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Homilías y discursos de Emilio Grasso 

 

 

¡NO OS DEJÉIS ROBAR LA ESPERANZA!

Homilía con ocasión del 128 aniversario de fundación

de la ciudad de Ypacaraí

 


Queridos amigos:

Hoy nos encontramos, una vez más, en el templo parroquial para celebrar el 128 aniversario de fundación de nuestra querida ciudad de Ypacaraí.

En su Exhortación apostólica Evangelii gaudium, el Papa Francisco nos recuerda que “es llamativo que la revelación nos diga que la plenitud de la humanidad y de la historia se realiza en una ciudad. Necesitamos reconocer la ciudad desde una mirada contemplativa, esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas. … Dios vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia”[1].

Tantas veces hemos subrayado el hecho de que los cristianos no constituyen un ámbito separado de la ciudad de los hombres, sino que viven en medio de la ciudad.

La Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano II, empieza con estas palabras: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”[2].

Por estas y muchas otras razones, es motivo de gran alegría encontrar hoy, en medio de los feligreses y de los jóvenes que se preparan para recibir el sacramento de la Confirmación, también a las Autoridades institucionales de la ciudad y a los candidatos a las próximas elecciones municipales, que se llevarán a cabo en noviembre de este año.

La celebración del 128 aniversario de la fundación de la ciudad de Ypacaraí nos permite reflexionar, en coincidencia con las próximas elecciones municipales, sobre la relación entre Iglesia e Instituciones ciudadanas.

Ustedes saben bien que siempre hemos respetado la justa autonomía de las diferentes Instituciones.

Para que sea respetada en la esfera que le pertenece, la Iglesia tiene que respetar a todos los que viven en diferentes situaciones y no entrar en campos que no le corresponden.

La Iglesia habla a todos, escucha a todos, pero no se identifica con ningún partido y con ninguna opción partidaria.

Los diferentes candidatos que se enfrentarán conocen bien nuestra postura de total ausencia de cualquier interferencia opcional, en una competición partidaria.

Ha escrito el entonces Cardenal Bergoglio, hoy Papa Francisco, respecto a la relación Iglesia-Instituciones humanas: “La Iglesia defiende la autonomía de las cuestiones humanas. Una sana autonomía es una sana laicidad, donde se respetan las distintas competencias. La Iglesia no va a decirles a los médicos cómo deben realizar una operación. Lo que no es bueno es el laicismo militante, el que toma una posición antitrascendental o exige que lo religioso no salga de la sacristía. La Iglesia da los valores, y ellos que hagan el resto”[3].

Hoy yo me dirijo a Uds. prosiguiendo la escucha y la contemplación del gran acontecimiento que ha constituido la visita del Papa Francisco, para nuestro país, y también para nuestra ciudad que lo ha acogido con gran calor, cariño y profunda emoción, gracias también al precioso e inteligente trabajo de las Autoridades institucionales y, en particular, del Señor Intendente, Raúl Fernando Negrete Caballero, a quien le agradezco una vez más.

En esta visión, vuelvo a las iluminantes intuiciones del Papa Francisco en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium: “No hay que olvidar que la ciudad es un ámbito multicultural. … Variadas formas culturales conviven de hecho, pero ejercen muchas veces prácticas de segregación y de violencia. La Iglesia está llamada a ser servidora de un difícil diálogo”[4].

Si tenemos bien abiertos los ojos y el oído para ver y escuchar el grito de dolor que se levanta desde lo más profundo del corazón del pueblo humilde, oprimido y crucificado, “no podemos ignorar –como escribe el Papa Francisco– que en las ciudades fácilmente se desarrollan el tráfico de drogas y de personas, el abuso y la explotación de menores, el abandono de ancianos y enfermos, varias formas de corrupción y de crimen”[5].

El pueblo de Dios, sobre todo los jóvenes, pide fraternidad, justicia, paz, dignidad.

Yo sé bien que no todo puede encontrar una respuesta a nivel de la Municipalidad. Pero, es aquí, en la realidad local, donde debemos hacer el esfuerzo para dar las primeras respuestas a esta hambre y sed de justicia que está cerca de nosotros.

De esto, que constituye el núcleo de la respuesta que la política debe saber dar a los ciudadanos, ha hablado el Papa Francisco en el encuentro con los representantes de la sociedad civil, en Asunción: “Fraternidad, justicia, paz, dignidad pueden convertirse en un nominalismo: ¡puras palabras! ¡No! La fraternidad, la justicia, la paz y la dignidad son concretas, sino no sirven. ¡Son de todos los días! ¡Se hacen todos los días! Les confieso –añade el Papa Francisco– que a veces a mí me da un poquito de alergia el escuchar discursos grandilocuentes con todas estas palabras y, cuando uno conoce la persona que habla, dice: ‘Qué mentiroso que sos’. Por eso, palabras solas no sirven. Si vos decís una palabra comprometéte con esa palabra, amasá día a día, día a día. ¡Sacrificáte por eso! ¡Comprometéte!”[6].

Entre personas y pertenencias partidarias diferentes sirve el diálogo. Pero, continúa el Santo Padre, “el diálogo no es fácil. Para que haya diálogo es necesaria una base fundamental, una identidad. ¿Y cuál es la identidad en un país? El amor a la patria. La patria primero, después mi negocio. Si yo voy a dialogar sin esa identidad el diálogo no sirve. El diálogo presupone y nos exige buscar esa cultura del encuentro. Es decir, un encuentro que sabe reconocer que la diversidad no solo es buena, es necesaria. La riqueza de la vida está en la diversidad. El diálogo es para el bien común, y el bien común se busca, desde nuestras diferencias, dándole posibilidad siempre a nuevas alternativas. Es decir, busca algo nuevo. Dialogar no es negociar. Negociar es procurar sacar la propia tajada. A ver cómo saco la mía. No, no dialogues, no pierdas tiempo. Si vas con esa intención no pierdas tiempo. Es buscar el bien común para todos. Discutir juntos, pensar una mejor solución para todos. Vamos a dialogar, hay conflicto, lo asumo, lo resuelvo y es un eslabón de un nuevo proceso. Es un principio que nos tiene que ayudar mucho. La unidad es superior al conflicto. Una unidad que no rompe las diferencias, sino que las vive en comunión por medio de la solidaridad y la comprensión. Al tratar de entender las razones del otro, al tratar de escuchar su experiencia, sus anhelos, podemos ver que en gran parte son aspiraciones comunes. En sus manos está la posibilidad de ofrecer un trabajo a muchas personas y dar así una esperanza a tantas familias. Traer el pan a casa, ofrecer a los hijos un techo, ofrecer salud y educación, son aspectos esenciales de la dignidad humana, y los empresarios, los políticos, los economistas, deben dejarse interpelar por ellos”[7].

Cuando el Papa Francisco insiste en repetir que “dialogar no es negociar, no es procurar sacar la propia tajada”, nos damos cuenta, enseguida, de que él conoce bien nuestra realidad paraguaya, nuestra manera de solucionar, coimeando, todos los problemas, buscando encontrar componendas, con gran detrimento de los valores de la justicia.

Esta forma de actuar en la vida cotidiana –forma donde, al fin y al cabo, el explotador y el explotado coinciden en el mismo pensamiento, y el explotado de hoy piensa y sueña en ser el explotador de mañana–, da vida a una política toda encerrada en el presente, sin sueños, sin esperanza, sin capacidad de volar alto y de salir de la pequeñez de la contingencia y la necesidad del momento.

Esta política clientelar y prebendaria en América Latina, y también en nuestro Paraguay, suele tomar el nombre de “política criolla”.

Según un destacado político uruguayo, Emilio Frugoni (1880-1969), la política criolla es “indigna, subalterna, sensual, frívola, marcada por el fraude, la corrupción, la demagogia y la venalidad, caracterizada por la vaguedad y la heterogeneidad ideológicas, por la explotación de los intereses personales más ilegítimos, por el ‘espíritu de apuesta’, la inmoralidad, el caudillaje y las viejas idolatrías, el fanatismo, el tradicionalismo irracional”.

Este tipo de política nada tiene que ver con aquella búsqueda del bien común, de la cual habla el Papa Francisco siguiendo la Doctrina Social de la Iglesia.

No pertenece a la Iglesia, lo repito una vez más, ocupar el espacio político, que recae sobre la responsabilidad de los laicos.

Una invasión de este campo que no respete la sana distinción entre la Iglesia y el Estado, la Parroquia y la Municipalidad, constituye una forma insoportable de clericalismo, que mundaniza a la Iglesia dándole responsabilidades que no son las suyas.

Pero, distinción no quiere decir separación absoluta entre las dos esferas, y la Iglesia no puede callarse y retirarse cuando la política criolla mata el valor del bien común, sacrificando sobre todo a los más débiles.

Con el Vicario de Cristo, el Papa Francisco, debemos levantar también nosotros nuestra voz para gritar: “No a los jóvenes víctimas de la política clientelar y prebendaria. Por favor, ¡no os dejéis robar la esperanza!”.

Si, como hemos dicho en el comienzo, debemos reconocer la ciudad desde una mirada de fe que descubra que Dios vive entre los ciudadanos, promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia, entonces –como nos ha dicho el Papa Francisco en su inolvidable visita a Paraguay– debemos saber ir contracorriente[8].

El 1.º de marzo de 2011, los restos mortales de Eligio Ayala, uno de los más destacados intelectuales y políticos de nuestro Paraguay, fueron depositados en el Panteón Nacional de los Héroes, en Asunción, como reconocimiento por los servicios prestados a la patria como un verdadero héroe civil.

En un ensayo escrito sobre algunas causas de las migraciones paraguayas, Eligio Ayala nos brinda una descripción de lo que era la política en el Paraguay de su tiempo.

La política no puede ser aquella actividad donde, como él escribe, “el fin justifica los medios; el éxito lo legitima todo. De ahí la idolatría del éxito político. El lugar donde no se respeta el mérito, no se desprecia el vicio, nadie se indigna sinceramente contra la injusticia, nadie es justo. Los culpables pierden la conciencia de sus faltas, los hombres virtuosos, el pudor, y los partidos, su nobleza. Buenos y malos viven en cada partido en una camaradería hipócrita, sin sinceridad, sin confianza recíproca, sin gratitud, sin generosidad. El interés los divide y los une y reconcilia sucesivamente. Los enemigos de ayer conspiran juntos; los amigos de hoy se venderán mañana. En vez de partidos se forman círculos esporádicos y convulsivos de pequeños ambiciosos. … Los partidos en vez de ser útiles a la patria, utilizan la patria; en vez de servir sanos intereses nacionales en el gobierno, hacen que el gobierno les sirva a ellos”[9].

Eligio Ayala no era un hombre de Iglesia. Pero, encontramos más aperturas a la Verdad de Dios en estas páginas que en tantos escritos devocionales, intimistas, textos que desconocen que Dios vive en la ciudad, y que no podemos amar a Dios a quien no vemos si no amamos la carne de Cristo, que no es solo la Santísima Eucaristía sino también el cuerpo doliente y sufriente de nuestros hermanos.

Si el cristiano vive en la ciudad, nosotros no podemos aceptar este tipo de política magistralmente analizado por Eligio Ayala.

“En los pobres –nos ha recordado el Papa Francisco– vemos el rostro y la carne de Cristo”[10].

¡Que quede bien claro!: “Buenos y malos viven en cada partido”.

Y permítanme concluir dirigiéndome a todos los jóvenes de Ypacaraí: “Por favor, ¡no os dejéis robar la esperanza!”.

Y acuérdense de lo que siempre les repito. El cambio, cualquier cambio, antes de ser estructural, social, político, tiene que ser un cambio del corazón, de mi corazón, del corazón de Emilio, porque cualquier discurso que yo haga es solo un engaño y una prostitución de la palabra, si no me comprometo, yo primero, con lo que digo.

Porque la verdadera revolución empieza por vivir las cosas dichas.

¡Y que tengan todos una vida bella en una ciudad bella,

una ciudad bella como debe ser nuestra Ypacaraí!

 

P. Emilio Grasso

Ciudadano Ilustre de la ciudad de Ypacaraí

 

 

______________________

[1] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 71.

[2] Gaudium et spes, 1.

[3] J. Bergoglio - A. Skorka, Sobre el cielo y la tierra, Random House Mondadori, Barcelona 2013, 133.

[4] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 74.

[5] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 75.

[6] Cf. Papa Francisco, Paraguay: Encuentro con representantes de la sociedad civil (11 de julio de 2015).

[7] Cf. Papa Francisco, Paraguay: Encuentro con representantes

[8] Cf. Papa Francisco, Paraguay: Encuentro con los jóvenes (12 de julio de 2015).

[9] E. Ayala, Migraciones paraguayas. Algunas de sus causas. Ensayo escrito en Berna (Suiza) en Junio de 1915, Archivo del Liberalismo, Asunción 1989, 109-110.

[10] Cf. Papa Francisco, Paraguay: Encuentro con representantes


13/09/2015

 

 

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