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Noticias desde el Paraguay


EL SENTIDO DE LA CONFIRMACIÓN

 

En un encuentro con un grupo de jóvenes de la parroquia paraguaya de Atyrá, que se preparan a recibir el sacramento de la Confirmación, Emilio, contando cómo se desarrolla la preparación a este sacramento en nuestra parroquia de Ypacaraí, ha profundizado en las motivaciones de este camino y en las dimensiones fundamentales de un sacramento que, frecuentemente, representa el fin de cada contacto con la Iglesia.

No un discurso abstracto, sino una experiencia de vida

En Ypacaraí, la catequesis de la Confirmación, que está estrechamente unida a la Misa dominical en la iglesia parroquial, requiere de muchos jóvenes un sacrificio particular: no pocos de ellos deben recorrer cierta distancia para llegar al centro de la parroquia; el domingo es a menudo el único día libre, sobre todo para quien estudia y al mismo tiempo trabaja, y un momento en que también las demás instituciones –como las asociaciones deportivas o artísticas– se hacen competencia; normalmente, para recibir la Confirmación, se requiere la presencia en la formación dominical por casi tres años (de los 14 a los 16 años), y también el desarrollo de un trabajo al servicio de la comunidad. La participación en la liturgia prevé una actitud de silencio y de compostura, un esfuerzo constante de atención, el vestirse de manera adecuada al lugar sagrado. Esto implica el dominio del propio cuerpo y de la propia mente.

Hay que considerar que sea el ambiente familiar sea el escolar, en que los muchachos están sumergidos, son frecuentemente complacientes: difícilmente imponen una disciplina y el respeto de los horarios y de los compromisos con fidelidad y perseverancia.

Pues bien, la primera cosa de la que es necesario hacer conscientes a los muchachos es que un joven siempre encuentra el tiempo y la posibilidad de hacer lo que le interese; por tanto, si quiere, puede asumir un compromiso cristiano y mantenerlo con fidelidad y puntualidad contra todo condicionamiento. Pero, una vez que haya decidido seguir un camino, que haya escogido dejar otras cosas y participar en la catequesis de la Confirmación, ya no tiene la libertad de hacer lo que quiera, como antes, porque ha optado por seguir ciertas reglas de comportamiento. La elección debe ser seria, definitiva, que comprometa ya en este nivel, de lo contrario, no se aprenderá nunca qué quiere decir fidelidad y responsabilidad. Es importante exigir, con firmeza, una actitud de silencio y de escucha, el respeto del lugar sagrado, de quitarse el inseparable chicle de la boca y el celular de las manos, porque ya esto puede entenderse como el contenido de la catequesis: más que de nociones abstractas, que no les interesan a los jóvenes de hoy como no les interesaba a los de ayer, tenemos que partir de cosas muy concretas, porque esto forma en un estilo de vida diferente. Efectivamente, el experimentar que uno es capaz de hacer silencio o de ser fiel a un compromiso es mucho más instructivo que cualquier discurso teórico. El saber respetar las exigencias de la liturgia con sus tiempos largos y sus gestos (levantarse, arrodillarse, responder en voz alta) requiere un esfuerzo de la voluntad, que educa a quien esté acostumbrado a un ambiente laxista y a poder hacer siempre lo que quiera. Hay que tener presente, en efecto, que el tiempo que los muchachos pasan en contacto con la formación cristiana es muy limitado con respecto a lo que pasan recibiendo otros tipos de mensajes, en las redes sociales, en la familia o en la escuela, respirando una cultura a menudo lejana de la del Evangelio.

La búsqueda de la verdad

El experimentar que no puedo y no debo hacer “lo que me guste”, sino “lo que es la verdad de las cosas”, es importantísimo. El fundamento de la relación con los demás y con Dios no puede ser el gusto, de lo contrario, cada uno pone su gusto como punto de referencia y no hay posibilidad de encuentro humano, y por consiguiente cristiano, con los demás. Si la relación parte del “me gusta”, terminará en el momento en que cambie el gusto o comience el cansancio; nada, por tanto, podrá tener el sabor de la fidelidad y menos todavía de la eternidad, de Dios.

Es necesario formar a los muchachos siempre en la búsqueda del fundamento racional, lógico, de las diferentes realidades, el por qué una cosa debe o no debe ser hecha, creyendo en su inteligencia, e indicándoles un camino a fin de que esta crezca y encuentre la verdad. La base de todo el actuar humano, en efecto, no es el gusto, sino la búsqueda de la verdad. Con la inteligencia explicamos, por ejemplo, que la puntualidad es necesaria, porque si cada uno llegara a la hora que “le guste”, nunca se podría empezar una reunión. Este nos empuja también a no justificar siempre a quien llegue tarde, porque significa condenarlo, en último análisis, a una vida de irresponsable.

Las normas de comportamiento, que sean eclesiales o sociales, como toda otra cosa, deben ser aclaradas racionalmente, dando las motivaciones de las mismas, porque solo así pueden ser comprendidas por los muchachos.

Hay que tener presente también que, frecuentemente, hablamos a jóvenes que no comprenden el significado de tantas palabras por carencias escolares. Si Dios ha usado un lenguaje humano para hablar al hombre, tenemos que hacer de manera que su mensaje llegue realmente. Esto no puede acontecer si las palabras son solo sonidos detrás de los cuales no hay una realidad o una idea precisa.

Por eso, es necesario partir de conceptos muy simples, esenciales y explicar cuánto es importante, por ejemplo, que una persona sea fiel a la palabra que pronuncia: si su sí se trasforma en un no, si afirma una cosa y quiere decir otra, no puede asumir ningún compromiso y no puede conducir una vida humana, y menos todavía cristiana. Si no partimos de estas pequeñas cosas, es totalmente inútil insistir en los sacramentos o en las demás prácticas cristianas, porque crearíamos solo una ulterior división entre la vida y una forma aparente de religiosidad que repercute en todos los ámbitos de la existencia. Fomentaríamos la que podemos llamar la religión de los compartimentos estancos. Esto se ve claramente en una sociedad donde cunde la corrupción y, sin embargo, la mayoría de las personas se profesa católica.

En el Evangelio, al contrario, se afirma claramente que no se entra en el Reino de los Cielos solo porque se ha comido con el Señor o se ha escuchado su predicación, sino porque se ha puesto en práctica su palabra, se ha hecho su voluntad (cf. Lc 13, 25-28; Mt 7, 21-23). Quien come con el Señor y escucha su palabra, pero luego no la pone en práctica, se encuentra en una condición peor de quien nunca ha entrado en contacto con la palabra de Dios.

Un cántico nuevo

Esto es significativo, por ejemplo, con respecto al canto, como ha recordado Emilio a los muchachos durante el encuentro de Atyrá. Los jóvenes aman cantar, y frecuentemente se usa la música, en la comunidad cristiana, para entretener (o retener…) a los jóvenes; pero el canto, en la Iglesia, significa concertar la voz con el corazón, la palabra que se pronuncia con la realidad. No podemos cantar que amamos al Señor, si esto no corresponde a la verdad. Si cantamos, por ejemplo, “gloria al Señor”, debemos comprender bien lo que decimos. San Ireneo, gran intérprete de la vida cristiana, afirmaba que “la gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios”.

Esto significa que la gloria de Dios es que el hombre viva, y para que viva debe conocer y contemplar al Señor. Por eso, no se da “gloria al Señor” solo porque se canta, sino porque se entona un cántico nuevo que es el cambio de la vida, o sea, el haber conocido, contemplado y puesto en práctica la palabra de Dios. Esto es posible solo con una relación personal con el Señor, a través de su palabra, dentro de la vida de su cuerpo que es la Iglesia: solo así tendremos vida en Él, solo así daremos gloria a Dios. Si cantamos sin que nuestra vida cambie y se vuelva “cristiana”, seremos solo personas hipócritas y falsas. Si, al contrario, donamos la vida al Señor con generosidad, Él será generoso con nosotros y seremos felices.

El cántico nuevo es la persona nueva, como afirmaba san Agustín:

“Se nos exhorta a cantar al Señor un cántico nuevo. El hombre nuevo sabe lo que significa este cántico nuevo. Un cántico es expresión de alegría y, considerándolo con más atención, es una expresión de amor. Por esto, el que es capaz de amar la vida nueva es capaz de cantar el cántico nuevo. Debemos, pues, conocer en qué consiste esta vida nueva, para que podamos cantar el cántico nuevo. Todo, en efecto, está relacionado con el único reino, el hombre nuevo, el cántico nuevo, el Testamento nuevo. Por ello el hombre nuevo debe cantar el cántico nuevo porque pertenece al Testamento nuevo”.

El cambio de la vida significa también que, después de la Confirmación, se asuma una responsabilidad en la Iglesia. El sacramento es un don que requiere siempre una respuesta del hombre, porque no es posible, para el Señor, no respetar la conciencia y la libertad de las personas. Por eso, una vez llegada la edad de la Confirmación, los muchachos tienen el derecho de decidir si recibir o no este sacramento, sabiendo que con este empieza la plena participación en la vida de la Iglesia. Los padres no pueden imponer a sus hijos que lo reciban.

“Quiero ser feliz”

Con la Confirmación está confirmado el Bautismo, que es el don con el cual Dios nos ha hecho sus hijos, hermanos de Jesús. Con la propia libertad, los muchachos que lo deseen están confirmados en él, conscientes de que están pidiendo la vida eterna. En efecto, cuando uno ama desea que este amar sea “amar para siempre”. El confirmar el don del Bautismo confirma nuestro entrar en la vida de Dios, que es precisamente eterna, y en su conocimiento, que es la felicidad del hombre. No podemos separar al hombre de Dios, porque el hombre puede ser feliz solo cuando se encuentra con Dios en Cristo Jesús, el Hijo unigénito, la imagen perfecta del Padre. El conocimiento de Jesús es el sentido y la plenitud de la existencia. Él es el tesoro escondido que da vida al hombre: si lo descubro, lo amo y deseo estar siempre con Él; seguirlo ya no es algo oscuro y pesado, sino el gozo de encontrar un amor. Él es un apoyo seguro, un amigo, una persona con la cual poder hablar, el que está ya dentro de mi corazón, me conoce, me ama y da sentido a mi vida. Por eso, es fundamental tener un tiempo de silencio para poder dialogar con Él.

El Bautismo remite a la Confirmación, a la plenitud del don del Espíritu Santo y, por eso, es necesario que cada muchacho intervenga con la propia libertad, diciendo: “Yo quiero, yo te amo, deseo ser cristiano; me han bautizado, pero ahora soy yo que deseo asumir un compromiso fuerte contigo, Señor, quiero vivir según tu palabra, quiero hacer mía tu voluntad para ser feliz”.

Con la Confirmación el compromiso cristiano no acaba, sino que comienza.

(A cargo de Mariangela Mammi)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)



08/11/2013


 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis