerdocio, hoy. En él veo resumida una serie de perspectivas, sea las que atañen al sacerdote romano y, por tanto, a la historia de su formación en Roma y no en otro lugar, sea las del por qué ha fallecido en este tiempo en Turquía.

Por una parte, el P. Andrea es con pleno título un sacerdote romano, y él era consciente de esto. Varias veces hemos hablado de cómo existe una dimensión muy fuerte de la presencia de la Iglesia universal, en la Diócesis de Roma. Hay la famosa dicción latina de la bendición del Papa "Urbi et Orbi", que contiene en sí una enorme densidad espiritual: es imposible separar Roma del mundo, y viceversa. Y él era consciente de esto, lo ha escrito muchas veces. Esta motivación está a la base de su ir a la misión. Tenía profundamente razón cuando insistía en ir a la misión como fidei donum de la Diócesis de Roma.

Es una dimensión que hoy me parece un poco anublada. Pero, el P. Andrea nos la aclara con su vicisitud. Considero al P. Andrea como una estrella, una luz clara en este pequeño mundo de los sacerdotes de Roma. Él nos ayuda a descubrir qué significa ser sacerdotes de Roma, qué quiere decir "presidir en la caridad". Roma está llamada por su misma naturaleza a descentrarse, a "salir". En esto, el P. Andrea es un sacerdote según la perspectiva del Papa Francisco, según aquella dimensión de la fe que llamamos misión hacia las periferias, hacia los pobres, los lejanos, en diálogo con todos, sin excluir a nadie. Este es, según mi parecer, un tesoro muy precioso para cualquiera que desee decirse sacerdote romano y vivir como tal.

* ¿Por qué, entonces, ha fallecido en este tiempo en Turquía?

Al enterarme de la muerte del P. Andrea, me ha vuelto a la mente la capilla del Seminario Romano Menor, dedicada a los Santos Protomártires romanos. Durante años, hemos rezado juntos en aquella capilla, delante de las imágenes de los primeros mártires de Roma. El P. Andrea es un icono contemporáneo de aquel martirio. Es una llama así están representados los primeros mártires de Roma que quema y ofrece luz en el contexto de la relación con el mundo islámico. No es por azar por lo que el martirio del P. Andrea ha sucedido en Turquía, y en este momento. No estamos solo al comienzo de un nuevo milenio, sino también en un momento en el cual los pueblos se encierran, las identidades se refuerzan, se levantan los muros y se destruyen los puentes, el diálogo resulta mirado con sospecha, y se habla de conflicto entre civilizaciones. Era necesaria la muerte martirial del P. Andrea para que se afirmara hoy la primacía de la "debilidad" cristiana, la primacía del encuentro, la primacía del diálogo, la primacía de un amor gratuito, sin ni siquiera el arancel del consuelo de tener a algunos fieles alrededor de sí.

He aquí por qué la muerte del P. Andrea, que ocurrió dentro de la iglesia, en aquel último banco, mientras él leía la Biblia, ha llevado la Palabra a aquella tierra para que allí muriera y produjera fruto. El P. Andrea es esto, y siento personalmente el privilegio de haber vivido al lado de él y, al mismo tiempo, la tristeza de no haberlo comprendido hasta el final, cuando estábamos juntos. Percibo, sin embargo, también el gozo hoy de haber hablado con él, y de tenerlo hoy cercano como "ejemplo" de un amor que no conoce fronteras. No me había dado cuenta de esta profecía. Tal vez, tampoco él lo sabía. Pero, hoy lo percibo como una gran riqueza, una luz que ilumina todo mi modo de ser cristiano y hermano universal.

El P. Andrea ha nacido para ser esta luz. A todos, pero de modo particular a quienes lo han conocido, les pertenece la tarea de testimoniarlo. El riesgo permanece aquel de hacer de él un santo por otros motivos, de santificarlo de manera simplificada. El P. Andrea no es grande porque realizaba bien los cursos para los novios o porque era severo y austero consigo mismo o porque hacía las peregrinaciones a Tierra Santa. El P. Andrea es un gigante del amor hasta la muerte de la presencia desnuda del Evangelio, en los confines del mundo, en Trabzon. Entonces se comprende aquel designio extraordinario de Dios en el mundo de hoy, en que Europa está loca por construir muros. El P. Andrea ha dado la vida exactamente por el contrario. Esta es, según mi parecer, la dimensión que se tendría que recuperar de su muerte.

Espero que la comunidad cristiana de Roma, y cualquiera que recuerde al P. Andrea, sea consciente de este testimonio suyo, de esta luz que hoy todos nosotros tenemos que poner sobre el candelabro. Precisamente porque es fácil quedar arrollados por la niebla del egocentrismo que empaña la vida, que permite al mal avanzar, a la injusticia prosperar, a la indiferencia espesarse; es fácil quedar arrasados por un mundo que frecuentemente prefiere las tinieblas a la luz. He aquí por qué, según mi parecer, el P. Andrea, a diez años de distancia, brilla todavía, y, tal vez, tendría que brillar más aún.

(A cargo de Achille Romani)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)




27/02/2017

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis