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 POLÍTICOS CATÓLICOS, ¡UN PASO AL FRENTE!/2

América Latina se reúne en Colombia, a principios de

diciembre, para hablar de los laicos en la vida pública

 

 

 

* Daría la impresión de que usted se refiere a un camino distinto al de los evangélicos, en diversos lugares de América Latina. Ellos pienso en los brasileños, los chilenos y los colombianos se están compactando en una fuerza política e intentan con cierto éxito condicionar los equilibrios parlamentarios en sus respectivos países.

Sí, es un camino diverso. Es claro que la Doctrina Social de la Iglesia no ha pretendido nunca transformarse y traducirse en una ingeniería social prefabricada, con la pretensión de formular "soluciones concretas, y menos soluciones únicas, para cuestiones temporales que Dios ha dejado al juicio libre y responsable de cada uno". Por otra parte, hay puntos irrenunciables para el compromiso de los católicos en la vida pública. No es que los católicos puedan asumir cualquier tipo de opción, porque hay algunas que contradicen la fe que profesan. No todas las concepciones de la vida tienen igual valor. Una concepción relativista del pluralismo no tiene nada que ver con la legítima libertad de los ciudadanos católicos de elegir, entre las opiniones políticas compatibles con la fe y la ley moral natural, aquella que, según el propio criterio, se conforma mejor a las exigencias del bien común. Los católicos tienen que saber reconocer cuáles son los puntos firmes y las posiciones comunes que deben compartir en las cuestiones sociales que ponen en juego opciones éticas fundamentales, o en momentos en que lo requiere el bien supremo de la nación, o ante coyunturas de la vida eclesial que impongan una indicación de prudencia que sea unitaria. También deben discernir y reconocer que una misma fe puede conducir a compromisos y opciones diversas, ante una diversidad de circunstancias y una pluralidad de interpretaciones y caminos para la búsqueda del bien humano y social.

Sin embargo, hoy día también es importante reafirmar una tensión hacia la unidad entre los católicos que operan en los diversos ámbitos de las democracias. Es un muy mal síntoma que los católicos que asumen responsabilidades políticas, empresariales, sindicales y en otros campos de la vida pública, no sientan la necesidad y la exigencia de encontrarse, y encontrarse porque están unidos por algo que importa mucho más radical y totalmente que las diferentes vinculaciones y opciones, que se pueden adoptar legítimamente en dichos ámbitos.

* Pluralidad de interpretaciones y de caminos, y tensión hacia la unidad. ¿No se contradicen ambas cosas?

Si se pertenece a un misterio de comunión, más profundo, decisivo y total que los mismos vínculos de sangre, con mayor razón esta pertenencia es anterior y preeminente a cualquier legítimo pluralismo temporal entre los católicos. La fragilidad y reducción de esa experiencia de pertenencia a la comunión eclesial hace que la Iglesia ya no sea el lugar de donde proceden, se verifican y alimentan los criterios que iluminan los propios comportamientos y opciones de los laicos en la vida pública. Solo la experiencia de la comunión no el aislamiento o la diáspora en el mundo genera e irradia libertad y originalidad ante las presiones del ambiente. Si no, predominan los reflejos ideológicos, los prejuicios de determinadas estructuras mentales o los intereses dominantes en diversos sectores sociales. Por el contrario, la experiencia de comunión cuya fuente y ápice es la Eucaristía tiene que dilatarse como unidad sensible, manifiesta, de los cristianos en todos los ambientes de la convivencia humana. Cuanto más presentes están los cristianos en las "fronteras" de la política, la ciencia, la cultura, la lucha social, cuanto más impactados y cuestionados se encuentran por desafíos complejos, cuanto más abiertos al diálogo, a la colaboración y a la confrontación con gentes de muy diversas creencias e ideología, más deben estar vital, intelectual y espiritualmente arraigados en el concreto cuerpo eclesial. La adhesión a la unidad en lo esencial es decir, la plenitud de la fe católica, en toda su verdad y en todas sus dimensiones y la tensión a la unidad en los diversos ámbitos de la vida pública para dar testimonio de la comunión a la que todos los hombres están llamados permite superar los círculos viciosos entre quienes pretenden atribuir exclusivamente a sus propias opciones contingentes el carácter de católico, y quienes caen en pluralismos disgregantes caracterizados por el relativismo cultural y moral.

* ¿Podría explicar cuál es la idea de católico en política que tiene el Papa Francisco?

Bastaría releer las homilías del Arzobispo Jorge Mario Bergoglio con ocasión de los Te Deum anuales en su catedral de Buenos Aires (¡recuerdo una sobre las bienaventuranzas para los políticos!), y sacar las conclusiones en esta materia de la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, cuando se refiere a "la dimensión social de la evangelización", y de la encíclica Laudato si'.

