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“TAMBIÉN HOY ESTAMOS VIVIENDO UNA SUERTE DE GENOCIDIO”

El genocidio armenio y la mirada del Papa Francisco 

sobre los cristianos perseguidos

 

El Memorial del genocidio en Deir ez-Zor, en Siria, donde se concluían las marchas de la muerte. Lo ha destruido el ISIS. Recogía cenizas y huesos de las víctimas, recuperados de grutas y fosas comúnes

La celebración del centenario del genocidio armenio coincide con un renovado período de persecución de los cristianos. Pero ¿el genocidio fue una persecución anticristiana? Acerca de esto, es interesante notar que se confrontan dos interpretaciones.

La primera lo entiende como el resultado de un choque entre opuestos nacionalismos: el de los armenios que les hacía aspirar a un propia patria en los territorios en que, a pesar de ser la mayoría, sufrían las vejaciones del Gobierno otomano, y la de los turcos quienes ‒después de ver a su Imperio desmoronarse perdiendo, una después de otra, las provincias de los Balcanes pobladas por naciones cristianas‒ no estaban dispuestos a tolerar ulteriores pérdidas de sus territorios, y percibían las reivindicaciones armenias en el corazón de Anatolia como una amenaza vital.

Desde 1863, los armenios constituían un Estado en el Estado, dotado de amplia autonomía y de una propia asamblea representativa reconocida por el Sultán. Tanto antes como después de aquella fecha, los armenios realizaron algunas insurrecciones bajo instigación de Rusia, histórico enemigo del Imperio otomano: en la guerra ruso-turca de 1876-1878 –ocasionada por algunas matanzas de cristianos de parte de los turcos en Bulgaria, y desembocada en la anexión rusa de territorios turcos poblados por armenios y, además, en la independencia de Serbia, Montenegro y Rumania‒ los jefes religiosos armenios desarrollaron un papel activo en la movilización de las poblaciones al lado de Rusia. En el Congreso de Berlín de 1878, solo la oposición de Inglaterra impidió inserir, en el tratado final, un artículo que reconocía a los rusos un derecho de tutela sobre los armenios de los territorios otomanos, pero, de todos modos, fue impuesto a la Sublime Puerta (el gobierno del Imperio otomano) que aportara “las mejoras y las reformas que exigían las necesidades locales, en las provincias pobladas por los armenios”, para los cuales el Gobierno tenía que “garantizar la seguridad contra los circasianos y los turcos”. Las resoluciones del Congreso de Berlín encendieron las reivindicaciones armenias, pero persuadieron al Gobierno otomano de que fuera víctima de un complot urdido por las potencias europeas a través de los armenios. Considerándolos traidores, el Sultán Abdul Hamid II desencadenó algunos pogromos contra ellos. A tal efecto, exacerbó las rivalidades de turcos y curdos contra los armenios y explotó los sentimientos religiosos: las matanzas comenzaban, a menudo, después de que en la mezquita un imam, durante el sermón, había instruido oportunamente a los presentes. Las matanzas, llamadas hamidianas, en alusión al nombre del Sultán, se difundieron a través de ciudades y pueblos armenios y se prolongaron desde 1895 hasta 1897, con una última explosión en la ciudad de Adana en 1909. En ellas perecieron 300.000 armenios, mientras que otros 100.000 tomaron el camino del destierro. Luego, el conflicto mundial con Rusia, que en el primer año de guerra parecía estar en condiciones de aplastar Turquía, ofreció las motivaciones y también las condiciones para llevar a cabo la aniquilación de los armenios.

La imparable eliminación de los cristianos

La segunda interpretación no se detiene en la identificación de los antecedentes directos de los acontecimientos de 1915 y analiza, en cambio, un fenómeno de larga duración, la expulsión de los cristianos del Cercano Oriente, del cual el genocidio armenio representa solo un capítulo particularmente cruento. En este gradual, secular proceso de eliminación hay episodios en los que ‒después de decenios de convivencia según el régimen discriminatorio, pero tolerante de la dhimma, la “protección” otorgada por el derecho musulmán a los cristianos‒, estalla una violencia feroz, puntual: es entonces cuando periódicos arrebatos de intransigencia ‒a menudo, acompañados de la proclamación de la yihad (como, por otra parte, pasó en Turquía en noviembre de 1914)‒, diezman a las comunidades cristianas. Desde este punto de vista, sea la guerra civil libanesa ‒que ha tenido como resultado la concentración de los cristianos en una mínima parte del territorio libanés y, sobre todo, el abandono de Líbano de parte de centenares de millares de maronitas‒, sea las vicisitudes actuales de los cristianos, expulsados de sus regiones por el avance del Estado Islámico, representan las últimas etapas de una evolución que parece acercarse al éxito final. A quien adopta esta perspectiva, le parece llegado el momento de la erradicación definitiva de los cristianos, bajo forma de una inminente última tragedia.

Un debate viejo y polémico

Ambas interpretaciones se fundan en sólidos argumentos, que ponen en tela de juicio los de la parte contraria.

Deportados que atraviesan la ciudad turca de Kharput

Quien ve en el genocidio armenio una consecuencia de la difusión de los nacionalismos nota que los Jóvenes Turcos eran ateos pertenecientes a una logia masónica. Para ellos, el califa representaba el pasado, y los enemigos, o más precisamente los traidores, eran los armenios, y no los cristianos en su conjunto. Por no hablar de que los armenios sobrevivientes encontraron acogida de parte de los musulmanes árabes, en Siria y en Líbano.

Quien, en cambio, se concentra en la perspectiva de la larga duración examina el permanecer de las mentalidades a través de los siglos, y objeta que la liquidación de los demás cristianos ‒griegos, asirios y caldeos, que son la rama católico-uniata de los asirios‒ fue solo pospuesta, y que para los armenios la conversión al islam podía significar la salvación, si no sistemáticamente, al menos en varios casos. Y, sobre todo, observa que los Jóvenes Turcos supieron explotar un difundido anticristianismo, alimentado por invectivas lanzadas desde las mezquitas en los días precedentes a las expulsiones y a las matanzas, que llevaba, además, a destruir las iglesias o a transformarlas en mezquitas, pocos días después de la deportación de los armenios. Más en profundidad, lo que era inaceptable para los turcos, en el acceso de las varias poblaciones cristianas a la independencia, era el hecho de que el sentido de la historia fuera volcado junto con un orden milenario: el destino del islam, así como el del Imperio otomano, que era el guardián del mismo, era el de expandirse para siempre, no de retroceder, y los cristianos, una vez sumisos, debían permanecer en esta condición. Era como si el tiempo se hubiera puesto a fluir al revés. Como dirá, luego, Hasan al-Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes, “la naturaleza del islam es la de dominar, no de ser dominado”. La independencia griega no fue, pues, solo una pérdida de territorios o una derrota militar, que ya ambas habían ocurrido en el pasado, sino la irrupción de una visión alternativa del mundo, en la cual los cristianos ya no eran ciudadanos de segunda clase, de los cuales se esperaba la ineluctable conversión al islam. Cuando, en 1912, el Imperio otomano perdió casi todos los territorios europeos y salvó, a duras penas, Constantinopla y sus alrededores, el pánico y el desconcierto fueron totales. En aquel momento Enver, Ministro de la Guerra durante la Primera Guerra Mundial e ideólogo, junto con Talaat, del genocidio armenio, escribía en una carta a la esposa: “Armenia y Kurdistán serán nuestros vecinos, y los moscovitas nuestros dueños. Nos volveremos sus esclavos. ¡Qué vergüenza para nosotros! ¿Cómo es posible que los otomanos, que una vez eran dueños del mundo, se vuelvan siervos de sus pastores, esclavos y siervos?”.

Cristianos en la mordaza entre Occidente e islam

El debate entre los partidarios de las dos interpretaciones continuará. No es demasiado diferente del que se desarrolla entre quienes sostienen que la creación del Estado Islámico es una consecuencia de la intervención occidental en Irak y, más en general, de un siglo de injerencias en la historia de los países del Cercano Oriente, y quienes, en cambio, reconocen en el autoproclamado Califato el producto de lógicas internas al pensamiento y a la ética islámica. Los dos grupos dan también, evidentemente, una respuesta diferente a lo que es una pregunta recurrente: ¿Cómo es posible que, a pesar de los esfuerzos incesantes hechos por Juan Pablo II para detener la Primera y la Segunda Guerra del Golfo, se haya alimentado la identificación entre Occidente e Iglesia, e incluso entre Occidente y cristianos?

Quién lanza una mirada retrospectiva a más de trece siglos de historia reconoce que los accesos de violencia contra los cristianos son un dato constante, y se da cuenta de que, a partir de finales del siglo dieciocho ‒bastante antes de los Bush y de Saddam Hussein‒, los cristianos de Oriente han sido permanentemente sospechados o acusados de conspirar junto con sus hermanos occidentales contra el Estado y, más bien, contra el islam: introduce así en el debate una visión que relativiza los acontecimientos de los últimos decenios, y que, sin embargo, hace más dramáticas las expectativas para el futuro.

Refugiados armenios en Siria

Por supuesto, no es el caso de colocar al Papa Francisco en los rangos de una corriente historiográfica. Tienen que hacer reflexionar, sin embargo, las palabras con las que, conmemorando el genocidio de los armenios, ha querido hacer abrir los ojos sobre el genocidio ‒es exactamente la palabra que ha usado‒ que se comete actualmente contra los cristianos: “En varias ocasiones he definido este tiempo como un tiempo de guerra, como una tercera guerra mundial ‘por partes’, en la que asistimos cotidianamente a crímenes atroces, a sangrientas masacres y a la locura de la destrucción. Desgraciadamente todavía hoy oímos el grito angustiado y desamparado de muchos hermanos y hermanas indefensos, que a causa de su fe en Cristo o de su etnia son pública y cruelmente asesinados –decapitados, crucificados, quemados vivos–, o bien obligados a abandonar su tierra. También hoy estamos viviendo una especie de genocidio causado por la indiferencia general y colectiva, por el silencio cómplice de Caín”.




UN MÁRTIR ARMENIO: EL BEATO MALOYAN

La experiencia del martirio colectivo es una de las características más típicas de la cristiandad armenia, desde que en el 451 los armenios, una vez vencidos en la batalla de Avarayr, fueron puestos por los sasánidas delante de la alternativa de abandonar el cristianismo para abrazar el mazdeísmo o morir. Entre las muchedumbres de mártires armenios, ocupa un lugar privilegiado Mons. Maloyan, Arzobispo de Mardin. Contrario a toda conmistión entre la fe cristiana y la  política de los patriotas armenios insurreccionalistas, siempre se había comportado como un súbdito fiel del Imperio otomano, hasta el punto que había sido condecorado con un decreto del Sultán, pocas semanas antes de que la situación se precipitara. El 30 de abril de 1915 la policía hizo irrupción en el Obispado, buscando material comprometedor, sin encontrar nada. El día después, Mons. Maloyan dio a conocer su testamento espiritual, en el cual, además de declarar su lealtad respecto al Gobierno, exhortaba a su rebaño a ser fiel a la Santa Sede y fuerte en la fe. El 13 de junio fue arrastrado al tribunal. Allí, el comisario le pidió que le entregara las armas escondidas en su casa. El Obispo, objetando que había sido siempre un ciudadano fiel al Gobierno, le impugnó el derecho de usar violencia contra un jefe religioso reconocido tal por el Gobierno, y reconocido por el Sultán digno de un alto reconocimiento honorífico, que se le había otorgado con un firmán, un decreto imperial. “Hoy es la espada que toma el lugar del Gobierno ‒le respondió el comisario‒. Tu condecoración y tu firmán no sirven para nada”.

El comisario le propuso, entonces, que se hiciera musulmán para obtener salva la vida. Mons. Maloyan replicó que nunca habría renegado a Jesús ni traicionado a la Iglesia, y que era un gozo para él sufrir por Cristo cualquier suplicio, aun la muerte. Entonces, un soldado lo abofeteó brutalmente y el comisario lo golpeó violentamente en la cabeza, con la culata de la pistola. Luego, los soldados le arrancaron las uñas de los pies y lo obligaron a caminar, junto con otros fieles, hacia el lugar de la ejecución, donde el comisario leyó la sentencia de muerte: “El Estado les ha concedido muchos favores; en cambio, ustedes han traicionado al país. Por eso, son condenados a muerte. Sin embargo, si alguien se vuelve musulmán será liberado y volverá a Mardin”.

Juan Pablo II ha reconocido como auténtico martirio la muerte de Mons. Maloyan, y lo ha beatificado solemnemente el 7 de octubre del 2001. 

Son innumerables los fieles armenios, quienes, como Mons. Maloyan, han preferido morir antes que abraza el islam. “Es mejor morir por nuestra religión que vivir por la de ustedes”, dijo uno de ellos al verdugo quien le había ofrecido la alternativa de la conversión. Algún sobreviviente, que se había salvado de las matanzas porque estaba cubierto por un montón de cadáveres o había sido dejado por muerto, nos ha hecho llegar sus testimonios, en los que se encuentra de nuevo la atmósfera de las actas de los mártires de los primeros siglos del cristianismo.

  

Michele Chiappo

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)


26/09/2015

 

 

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