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EL NUEVO LÍDER DE BRASIL AMENAZA LA AMAZONÍA;

UNA TRIBU SE PREPARA PARA PELEAR/2

 

   


Una recuperación en la cima del abismo

En Brasil hay unas 896.000 personas indígenas que representan menos del 0,5 por ciento de la población. Pertenecen a 300 tribus y hablan más de 270 idiomas.

Son porcentajes pequeños, en comparación con los millones que pertenecen a pueblos indígenas en países como Bolivia y Perú. Porque hace medio siglo estaban cerca de la extinción.

En 1500, cuando llegaron los primeros colonizadores portugueses, había entre tres y cinco millones de personas en lo que después sería llamado Brasil.

La viruela y otras enfermedades que trajeron los europeos mataron a cientos de miles. Después, establecieron la esclavitud en plantíos de azúcar y con la llegada de personas en busca de lucrar con el caucho, a partir de la década de 1870.

Por los años sesenta, cuando empezó la dictadura brasileña, la población indígena rondaba las 100.000 personas. Los generales consideraron a las comunidades indígenas un impedimento para el desarrollo, y las expulsaron de pueblos remotos para intentar asimilarlas.

Esta política fue abandonada en 1988 con la nueva Constitución, que pretendía reparar los abusos del pasado con el establecimiento de un proceso, para definir y proteger territorios indígenas. Ahora hay más de seiscientas reservan que suman el 13 por ciento del país; es algo que nunca ha caído bien a los mineros o leñadores.

Aquí, a lo largo del río Tapajos, los munduruku -que juntos suman más de 14.000 integrantes- han quedado separados en decenas de pequeños pueblos, en un territorio algo más grande que todo El Salvador.

Sin embargo, a medida que la recesión azotó el noreste y los Estados de la Amazonía, de por sí empobrecidos, empezaron a llegar los extranjeros y sus familias a tierras munduruku. Volvieron a echar a andar las minas de oro que el Gobierno había cerrado en los 90.

Cuando llegaron a los poblados sobre el Tapajós, en el 2015, encontraron a comunidades en estados peores que las suyas.

En una, Caroçal Rio das Tropas, las familias viven en chozas de madera deterioradas y duermen en hamacas. Hay perros muy delgados con heridas sin curar que olfatean a ver qué sobras consiguen. Cuando alguien es mordido por una serpiente venenosa, se usa el mismo cuerpo de la serpiente a modo de torniquete, mientras el paciente hace el viaje de seis horas en barco a la ciudad más cercana.

A algunas familias les va mejor que a otras: tienen televisores, teléfonos celulares y otros electrodomésticos que usan con ayuda de generadores viejos. Según Ezildo Koro Munduruku, eso se debe a las ganancias por la minería ilegal, que han transformado tanto el área como a la tribu.

"La generación de nuestros abuelos tenía una organización muy fuerte", dijo Ezildo, de 41 años. "Todos estaban unidos y había poco contacto con gente blanca".

A medida que crecieron los campos de mineros -y con ellos la llegada de los alimentos procesados, las drogas, el alcohol y la prostitución-, muchos hombres munduruku intentaron hacer dinero. Cambiaron sus dietas; adoptaron vicios. Muchos munduruku temen que su estilo de vida haya sido alterado de manera irreparable.

"Entre las familias hubo enfrentamientos de hermano contra hermano", dijo Ezildo.

Algunos líderes indígenas argumentaron que la minería podía ser una bendición que no causaría tanto daño ambiental. Pero los beneficios del oro fueron modestos y pasajeros.

"Estamos enfermos, física y espiritualmente", dijo Ezildo. "Si uno gana por cien gramos de oro, lo gasta en alcohol o prostitutas".

Para sobrevivir

Después de tres días de debate, las mujeres de la tribu dieron la última palabra. Algunas señalaron directamente a algunos de los hombres y otras lloraron cuando estaban frente al micrófono.

Pero, al final, Maria Leusa Kabá, la mujer que ayudó a organizar la rebelión contra los mineros, levantó un cartel donde estaba escrito un resumen del plan.

"Paralizar la actividad minera ilegal en el área indígena, limpiar el territorio y expulsar a los invasores de las tierras munduruku", decía.

Los mineros sabían que se acercaba la revuelta e intentaron detenerla. Volaron al pueblo armados con enormes bolsas de arroz, frijoles, pasta y hasta gaseosas sabor a uva y naranja.

Cleber da Silva Costa, el minero que llegó con las ofertas, les dijo que sabía que lo que él y los otros mineros estaban haciendo era ilegal y dañino para el medioambiente. No obstante, intentó convencerlos de que su crimen era tan solo síntoma de un error mucho más grande.

"Si no hubiera tanta gente corrupta en el Congreso, sería factible pensar en la preservación del ambiente", les dijo.

Da Silva, de 47 años y padre de tres hijos, dijo que su campamento había hecho más a favor de mantener a las comunidades indígenas que para destruirlas.

"Lo poco que tienen hoy es gracias a los mineros", aseguró. "El Gobierno no ayuda. Todo el dinero se lo roban. Puede que estemos haciendo mal, pero acá la ley es cómo sobrevivir".

'Esta tierra no es suya'

Unos treinta integrantes de la tribu, con armas en mano, salieron para expulsar a los mineros.

Pero, después de un trayecto de más de seis horas a través de ríos, pantanos y colinas, estaban hambrientos y exhaustos cuando llegaron al primer campamento minero.

Amarildo Dias Nascimento, el supervisor de la zona, se dio cuenta de que se acercaba un enfrentamiento. Entonces buscó darles una gran bienvenida a los munduruku; instruyó a sus cocineros para que hicieran pollo, arroz y frijoles para los invitados.

"Esta noche enfoquémonos solamente en la alegría", les dijo.

Nascimento, de 47 años, argumentó que los mineros solamente querían sobrevivir.

"A muchos no les queda más opción", dijo, y señaló a los hombres del campamento. "¿Mejor ser ladrón en Río de Janeiro? Muchos están aquí porque no quieren recurrir a eso. Estamos luchando por el pan de cada día".

La mañana siguiente, Maria Leusa convocó a los mineros mientras amamantaba a su bebé.

"Esta tierra es nuestra", les dijo. "Esta tierra no es suya. Aquí es donde nosotros conseguimos el sustento para nuestros hijos. No dependemos del oro, sino de las frutas y de los animales que han alejado".

Nascimento escuchó con la cabeza inclinada.

"Cuando nos diga que nos vayamos, lo haremos", le dijo a Maria Leusa.

La reunión terminó y varios integrantes de los munduruku se subieron a una excavadora manejada por uno de los mineros, para evitar cruzar una zona muy lodosa a pie. Pero se fueron sin que quedara claro cuándo se irían los mineros, o si lo harían.

Los munduruku llegaron al siguiente campamento, donde pretendían dejar claro el mismo mensaje. Pero aquí había más gente y la bienvenida no fue la misma. Varios estaban alcoholizados.

"Tuvimos que regresar porque estaban armados", dijo Maria Leusa.

Ernesto Londoño

(Continúa)


© Il Sismografo (The New York Times) - 11 de noviembre de 2018
    Fotos a cargo de la redacción de www.missionerh.it

 


16/11/2018

 

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