Hacen falta políticos que, con su testimonio y acción, ayudan a rehabilitar la dignidad de la política, que no anteponen sus intereses personales al bien común y, por eso, no caen en la corrupción, que sienten pasión por su propio pueblo y viven en medio de la gente, compenetrados con sus sufrimientos, anhelos y esperanzas, que saben reconocer y tocar las fibras profundas de su historia, cultura y religiosidad y la importancia capital de la vida matrimonial, familiar e intergeneracional.

Son buenos políticos, para el Papa Francisco, aquellos que afrontan la realidad desde la situación y con la mirada de los pobres, que apuntan a políticas inclusivas de "techo, tierra y trabajo" para todos, que conocen la complejidad de las cuestiones y, por eso, no se dejan arrastrar por la superficialidad y la demagogia, que tienen la competencia y el olfato para discernir las coyunturas concretas, pero colocadas dentro de un horizonte y proyecto de esperanza, que están siempre abiertos al diálogo a 360 grados, y que son operadores de "amistad social" en el tejido democrático, para favorecer las convergencias nacionales y populares más amplias posibles en pos del bien común. Y, en nuestro caso, que no se encierran en las propias fronteras, sino que llevan en su corazón e inteligencia un destino solidario con la "Patria Grande" latinoamericana. Hace no mucho tiempo, me pareció importante escribir que "se necesita una traducción libre y audaz, como proyecto histórico, como 'política' en el más noble y amplio sentido del término, de todo lo que significa y aporta el actual pontificado". Quienes repiten absurdas acusaciones sobre el "populismo" del Papa, o son tontos o malintencionados.

* Hay un frente en la diplomacia de Francisco que parece no dar resultado, y es Venezuela. ¿Usted ve una esperanza de recomposición pacífica de la crisis de este gran país latinoamericano?

En la lamentablemente trágica situación actual de Venezuela, se puede ser escéptico, pero nada es peor que una todavía mayor explosión de violencia y represión. Por eso, la Santa Sede, que sigue las vicisitudes de Venezuela con extrema y muy preocupada atención, tiene que estar siempre dispuesta, con el realismo y la sabiduría que no le faltan, a tener en cuenta cualquier espiral que se abra, por mínima que sea, para negociaciones con condiciones y posibilidades serias. Los Obispos venezolanos, en medio de su gente, pueden pronunciar palabras muy fuertes y concretas sobre la situación económica, social y política del país. ¡Y así lo hacen! No puede pedirse lo mismo al Papa o a la Santa Sede, que deben discernir cuidadosamente las modalidades de su intervención. La Iglesia habla con diversas voces desde instancias diversas. Pero oponer el Papa a los Obispos venezolanos es una total estupidez o una grotesca maniobra propagandística desde el poder. El viaje del Papa a Colombia, su abrazo con los Obispos de Venezuela, sus palabras contra la violencia y en defensa de los derechos humanos, fueron sumamente claros.

* Otro frente donde la actitud sigue siendo interlocutoria es la nueva presidencia de los Estados Unidos. ¿Para usted también es interlocutoria o ya puede decir algo más definido sobre Trump y su política en relación con América Latina?

El Santo Padre, así como su Secretario de Estado, el Cardenal Pietro Parolin, fueron muy claros cuando dijeron que al árbol se lo juzga por los frutos, no por preconceptos ideológicos, y, por eso, la Santa Sede no se deja involucrar en los coros de campañas mediáticas. Esos mismos coros muestran cabalmente cuáles son los verdaderos resortes del poder en los Estados Unidos, más poderosos por cierto que los poderes de un Presidente vociferante.

Sin embargo, la manera denigratoria y difamatoria en que, frecuentemente, el presidente se refiere a los hispanos, las amenazas y las deportaciones efectivas aunque conviene recordar que nunca fueron tantas como en la presidencia de Obama, la más que lamentable decisión de poner fin al programa DACA ("The Deferred action for Childhood Arrivals"), decisión deplorada por el episcopado estadounidense, la tozudez obsesiva sobre el muro en la extensísima frontera que separa Estados Unidos de México, y los pasos atrás respecto de los acuerdos logrados anteriormente entre Estados Unidos y Cuba, provocan obviamente el rechazo indignado de los latinoamericanos y de sus Gobiernos, de derecha, centro o izquierda que sean. Para peor, el anunciado "proteccionismo" del Gobierno de Estados Unidos con el propósito de renegociar el Tratado de Libre Comercio con México, recurriendo a verdaderos chantajes es cosa pésima, para una América Latina que tiene necesidad de la apertura del gran mercado norteamericano. Los superpoderosos afirman su proteccionismo, y los más vulnerables tienen que abrir sus fronteras para el libre comercio y la libre circulación financiera ¡Qué paradoja!

Alver Metalli


© Il Sismografo (Tierras de América) - 28 de septiembre de 2017
   
Fotos a cargo de la redacción de www.missionerh.it



 

06/10/2017

 

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