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ASIA BIBI

El martirio de los cristianos en Pakistán

 

      

La historia de Asia Bibi adquiere cada vez mayor notoriedad. La ha contado ella misma a un periodista francés, Anne-Isabelle Tollet, que ha hecho de esta un libro, traducido también en español. Sus vicisitudes resumen la condición de los cristianos en Pakistán, y ponen de relieve algunas de las contradicciones no resueltas de aquel gran país.

Casada y con cinco hijos, de los cuales una minusválida, Asia Bibi vive en una aldea de Punjab, la provincia más populosa y rica de Pakistán, y también la con el mayor número de bautizados.

En la aldea, además de la suya, está solo otra familia cristiana. La mayoría de los pocos cristianos de la región son descendientes de los parias, los intocables, y se han convertido al cristianismo poco antes de la división de India y Pakistán, ocurrida en 1947. Llevan consigo, pues, una marca social, en la cual luego se ha injertado la discriminación, en base a la religión, de parte de la mayoría musulmana.

El marido de Asia trabaja en una fábrica de ladrillos: gana bastante para enviar a los hijos a la escuela pública, en espera de que puedan cualificarse y tener un futuro mejor. La simple, serena monotonía de su vida en una aldea muy pobre donde la electricidad suscita maravilla todavía y un viejo televisor, recuperado de un vertedero de la capital, es la única diversión queda alegrada por las solemnidades cristianas: entonces toda la familia, con los vestidos más lindos, viaja por horas en un viejo autobús por caminos polvorientos hasta una pequeña ciudad donde está su parroquia, para participar en la Misa. "Antes de toda esta historia cuenta Asia estaba feliz con mis seres queridos".

Para ella todo cambia el 14 de junio de 2009. Ese día sale de casa a primeras horas de la mañana para participar en la cosecha de las bayas, acogiendo el consejo que le había dado la propietaria de la tienda de comestibles: así, al final del día, habría podido ganar 250 rupias, bastante para comprar dos kilos de harina, con los cuales preparar la merienda para los hijos por toda la semana. Una vez llegada al campo, le muestran el balde que debe llenar para recibir esas 250 rupias. Es más grande que el de las demás mujeres: es también así cómo le recuerdan que ella es cristiana.

Acusada de blasfemia

Alrededor del mediodía, con 45° de temperatura, va a beber a un pozo cercano. Mientras bebe, oye un refunfuño. Continúa bebiendo y ofrece el vaso a una mujer que se le ha acercado, le ha sonreído y ha alargado el brazo para aceptar el vaso. En ese momento oye un grito: "No bebas, es haràm!". Al oír la palabra haràm, "prohibido, impuro", todas las mujeres que estaban mirando su balde levantan la cabeza. "Esta cristiana explica la mujer que ha intervenido, la costurera de la aldea ha hecho impura el agua del pozo, bebiendo de nuestros vasos y reponiendo el balde en el pozo. Esta agua es haràm. No podemos beber por culpa suya". Ella no comprende: ha trabajado en la ciudad por seis años en casa de una pareja de ricos funcionarios, buenos musulmanes, y para ellos no era un problema que una cristiana preparara sus comidas y lavara sus vajillas, y la amaban como a una hija.

"Tengo la impresión objeta Asia de que sobre esta cuestión Jesús tendría un punto de vista diferente de Mahoma". Para esas mujeres, una cristiana no podría ni pronunciar el nombre de Mahoma. Asia sabe que un cristiano tiene que bajar la cabeza y callarse, pero el sentido de injusticia y las humillaciones la han hecho hablar. "¿Cómo te atreves a nombrar al profeta, bestia inmunda? Conviértete al islam para librarte de tu sucia religión". "No quiero convertirme responde Asia, tengo fe en mi religión y en Jesús, quien se ha sacrificado en la cruz por los pecados de los hombres. ¿Qué ha hecho el profeta de ustedes, Mahoma, para salvar a los hombres? ¿Por qué tendría que convertirme yo y no ustedes?". Las mujeres la empujan, la golpean, la insultan, le escupen en la cara.

Cuatro días después es detenida con la acusación de blasfemia y llevada a la cárcel en una ciudad cercana. Desde entonces, ella vive en una celda minúscula, frecuentemente en aislamiento para proteger su incolumidad, porque, en la mayoría de los casos, quien está acusado de blasfemia es asesinado en celda por un compañero de reclusión o por un carcelero.

