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Primer Congreso de Sexualidad humana - Asunción

 

Entrevista a

 
S. E. Mons. Antônio Augusto Dias Duarte,

Obispo Auxiliar de Sâo Sebastiân do Rio de Janeiro


 

Desde el viernes 26 hasta el domingo 27 de septiembre de 2008, se realizó, en Asunción, el primer Congreso de Sexualidad humana, organizado por los movimientos arquidiocesanos SEAVI (Servicio Amor y Vida), DAEC (Departamento Arquidiocesano de Educación Católica) y DECAR (Departamento Catequístico Arquidiocesano).

Nosotros participamos en el Congreso con nuestras publicaciones y, en especial modo, con el texto que trata sobre la visión cristiana de la sexualidad: "La Religión del Cuerpo", de Emilio Grasso.S. E. Mons. Antônio Augusto Dias Duarte

Muchos fueron los temas tratados y numerosos los disertantes en el Congreso; entre ellos, S. E. Mons. Antônio Augusto Dias Duarte, Obispo Auxiliar de Rio de Janeiro, doctor en Teología Moral y Médico Pediatra. Él es Profesor de Moral Sexual y Moral Médica, y Miembro de la Comisión Episcopal Pastoral sobre la Vida y la Familia de la CNBB (Conferencia Nacional de Obispos de Brasil) y del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano).

Le hicimos algunas preguntas sobre el tema. Nos contestó, muy cordialmente, agregando que todo lo que él dijo durante su conferencia deriva del rico patrimonio del Magisterio de la Iglesia, que es una fuente a la cual podemos acudir para nuestro provecho personal y para nuestra misión, como un tesoro escondido, una doctrina segura y actualizada.


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En su charla sobre el significado de la dignidad y la sexualidad humana, usted subrayó mucho el tema de la persona, ¿por qué recalcó este aspecto?

Este argumento parte de la realidad más honda y rica de sentido que tenemos, es decir, que el ser humano es imagen y semejanza de Dios; y Dios es la persona por excelencia, de la cual la humanidad participa. Podemos afirmar que el ser humano, en la creación, participa de la propia persona divina. Esto lo encontramos en la revelación; en el Antiguo Testamento, en efecto, se afirma: "Y creó Dios al hombre a su imagen" (Gén 1, 27).

La revelación plena la tenemos en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Juan PabloJuan Pablo II II, en su primera encíclica Redemptor hominis, nos dice, en efecto, que Cristo ha penetrado de modo único e irrepetible en el misterio del hombre, en su corazón, y que el misterio del hombre se esclarece solo en el misterio del Verbo encarnado (cf. Redemptor hominis, 8).

Esto quiere decir que Jesús revela lo que es ser persona, porque esta persona divina asumió nuestra humanidad, y es igual a nosotros en todo menos en el pecado. Entonces, afirmar que el ser humano es persona, según lo que Dios quiso, como hombre y mujer, la masculinidad y la femineidad, es partir de la realidad más esencial, que es exactamente esa participación en la vida divina. El Magisterio de la Iglesia, sobre todo en el siglo XX, por los tantos atentados contra la persona humana, presenta este primer punto como un servicio a la humanidad: mostrar al mundo moderno, que tanto atenta contra la persona y sus valores, que una sola persona es una riqueza para toda la humanidad. Hay que respetarla, pues, y respetar los valores: la vida, la familia, la libertad, la propiedad, la intimidad. No se trata de una cuestión puramente extrínseca, como si fueran leyes que vienen de afuera, sino como consecuencia de esta visión, que el Magisterio está difundiendo en todo el mundo.

* Usted acentuó que la sexualidad es algo que involucra al ser humano en su totalidad.

En efecto, la sexualidad es la dimensión más significativa de nuestra persona, porque Dios no creó a la persona y después la hizo hombre y mujer, sino que la creó hombre y mujer, es decir, creó a la persona humana con esta dimensión, que no atañe solamente a la parte biológica que está en la intimidad de las células, y tampoco solo al aspecto psicológico, sino que abarca a todo el ser, llegando a su propia identidad: ser persona como hombre y ser persona como mujer. Y estos dos seres distintos se complementan y se enriquecen mutuamente, a través de las relaciones interpersonales, que siempre están presentes en la vida de ambos.

Se presenta, pues, una relación de "reciprocidad", palabra que fue utilizada por Juan Pablo II: "Se trata de una relación recíproca, del hombre con la mujer y de la mujer con el hombre. Ser persona a imagen y semejanza de Dios comporta también existir en relación al otro ‘yo'" (Mulieris dignitatem, 7).

Actualmente, la misma palabra es utilizada por Benedicto XVI. Hay, pues, dos personas que se están relacionando, y en esta relación recíproca intercambian sus intimidades.

* Usted subrayó la función de la educación familiar, destacando que una madre debería enseñar a su hija a conocer el propio cuerpo. ¿Qué implica esta afirmación?

La madre, en efecto, tiene que demostrar toda la dimensión de su femineidad, por una razón obvia: nadie puede transmitir lo que no conoce. Si se puede hablar en términos concretos: la mujer es experta en su femineidad y el hombre es experto en su masculinidad. Incumbe a las madres educar y formar a la femineidad, incluyendo todas las dimensiones de la sexualidad: la biológica, la psicológica y la espiritual. La madre es la primera y la principal maestra en enseñar a su hija a conocer su cuerpo y su dimensión biológica, y expresamente el ritmo de la fertilidad. Esto no corresponde al Estado, a la escuela y tampoco a la Iglesia.

El conocimiento que la mujer tiene del cuerpo deriva, en primer lugar, de la educación materna.Encíclica Mulieris dignitatem

Hay que formar a la afectividad, valorando en la mujer no el instinto y la pasión, sino el sentido de la afectividad, que es diferente en el hombre.

El hombre en la afectividad es más pasional, mientras que la mujer dona más: esto es su propio. La dimensión de la masculinidad es apropiarse; la mujer es más oblativa.

Es por eso por lo que es necesario formarla a esa entrega personal. Después, es importante educarla en la dimensión espiritual. Dijo Juan Pablo II: "La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano. Naturalmente, cada hombre está confiado por Dios a todos y a cada uno. Sin embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer - sobre todo en razón de su femineidad -, y ello decide principalmente su vocación" (cf. Mulieris dignitatem, 30).

Por eso, la madre es la primera persona que debe formar a su hija. Si esto no se hace, se originan tantas consecuencias negativas, como el embarazo en la adolescencia y el aumento del número de las mujeres que desean tener hijos como si fueran un producto. De esta forma, la mujer se transforma en un medio para el hombre, pasando a ser instrumento y dejando de ser persona. Es una consecuencia de la transformación de su femineidad.

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¿Cuál es el papel de María con relación a este tema?

María es, en el plan de Dios, la persona que más influye sobre la historia de la humanidad, aLa Virgen María través de su apertura a un misterio tan profundo, la Encarnación del Hijo de Dios, que vino para mostrar al hombre su propia identidad.

María vivió su colaboración en el plan de Dios formando a su hijo, primero a través de su cuerpo, luego, junto con José, en todas las dimensiones humanas, en la cultura, etcétera.

La Virgen María, en el plan de Dios, es la Mujer por excelencia. Muchas veces Jesús la llamó: "Mujer". María, entonces, es el modelo de la mujer y, podemos decir, del mismo hombre, por estar perfectamente en unidad con la Palabra de Dios, guardándola en su interior y en su corazón, y teniéndola como una luz que iluminó toda su vida aunque, en algún momento, ella no entendía lo que estaba aconteciendo.

(A cargo de Maria Laura Rossi)


21/10/08

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis