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Noticias desde el Paraguay

 



 

LA COMUNIDAD REDEMPTOR HOMINIS

SALUDA AL NUNCIO APOSTÓLICO


Mons. Orlando AntoniniLa Comunidad Redemptor hominis saluda al Nuncio Apostólico en el Paraguay, Mons. Orlando Antonini, que ha sido nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Nuncio Apostólico en Serbia.

Antes de llegar a Paraguay, Mons. Antonini, Arzobispo titular de Formia, se desempeñó como representante del Papa en Zambia y Malawi. Anteriormente trabajó en el servicio diplomático de la Santa Sede en: Bangladesh, Madagascar, Siria, Chile, Holanda, Francia y Secretaría de Estado.

Publicamos la homilía de despedida que Mons. Orlando Antonini ha pronunciado, viernes 4 de septiembre de 2009, en la Catedral de Asunción.

 


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Homilía de Despedida

Catedral Metropolitana,  Viernes 4 de septiembre de 2009

En la lectio divina que he hecho con las lecturas bíblicas de hoy para encontrar la palabra divina aplicable a esta ocasión especial - la Santa Misa de mi despedida - me han atraído ante todo las comparaciones que Jesús hace en el versículo del Evangelio que acabamos de escuchar: "¿Pueden acaso ayunar a los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; ya ayunarán en aquellos días".

El Esposo es él, Jesús; los invitados, a quienes se les llamaban los amigos del Esposo, son los Apóstoles. La Esposa, que está sobreentendida, es fundamentalmente la Iglesia. Por consiguiente todo aquel a quien está encomendada una comunidad cristiana, se convierte en la trasparencia de Cristo en su rol también de ‘esposo': el Obispo será el esposo para su Diócesis, el Párroco para su comunidad parroquial, en resumen todo representante de Jesús respeto a su misión. 

También para mi, por lo tanto, la Iglesia en el Paraguay ha sido mi ‘novia', mi ‘esposa'. Ahora que yo le he sido ‘arrebatado', por supuesto no significa que la ‘esposa' - ustedes - tendrían que ayunar - ¡la alegoría del versículo del evangelio no llega a tanto en mi caso! - pero sí puedo asegurarles que he considerado esta Sede, a mí confiada por el Santo Padre, como mi ‘esposa'. De hecho yo siempre he considerado como ‘esposas' - a mí encomendadas por el Esposo verdadero, que es Cristo, a través de mis Superiores en la Iglesia - a las comunidades a las que he sido destinado a lo largo de mi vida. Primeramente, la parroquia donde mi Obispo me envió y donde trabajé por 6 años; después, las Iglesias locales donde el Papa me ha enviado en estos 30 años de servicio diplomático: Bangladesh, Madagascar, Siria, Chile, Holanda, Francia, Secretaría de Estado, Zambia y Malawi, Paraguay, y, de ahora en adelante, Serbia. Por lo tanto, he buscado amar a todas estas comunidades, a todas esas Sedes a mí encomendadas, así como eran, es decir, con sus virtudes y defectos, y he procurado cuidarlas como Cristo quería que yo las amase y cuidase, con todas mis limitaciones pero sinceramente.

Ahora que tengo que partir, deseo hacer mías las palabras de despedida que San Pablo dirigió a los presbíteros de Éfeso; palabras recogidas en el capítulo 20 de los Hechos de los Apóstoles. Repasando este gran discurso de San Pablo, me conmueve su ejemplo, lleno de fe, de cariño humano, y de deseos de entrega. Dicen así los versículos 18, 19 y 20: "Vosotros sabéis cómo me he comportado en vuestra compañía desde el primer día que llegué..., sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas y con las dificultades que me han venido... no omitiendo por miedo nada de lo que podía seros útil, y os he predicado y enseñado públicamente y en vuestras casas". 

"Vosotros sabéis cómo me he comportado en vuestra compañía". ¿Cómo? Fácil contestar: en forma reservada y propositiva más que impositiva, o sea, según mi carácter y, podría decir, con los rasgos que se leen en Isaías a proposito del Siervo de Jahvé: "Este es mi siervo...No vociferará ni alzará el tono, y no hará oir por las calles su voz. No partirá la caña quebrada ni apagará la mecha mortecina; proclamará la justicia con lealtad" (20,1ss.). Lo sé, a algunos les gusta más el tono expeditivo del patrón, un patrón que manda y dice lo que se tiene que hacer, y posiblemente, que también actúe en lugar de sus sujetos: actitud, esta, que yo no tengo y no acepto por ser gratificante pero muy  riesgosa, en cuanto impide la participación y no hace desarrollar el sentido de la responsabilidad, el espiritu de iniciativa, la cultura del deber, del compromiso, de la coherencia: precisamente las cualidades de las que se necesita urgentemente si se quiere ir adelante y evolucionar. 

"Sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas y con las dificultades que me han venido." Cuales dificultades? Eh bien: los excepcionales acontecimientos eclesiales y políticos entre sí conectados en manera inextricable, de estos últimos tres años y medio. Conexión, esa, cuya dimension eclesial de por sí me habilitaba a hablar más, porque era de nuestra competencia, pero cuya cara política me impedia pronunciarme en asuntos internos sobre los cuales en mi capacidad de diplomático no tenía que pronunciarme en público. He podido sin embargo, en mis homilías habitualmente, no "omitir por miedo nada de lo que podía seros útil, y os he predicado y enseñado públicamente" (1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6). En todo caso les aseguro que no obstante esas dificultades, o mejor dicho, precisamente por ellas, mi experiencia acá se volvió extremadamente interesante, una experiencia única que nunca podré olvidar y que me ha hecho sentir carne y sangre de este país independientemente de los resultados efectivos.

En esta linea me ha atraído también, en la lectio divina personal, el versículo 18 de la primera lectura, donde en la carta a los cristianos de Colosas San Pablo lanza un gran llamado: que Cristo "sea el primero en todo". Que ‘Cristo sea el primero en todo' ¿no constituye acaso uno de los fundamentales tópicos que en estos últimos cuatro años hemos tenido la oportunidad de reafirmar y predicar? Con todo el revuelo que se produjo, queridos hermanos, de su parte, la sociedad paraguaya ha podido recuperar la alternancia política y de nuestra parte hemos tenido una oportunidad única de re-afirmar y proclamar los valores espirituales y morales que fundamentan no solo la vida eclesial sino también la vida social y civil, como si fuese en una verdadera catequesis, en una evangelización sui géneris.

Hemos podido por ejemplo re-afirmar, y el pueblo cristiano ha podido profundizar y comprender mejor, el significado verdadero y el rol del ministerio sagrado de los sacerdotes y de los obispos, con las obligaciones que le corresponden, la necesidad del cultivo de un recto ejercicio de la libertad que mantiene las promesas y los compromisos asumidos, aún cuando se presenten dificultades, la necesidad de la coherencia a tener con sus principios, la necesidad vital, por su propia sobrevivencia y libertad, que la Iglesia local esté unida a la Iglesia Universal y al Papa, la naturaleza verdadera de la esperanza cristiana y el cristianismo como revolución en el amor, que excluye la contraposición social.

Ahora bien, todo esto depende, como una consecuencia natural, del principio establecido por San Pablo en su carta: que Cristo sea el primero en todo, el punto de partida de todo. Esto comporta la urgencia a restablecer en nuestra vida personal y social la primacía de lo espiritual sobre lo material y social, a repartir de Cristo poniéndolo de nuevo en primer lugar y a ver todas las realidades de este mundo, incluso los problemas sociales, en la óptica de Dios. Esto, al contrario de lo que algunos han comprendido, entendiendo mal, no significa desvirtuar las realidades mundanas y desentenderse de los problemas sociales. Operando una re-inversion de orden en las prioridades, reponiendo a Dios como primer principio operativo, no se trata, por parte de Dios, de revindicar egoisticamente una primacía que aplasta al hombre. Es al revés, porque al fin y al cabo la experiencia nos dice que es precisamente y solamente dando la primacía a Dios, que es Amor, que solamente honrando primero a Jesús, que el hombre con sus problemas sociales será valorado de verdad y atendido en sus justas reclamaciones. Es en la óptica de Dios que el hombre se reconoce a sí mismo y se  hace más hombre, no viceversa. Y en la óptica del Dios-Amor los problemas sociales se propende naturalmente a resolverlos con el diálogo, no con la contraposición y la lucha entre clases sociales. Cristo hasta proclama el amor al enemigo, realidad que excluye absolutamente toda lucha social y por esto el papa Benedicto XVI dice que "el amor al enemigo es el núcleo de la revolución cristiana". Una revolución en el amor: esto produce el principio paulino de que Cristo sea el primero en todo, el punto de partida de todo.

Comprenderán por lo tanto mi alegría al leer las recientes palabras del mismo Benedicto XVI en su última encíclica, Caritas in Veritate. Allí, nuestro queridísimo Papa sostiene que "sin Dios el hombre no sabe adonde ir ni tampoco logra entender quién es. (...). La disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa. Al contrario, la cerrazón ideológica a Dios y el indiferentismo ateo, que olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también los valores humanos, se presentan hoy como uno de los mayores obstáculos para el desarrollo. El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano" (n. 78). Si se lucha por ejemplo por los pobres sin tener a Dios, sin tener caridad, se corre el riesgo de hacerlo por autosatisfacción o bien explotando a los pobres por intereses personales o grupales, y hasta se puede incluso llegar a preocuparse por los pobres come se preocupó Judas, el cual, anota el evangelista San Juan, "No decía esto porque le preocupaban los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella" (Jn 12,6).

Este reajuste de prioridades es posible solamente con la intervención del Espiritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad que está en medio de nosotros pero que muchos cristianos poco conocen. Es solamente en él, dice también San Pablo, que podemos decir ‘Jesus es el Señor'. Es el Espíritu Santo que ‘suaviza nuestra dureza, elimina con su calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos'. Es precisamente el Espíritu Santo que en estos días de retiro de los Obispos el Predicador de la Casa Pontificia, el Rev.do Padre Franciscano Raniero Cantalamessa, ha puesto al centro de sus meditaciones. Me uno de todo corazón a todos los Obispos en agradecerle profundamente por haber aceptado pasar por el Paraguay y dar a nuestros Obispos, a nuestros sacerdotes, diaconos, religiosos y religiosas, seminaristas y laicos, y también a nuestros hermanos separados, su palabra inspirada, la misma que él hace resonar al oído del Santo Padre y los miembros de la Curia Romana. Muchísimas gracias, Padre Raniero, y ¡continúe en su misión renovadora!

Señor Arzobispo y cohermanos en el Episcopado, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, hermanos y hermanas. Querría yo también, como San Pablo y si ustedes me acompañan con sus oraciones, poder decir al término de mi misión aquí, lo que más adelante, el Apóstol de las Gentes agrega en su saludo a los presbíteros de Éfeso: "En nada estimo mi vida, con tal de consumar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios" (v. 24). Y añade: "Ahora, encadenado en el espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin saber lo que allí me sucederá,... consciente de que no volveréis a verme ninguno de vosotros, entre quienes pasé predicando" En unos días más dejaré definitivamente el Paraguay. Mi Jerusalén, mi ‘esposa' entre comillas, de ahora en adelante será Serbia. Me voy sin saber lo que el Señor me ha reservado allá. Se trata de un cruce de etnías, de culturas y de religiones. Estoy tranquilo, y disponible a todo impulso del Espíritu Santo, lo que sea. Seguramente, ya estoy amando ese nuevo pueblo y esa nueva Iglesia. Y pidan por mi, queridos hermanos, y por todos nosotros, sus pastores, lo que el papa San Gregorio Magno dice en una de sus homilías: "Fijémonos cómo el Señor compara sus predicadores a un atalaya. El atalaya está siempre en un lugar alto para ver desde lejos todo lo que se acerca. Y todo aquel que es puesto como atalaya del pueblo de Dios debe, en su conducta, estar siempre en alto, a fin de preverlo todo y ayudar así a los que tiene bajo su custodia". 

A este punto deseo dejar constancia expresa de mi profundo agradecimiento por las bondades y amabilidades que han tenido para conmigo lo paraguayos, creyentes o no, eclesiásticos o laicos, autoridades gubernamentales, civiles y militares, congresistas y políticos, colegas diplomáticos, representantes de la cultura y de la economía, ricos y pobres, libres y presos, adultos y jóvenes, ciudadanos del centro y de los bañados, campesinos, etc., que he tenido la fortuna de conocer en estos años. Estoy realmente muy edificado por la amabilidad de la gente de esta tierra, por ese carácter bondadoso que sabe expresar un cariño sincero y verdadero. El tesoro de la cultura paraguaya es la fe cristiana del pueblo, señaló el Siervo de Dios Juan Pablo II cuando estuvo aquí; me atrevería a agregar que lo es también la calidad entrañablemente humana de sus gentes. Les auguro de todo corazón que alcancen superar, en tiempos razonables, los grandes problemas que les asechan y los desafíos que se les presentan, esperando un día ver realizadas sus justas y más profundas aspiraciones. Como San Pablo, ahora "los encomiendo a Dios y a su palabra de gracia, que tiene poder para construir el edificio de los creyentes y daros la herencia con todos los santificados".

¿Y quién como nuestra Madre Santa María, llena de Espiritu Santo, puede coadjuvarle mejor en esta labor? Ella fue Sagrario viviente de Jesucristo. Ahora, desde ese Cielo tan especial en que se encuentra, con su Cuerpo y su alma ya glorificados, intercede con maternal afecto por cada de uno de nosotros. Nos quiere, nos anima, nos empuja, nos consuela también en nuestras penas. A su protección acudimos para que nos lleve a Jesucristo: Madre de Dios y Madre Nuestra, Omnipotencia Suplicante, Madre de la Iglesia, Virgen de Caacupé, míranos con compasión, fortalece la comunión de todos los miembros de la Iglesia que peregrina en Paraguay y consérvanos unidos, por medio del Sucesor de Pedro el Papa, a la Iglesia Universal, a Cristo Señor.
 

Que así sea. 
 

Mons. Orlando Antonini

 

 

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