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ACOMPAÑAR A LOS JÓVENES AL ENCUENTRO CON JESÚS/1

Curso de formación para los catequistas de Zeballos Cué

 

 

No siempre se considera la función del catequista como un compromiso que implica in primis su misma vida.

A veces, se asume el encargo de catequista por puro voluntariado; otras veces, porque se tiene tiempo libre y se quiere hacer una obra buena, pero difícilmente se encuentran a personas conscientes de las implicaciones que este compromiso comporta en la propia vida.

El P. Emilio Grasso, invitado por el segundo año seguido en la parroquia Medalla Milagrosa de Zeballos Cué[1], un barrio periférico de la capital, Asunción, ha impartido un curso de formación para los catequistas, y ha insistido mucho en la idea que “la catequesis es el catequista”. No basta impartir unas nociones de doctrina católica, sino que es necesario que quien enseñe, viva en persona lo que afirma.

Los jóvenes que son confiados al catequista comprenderán “quien” es la Iglesia si verán en la persona del catequista la donación y el amor del Señor. Solo así podrán comprender que en la Iglesia están quien los escucha, quien los corrige y quien los educa en el verdadero amor, para que la propia vida esté conforme con la voluntad de Dios. Y esto sobre todo en ciertos lugares, como en aisladas Capillas de extensas parroquias del Paraguay, en las que verdaderamente el catequista es el único punto de referencia.

Es grande la responsabilidad de los catequistas, porque ellos pueden dar a un muchacho la posibilidad de conocer el camino de la verdadera felicidad, pero pueden también escandalizarlo y alejarlo para siempre de la vida de la Iglesia.

La primera educación, en efecto, en los niños se realiza a través de la vista y no a través del oído. Un catequista que dé un testimonio contrario a lo que anuncia puede destruir la vida cristiana de los jóvenes y deformar sus conciencias. En este sentido, es mejor no hacer catequesis que tener catequistas que puedan destruir el germen de fe presente en la vida de personas inocentes.

En esta fase de crecimiento, se podría contribuir a crear en el adolescente una dicotomía entre la palabra y la vida y, con el paso del tiempo, si este no encontrará a buenos testigos que lo sepan ayudar, la dicotomía no podrá sino aumentar, hasta transformarlo en una persona no coherente y con una mentalidad hipócrita.

La función del catequista es la de ser como un puente entre Dios y los muchachos que le son confiados. Él tiene que anunciar la palabra de Dios, para que se fortalezca la fe, pero su objetivo debe ser el de acompañar a los jóvenes al encuentro con Jesús. Tiene que hacer de manera que la libertad de los muchachos encuentre la libertad del Señor y los jóvenes lleguen a afirmar, como los Samaritanos a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú has contado. Nosotros mismos lo hemos escuchado y sabemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4, 42).

Los numerosos catequistas de Zeballos Cué han escuchado, con mucho interés, lo que el P. Emilio se lo ha dicho, porque se han sentido afectados en tantos problemas que viven en el difícil ámbito de la educación juvenil.

En la enseñanza catequética no puede faltar un trabajo sobre la inteligencia. Frecuentemente, se enseña partiendo de un imperativo categórico, imponiendo una voluntad, en vez de hacer entender por qué precisa actuar de cierta manera. Por eso, es importante educar al mismo tiempo la memoria, la inteligencia y la voluntad del joven, y el catequista tiene que ser una persona preparada, a fin de que pueda disponer de instrumentos para hacer comprender las razones de las cosas. No es fácil, hoy, en un mundo homologado, evangelizar a muchachos cuya mente está bombardeada por una miríada de mensajes que no tienen nada que ver con el discurso evangélico.

También en los numerosos desafíos que se presentan, el catequista tiene que saber encontrar la manera para hacer llegar al corazón del muchacho la conciencia de que solo la amistad con Jesús podrá permitirle vivir una vida bella y feliz, de aquella felicidad que alcanza la eternidad.

Hemos querido recoger el testimonio de tres catequistas de la parroquia Medalla Milagrosa de Zeballos Cué, comprometidos en distintos ámbitos de la catequesis. Además, hemos entrevistado al párroco, el P. Gaudencio Villalba, quien ha conocido a nuestra Comunidad a través del Centro de Estudios “Redemptor hominis”, que semanalmente presenta sus publicaciones en las parroquias de Asunción y de otra ciudad del Paraguay. Por medio de los “Cuadernos de Pastoral” y de numerosos libros, en efecto, se ha intentado difundir, en el contexto del Paraguay en el cual la fe a menudo está muy atada a un devocionismo falto de contenidos, una “pastoral de la inteligencia”, que suscita preguntas e interrogantes a los que cada uno está llamado a responder personalmente, para llegar a comprender las razones de la propia fe.

Maria Grazia Furlanetto

(Continúa)

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

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[1] Cf. L’uomo ascolta più i testimoni che i maestri. Catechisti e coordinatori della parrocchia di Zeballos Cue in ritiro. A cura di G. Di Salvatore, en “Missione Redemptor hominis” n.° 104 (2013) 6-7.

 

14/07/2014


 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis