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Noticias desde el Paraguay

 

 

“ANTE TI PUSO EL FUEGO Y EL AGUA”

Celebración en la parroquia Virgen de las Mercedes de Tacuatí

 

“Si tú quieres, puedes observar los mandamientos”. Así empezaba la primera lectura de la Misa de ese domingo, celebrada por Emilio en la iglesia parroquial, Virgen de las Mercedes de Tacuatí, durante su visita pastoral, el pasado mes de febrero.

La lectura del Sirácides continuaba diciendo: “Ante ti puso el fuego y el agua: extiende la mano a lo que prefieras. Delante de los hombres están la vida y la muerte, a cada uno se le dará lo que ha elegido. (Sir 15, 16-17).

“Observar los mandamientos del Señor subrayaba Emilio en la homilía es algo que cada uno puede hacer, si quiere. Si quieres, puedes observar el mandamiento de santificar el día del Señor. Es algo que, si no estás enfermo, puedes hacer. Muchas veces, en cambio, se dice: ‘No he podido…’. Pero, si alguien no lo hace, es porque no quiere”.

El Evangelio del día terminaba con las palabras: “Digan sí cuando es sí, y no cuando es no; cualquier otra cosa que se le añada, viene del demonio” (Mt 5, 37). “Cada uno tiene su conciencia y su libertad añadía Emilio para decir sí o no, para aceptar o rechazar la invitación del Señor. Nadie está obligado a hacer una cosa u otra. Pero, cada cual debe ser plenamente consciente de que, si no observa los mandamientos, es porque no quiere. Con el Señor no se pueden decir tantas palabras de más o multiplicar las excusas, que ofenden solo su inteligencia”.

Libres de elegir

Dios ha creado al hombre dándole una razón y “confiriéndole afirma el Catecismo de la Iglesia Católica la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. Quiso Dios ‘dejar al hombre en manos de su propia decisión’ (Sir 15, 14), de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección” (n.° 1730).

Lo que distingue al hombre, fundamentalmente, de cada otro animal es no solo el hecho de que él es “dotado de razón”, sino también el hecho de que su existencia no está tejida en la trama universal de la naturaleza, completa y rigurosamente determinada en su desarrollo por leyes biológicas, físicas o químicas.

El hombre está puesto frente al proyecto, a la petición de realizar él mismo las diferentes posibilidades históricas y metahistóricas que se le ofrecen, cumpliendo actos que manan de sus elecciones.

Entre los actos que el hombre cumple, hay aquellos en los cuales los hombres actúan como las plantas o los animales, por ejemplo, el dormir, el respirar, el digerir. Son actos de un hombre, como podrían serlo también de un animal. Pero, con respecto a los demás seres, el hombre tiene esto como específico, que puede ser “dueño del propio acto”, cumpliendo, pues, consciente y libremente un “acto humano”[1].

En efecto, “dar a luz a un hijo y ser padre y madre comentaba Emilio es diferente del reproducirse que hace también el animal. No se es padre o madre, solo porque se ha puesto al mundo a un ser viviente. Esto es algo que también un animal hace. Se es padre o madre, porque el hijo, antes de nacer del vientre, nace del corazón, de la mente, del amor, de la fidelidad de dos personas que se aman, que han dejado a su familia para formar una sola carne por toda la vida, y no por una noche, y por una elección libre, personal, no delegada y no impuesta. Se es padre o madre, porque el hijo es amado, sacrificándose cada día, dándole cotidianamente la vida”.

Es un tal acto humano, en cuanto producido por elecciones deliberadas, el que contribuye a construir la fisonomía espiritual profunda del hombre, dice la Veritatis splendor (n.° 71) trayendo las palabras de san Gregorio Niseno: “Así, nosotros somos en cierto modo nuestros mismos progenitores, creándonos como queremos y, con nuestra elección, dándonos la forma que queremos”.

Una libertad situada

Es en el acto humano en que se ejerce y se lleva a cabo el libre albedrío, la libertad de elegir, con la colaboración del intelecto y de la voluntad. “Ante ti puso el fuego y el agua: extiende la mano a lo que prefieras”.

Ciertamente, la Iglesia recuerda siempre que la libertad del hombre no es absoluta, sino situada históricamente en el espacio y en el tiempo. El hombre, llamado a la infinidad de la vida, experimenta la finitud de su ser. Cada uno nace en un lugar y en un tiempo que no ha elegido. Nace hombre o mujer, sin que sea escuchado su parecer. La vida es donada y a nadie se le pregunta si quiere aceptarla. También el tiempo es dado, sin que se diga cuán largo pueda ser. Y, además, también las situaciones históricas en las cuales se pueden ejercer la libertad de elección no son las mismas para todos.

Más profundamente todavía, el hombre hace experiencia de su innata miseria existencial que deriva del pecado original, de modo que, después de la caída, el libre albedrío se ha vuelto como no libre, no iluminado, enfermo, ignorante. Es un libre albedrío seguramente debilitado y propenso al mal, a pesar de esto, sin embargo, no se ha extinguido o borrado mínimamente[2].

También en las situaciones extremas, siempre permanece en el hombre la capacidad de elegir, aunque sea solo el modo de morir. Cuando el término del camino se vuelve ineluctable y la muerte es el único horizonte que se presenta, el hombre puede todavía, en el morir, no traicionarse a sí mismo y no traicionar todo aquello en que ha creído, puede vivir todavía su muerte como don, y no dejarse quitar la vida ni por el destino ni por la suerte y ni siquiera por Dios. La vida, “nadie me la quita, sino que yo mismo la entrego”, decía Jesús (cf. Jn 10, 18).

“Muero tranquilo, pero no satisfecho escribía uno de los últimos combatientes hebreos del gueto de Varsovia golpeado, pero no sometido, amargado, pero no desilusionado, creyente, pero no suplicante, colmado de amor a Dios, pero sin responderle ciegamente ‘amén’”[3].

La fe no se impone

“Delante de los hombres están la vida y la muerte, a cada uno se le dará lo que ha elegido”. Ciertamente, la libertad de elección se vuelve auténtica libertad, se transforma en vida, solo en el amor. Solo en el servir a Dios, en el Bien, el corazón se vuelve verdaderamente libre. En el rechazo, en el pecado, el hombre se pone en una condición de esclavitud, de una “libre voluntad” no libre (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1733).

“Pero, la ley del Señor, el Evangelio, no se impone a nadie subrayaba Emilio. Se propone a todos, se anuncia a todos. No se puede utilizar, sin embargo, la fuerza o la coerción para inducir a alguien a observar la ley del Señor. Es necesario descubrir la libertad que Dios ha donado al hombre y el precio que esta comporta. Dios respeta la libertad del hombre hasta el punto que, para hacerlo libre, Cristo ha derramado su sangre, sabiendo que corría riesgo de ser también rechazado”.

“Tú no quisiste privar al hombre de su libertad decía el Gran Inquisidor y repeliste la tentación; te horrorizaba la idea de comprar con panes la obediencia... Tú querías el libre amor del hombre, para que, espontáneamente, te siguiese, seducido, y cautivado por Ti… Ansiabas libre amor, y no por el fervor servil, involuntario, obtenido mediante la fuerza, amedrentándolo de una vez para siempre”[4].

Allá donde no hay libertad sino necesidad, miedo y servilismo, no puede estar Dios, porque Él es conciencia, libertad, amor. “El Señor lo ve todo y no obliga a nadie a amarlo decía Emilio, pero es a la conciencia del hombre a la cual Él se presenta, a nuestra conciencia que debemos despertar y no delegar a nadie, tampoco a Dios”.

Porque la ley suprema del mundo no es la ineluctable necesidad cósmica o simplemente humana, sino el diálogo de la libertad de Dios con la libertad del hombre, que se desarrolla en lo profundo de la conciencia humana[5].

“El hombre es su conciencia tenía que haber pensado, antes de morir, Tomás Moro. Muero para ser fiel a mí mismo y a quienes creen todavía en la grandeza y en la libertad del hombre”[6].

“La conciencia limpia es la belleza de quien teme al Señor terminaba Emilio–, porque el hombre sabe que allá Dios lo mira, lo conoce, lo ama”.

(A cargo de Giuseppe Di Salvatore)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

______________________

[1] Cf. Tomás de Aquino, Quaestiones disputatae de virtutibus, q. 1, a. 4.

[2] Cf. Indiculus, DzS 248; cf. Tridentinum, DzS 1521.

[3] Zvi Kolitz, Yossl Rakover si rivolge a Dio, Edizione CED, Milano 1998, 27-28.

[4] Cf. F. Dostojevski, La leggenda del Grande Inquisitore. Introduzione di J. Imbach, Edizioni Messaggero, Padova 1982, 86.91.94.

[5] Cf. J. Ratzinger, Introduzione al cristianesimo. Lezioni sul simbolo apostolico, Queriniana, Brescia 1996, 118.

[6] Cf. P. Castillo Martínez, Tomás Moro. Retorno a Utopía, San Pablo, Madrid 2006, 68.284.


30/03/2014


 

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