Para sus necesidades recurre a una depresión en el suelo, recogiendo luego sus excrementos en una bolsita de plástico que los carceleros recogen una vez al día. Prepara ella misma sus comidas, para reducir el peligro de un envenenamiento. Ha declarado en diversas ocasiones que no tiene miedo a la muerte, pero teme por la incolumidad de sus seres queridos, que poco después de su detención han debido abandonar la aldea. Una vez condenada a muerte, su apelación ha sido rechazada y está todavía en espera del pronunciamiento de la Corte Suprema, que ha acogido la reexaminación del caso.

El Gobernador de Punjab, Salman Taseer, y el Ministro de las Minorías Religiosas, el católico Shahbaz Bhatti, que la habían visitado en la cárcel y habían pedido al Gobierno su liberación y la abolición de la ley sobre la blasfemia, han sido asesinados en el 2011, a pocos meses el uno del otro. "Un musulmán y un cristiano que derraman su sangre por la misma causa: tal vez en esto ha escrito Asia está un mensaje de esperanza".

Algunas campañas en su favor, conducidas en todo el mundo, han obtenido, hasta ahora, solo la suspensión de la ejecución de la pena.

Asia Bibi se ha vuelto un icono no solo de la situación de los cristianos en Pakistán, sino también de cuantos musulmanes sunitas, que constituyen la mayoría del país, o chiitas, ahmadiyya, hindúes, sikhs o cristianos se han quedado víctimas de la ley sobre la blasfemia, que se presta a muchos abusos.

Una vez transformada en símbolo, Asia se ha sorprendido por recibir tanta atención ella, una campesina que solo en la cárcel ha aprendido a leer, gracias a una carcelera cristiana y se ha conmovido hasta las lágrimas cuando su marido, en una visita, le ha dicho que Benedicto XVI había lanzado una apelación para ella en la Audiencia general, el 17 de noviembre de 2010: "Quiero expresar mi cercanía y solidaridad espiritual a la señora Asia Bibi y a sus familiares, a la vez que pido que le sea devuelta la libertad lo más pronto posible".

La deriva fundamentalista

La ley sobre la blasfemia, introducida en 1986 por el general golpista Zia-ul-Haq, ha causado, hasta ahora, la incriminación de al menos mil personas y la muerte de unas sesenta, la mayor parte de las cuales víctimas de muchedumbres enfurecidas.

La adopción de esta ley corresponde a una tendencia general en todo el mundo islámico en aquel período los años setenta y ochenta, en el cual los códigos legislativos y las mismas constituciones han sido hechos más conformes a la sharía. En aquella época, varios dictadores y autócratas de Assad a Saddam, de Moubarak a Zia-ul-Haq han desempeñado el papel de los defensores de la religión, para evitar ser impugnados por los movimientos fundamentalistas.

Pakistán no podía escapar de esta tendencia general, dada su peculiaridad. En efecto, Pakistán se ha constituido sobre una base religiosa. Contra el proyecto de Gandhi, quien quería una India unida, respetuosa de todas sus tradiciones espirituales, Muhammad Ali Jinnah, padre del Pakistán moderno, sostuvo que hindúes y musulmanes eran tan diferentes que no podían vivir juntos en un único Estado. Según su visión, islam e hinduismo eran más que simples religiones: se trataba de sistemas sociopolíticos omnicomprensivos, inconciliables uno con el otro, por tanto, la hipótesis de un Estado en el cual los musulmanes fueran una minoría era, para Jinnah, inaceptable.

Pakistán surgió, pues, como Estado islámico y, desde su inicio hasta hoy, no ha dejado de interrogarse sobre la propia naturaleza: ¿Ser un Estado islámico significa simplemente acoger a los musulmanes y permitirles vivir su religión? ¿O implica también una islamización constante, con la consecuencia, además, de sustituir el viejo sistema legal heredado de los ingleses y hacerlo cada vez más conforme a la sharía, rompiendo con los conceptos de democracia y libertades individuales, liquidados como "occidentales" o "colonialistas", y afirmando, al contrario, la "autenticidad" islámica?

En el marco de esta ambigüedad, inherente al Estado paquistaní, y de este choque entre concepciones divergentes, se comprende mejor cuáles fuerzas están actuando en el caso Asia Bibi. Encerrada en este mecanismo, más grande que ella, que arriesga arrollarla, nos hace llegar su grito: "Cuenten lo que me ha sucedido. Háganlo conocer. Es la única oportunidad que tengo de no morir en esta celda. Tengo necesidad de ustedes. ¡Sálvenme!".

Michele Chiappo

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)




Asia Bibi (con Anne-Isabelle Tollet), ¡Sacadme de aquí!, LibrosLibres, Madrid 2012.


 

7/10/2016

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis