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Noticias desde África

 

 


CAMERÚN EN MINIATURA:

AL DESCUBRIMIENTO DE LA CIUDAD DE MBALMAYO/4


  Terminamos la presentación de la historia y de algunos principales desafíos de Mbalmayo a través de la entrevista al P. Apollinaire Ebogo, un depositario importante de los acontecimientos vividos por esta ciudad de Camerún.


de ciudad cruel a ciudad bendiTA

La contribución de la Iglesia. Entrevista a Apollinaire Ebogo


Apollinaire Ebogo es el más anciano de los sacerdotes de la Diócesis. Gracias a su ministerio sacerdotal, él ha podido adquirir un gran conocimiento de la ciudad de Mbalmayo. Ha sido formador en el Seminario menor Saint-Paul, responsable de la parroquia de Mbockulu, párroco de la Catedral y capellán de los bachilleratos superiores y de los colegios, sin olvidar el cargo de Vicario episcopal que ha ejercido por largo tiempo. Él es, sin duda, una verdadera biblioteca viviente, un depositario importante de la historia de Mbalmayo.



 

* A partir de su rica experiencia, ¿nos puede presentar la contribución de la Iglesia católica a la edificación de la ciudad de Mbalmayo?

Yo conocía la ciudad de Mbalmayo incluso antes de llegar a ella (en 1963), porque mis padres, que venían aquí para vender las nueces de palmera, contaban de las maravillas de esta famosa ciudad, entre las cuales resaltaba el tren.

Desde hace tiempo, con motivo de sus realizaciones materiales y sociales, la Iglesia había sido solicitada por los jefes de la región, a establecerse con ellos. En particular, el Jefe de Mbalmayo, Foe Avodo, en 1928, pidió al Obispo de Yaundé, Mons. François-Xavier Vogt, que enviara algunos sacerdotes para establecerse en su ciudad.

Ya desde su llegada a Vimli (antiguo nombre de Mbalmayo), los sacerdotes misioneros habían hecho de una parte de la ciudad, actualmente llamada New Town, un centro turístico que visitar. Hoy todavía se encuentran allí no solo los edificios característicos de la vida eclesial, como la Catedral o las residencias de los sacerdotes y de las monjas, sino también algunas estructuras de carácter social: el hospital, el jardín de infancia, el complejo de las escuelas primarias y el colegio Saint-Cœur de Marie.

Además de la contribución más típica a favor de la promoción humana, la Iglesia se presentó, en el principio, como protectora de las poblaciones. Conservo el recuerdo de los sacerdotes misioneros quienes, alrededor de los años 1930, fueron condenados a pagar algunas multas a la administración colonial porque se oponían a los trabajos forzados para la construcción del camino Adzap-Benebalot, no lejos de Mbalmayo. El padre Pierre Pichon (1890-1968), párroco de Minlaba, la más antigua misión de la Diócesis de Mbalmayo, fundada en 1912 por los Palotinos, fue incluso expulsado y enviado de vuelta a Francia por el mismo motivo.

Pienso también en la mediación desarrollada por el padre Albert Moll (1909-1972), espiritano, con ocasión del asesinato del Jefe de Subdivisión de Mbalmayo, Jean Boyer, en 1947, cuando la administración colonial quería reaccionar con represalias contra la población. ¡Fue gracias a la Iglesia como tantos inocentes salvaron su vida!

Después de ejercer una función importante en el desarrollo de la ciudad en sus orígenes, posteriormente la Iglesia pareció replegarse sobre sí misma, ocupándose solo del mantenimiento de cuanto había adquirido ya y de su función litúrgica.

Con el nombramiento de Mons. Paul Etoga en 1961, afortunadamente, la ciudad de Mbalmayo se despertó de su letargo. Por haber servido durante largo tiempo en parroquias del campo y por cinco años en Yaundé, la capital, como Obispo auxiliar, Mons. Etoga fue el hombre ideal para nuestra ciudad, de la fisonomía al mismo tiempo semiurbana y semirrural. Mbalmayo alcanzó, de esta manera, una extensión urbanística exponencial, sobre todo, en el barrio de Mbockulu donde el Obispo se había establecido y había construido el Seminario Saint-Paul.

Los esfuerzos a favor de la promoción humana fueron redoblados y el mismo dinamismo continuó y se acentuó, por otra parte, con su sucesor, Mons. Adalbert Ndzana; el sector de intervención sanitaria de la Iglesia católica, al cual él dio un gran impulso, es uno de los más importantes de la ciudad: fueron construidos tres grandes hospitales que ofrecen tratamientos de calidad (Saint-Rosaire, Saint-Luc, Zamakoé).

También el sector de la educación se benefició de la contribución de la Iglesia. Surgieron algunas escuelas renombradas en los varios niveles escolares. Basta pensar, con respecto a las escuelas superiores, en los bachilleratos superiores Saint-Cœur de Marie, Nina Gianetti e Jean-Paul II.

Por lo que se refiere a la contribución de la Iglesia católica en Vimli-Mbalmayo, podría decir: "Quiten a la Iglesia y Mbalmayo se hunde".

* Su ministerio le permitió frecuentar a las familias y las asociaciones pertenecientes a los varios grupos étnicos presentes en nuestro ambiente. Como pastor, usted actuó a favor de la solidaridad. ¿Nos puede hablar de este gran desafío al que está enfrentada nuestra ciudad?

Uno de los más grandes desafíos que interpela a la Iglesia ahora en Mbalmayo es exactamente el vivir juntos entre grupos étnicos diferentes. La Iglesia, que actuó por la formación integral del hombre por medio de la educación y la sanidad, tiene que insistir en el hecho de que la vida sacramental y de oración están llamadas a impregnar concretamente la vivencia cotidiana. Es solo a esta condición como se podrán superar todas las barreras y los particularismos.

En efecto, también en las parroquias de la ciudad, las cofradías y los grupos viven, a menudo, en yuxtaposición étnica, como el resto de la población. En la misma parroquia, por ejemplo, podemos encontrar a la coral Bamiléké junto a la coral Beti, como en el mismo barrio existen las asociaciones Bamiléké y las Beti.

Cuanto más la vida social y política nos interpelen, tanto más la Iglesia de Mbalmayo tendrá que despertarse y asumir el desafío de la acogida recíproca, para superar las desconfianzas y las agrupaciones étnicas.

¿Cómo se podrá llegar a esto? Una vez más la Iglesia está llamada, como en 1930 y en 1961, a actuar por la "salvación" de la ciudad de Mbalmayo y a librarla de todo lo que frena su progreso.

La llegada del nuevo Obispo, Mons. Joseph-Marie Ndi-Okalla, en este sentido, nos llena de esperanza. La Iglesia de Mbalmayo pide al Espíritu Santo, para él, la gracia y la fuerza de un ministerio iluminado y de un testimonio profético. Él es originario de la nuestra región, y está plasmado por una gran experiencia. Está llamado a injertar su original concepto teológico del "sacramento de la fraternidad" en la práctica pastoral.

Las jornadas pastorales de octubre del 2017, promovidas por el Obispo, y que han congregado a más de trescientos delegados sacerdotes, religiosos y laicos de las varias parroquias de la Diócesis y de etnias diferentes, son, sin duda, un signo importante de esta nueva dinámica de comunión.

Estas jornadas, una novedad en su género en nuestra Diócesis, fueron precedidas por otro importante acontecimiento eclesial: la visita a Mbalmayo del Cardinal Dieudonné Nzapalainga, Arzobispo de Bangui (capital de la República Centroafricana), acompañado de una trentena de Obispos de África Central, con ocasión de su Asamblea Plenaria que se celebró en Yaundé, en el mes de julio del año pasado. En aquella circunstancia, nuestro Obispo quiso que la ciudad fuera solemnemente bendecida por esta importante delegación, para ayudar a nuestras poblaciones, muy atentas a los signos religiosos, a comprometerse de manera resuelta a fin de que Mbalmayo, antaño llamada "ciudad cruel", pueda volverse una ciudad de gracia, una ciudad bendita.

* Lo agradezco por esta mirada histórica sobre la ciudad de Mbalmayo y por habernos abierto el libro de su preciosa experiencia.

(A cargo de Franco Paladini)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)



17/07/2018

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis