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LA CONFIRMACIÓN PARA LA VIDA/1

 

 Respondiendo a un grupo de muchachos de la parroquia San Antonio de Padua de Asunción (Paraguay), Emilio, invitado para su retiro en preparación al sacramento de la Confirmación, ha analizado algunas interesantes problemáticas juveniles.

Para explicar su vocación sacerdotal, como ha sido requerido en el encuentro, y ayudar a comprender cómo se descubre la propia vocación, Emilio ha subrayado que, cuando era muchacho, surgían en él aquellos interrogantes que, de forma más o menos clara, agitan el corazón de todos los jóvenes, como ha podido experimentar hablando con muchachos de varias partes del mundo. Con la adolescencia, en efecto, empezamos a preguntarnos: “¿Quién soy yo? ¿Existo o no existo? ¿Quién se interesa de mí?, ¿quién me llama por nombre?, ¿quién me ama?”.

El problema del amor es universal, todos los jóvenes lo viven. No se trata solo de la necesidad de ser amados, sino también de la de amar. Si recibimos solo amor y no correspondemos al mismo, no nos sentimos realizados, estamos vacíos todavía, porque deseamos hacer también nosotros algo. El amor, en todos sus aspectos, es el problema fundamental del hombre. Para un adolescente, ya no basta el amor de los propios padres, aunque sea necesario, porque se trata de un amor en cierto modo obligado y compartido con otros miembros de la familia, como los propios hermanos. Lo que se busca es un amor que sea solo nuestro, en el que entra en juego la libertad, y esto sobrepasa las relaciones de sangre. Se desea una relación en la cual la otra persona en su libertad me escoge a “mí” entre todos, no porque soy el hijo o el padre o el hermano, y ni porque está haciendo una obra de caridad, sino solo porque me ha preferido a otros, así como soy, y ha decidido donarme toda su vida, de compartirla conmigo. Siempre se busca un amor total y exclusivo, aunque luego los horizontes se amplían. Un joven quiere existir para alguien, y dar así un sentido a su existencia.

 Contando cómo ha descubierto su vocación sacerdotal, Emilio ha explicado a los muchachos cómo lo marcó profundamente la experiencia de la Segunda Guerra Mundial vivida cuando era niño, durante la cual había visto a la muerte en la cara, sufrido el hambre e se habían impreso en sus carnes el sufrimiento de la madre sola y la lejanía del padre, un administrador de las colonias italianas, hecho prisionero en África. Todo esto había hecho nacer en él un fuerte sentido de la justicia, la resistencia a todo lo que va contra la libertad y la dignidad del hombre, a los mecanismos que la cosifican. Además, la fuerte religiosidad y el amor a los pobres de la madre, quien le había enseñado, desde cuando era pequeño, a compartir lo que poseía, unidos al sentido de la responsabilidad y del deber que había aprendido del padre, quien le había también transmitido la pasión por la racionalidad y la búsqueda de la verdad a través del trabajo de la inteligencia, contribuyeron a despertar en él la necesidad de dar un sentido a la vida. Además, en familia, y en primer lugar del padre, había comprendido que la vida es una lucha, que es necesario hacerse cargo de responsabilidades, sin evitar los precios que por esto se necesita pagar, tener el coraje de las propias elecciones y saber dar razón de cada acto que se cumple.

Si, por una parte, el fuerte sentido de la justicia y el querer empeñarse para mejorar el mundo actitudes, además, muy percibidas en aquella época lo empujaban a buscar una persona que compartiera sus mismos ideales a través de un matrimonio cristiano, por la otra, con el pasar del tiempo se daba cuenta de que vivir y morir por estos ideales exigía una elección más radical: la de permanecer solo. Cuando se tiene una familia, es evidente que no se puede obligar a todos sus miembros a sacrificios extremos o no se puede correr el riesgo de deber encontrarse en la necesidad de escoger entre un hijo y otro compromiso. Se necesita saber ya que una decisión excluye otra. Emilio descubrió así la castidad del corazón, como el sello de aquella libertad que permite donarse completamente a un amor grande, que, para él, era el compromiso de crear un mundo nuevo, más justo, sin guerras. Fue el primer paso de su vocación. Y, a pesar de haber encontrado quien parecía compartir sus ideales, una muchacha que dio un sentido a su vida, comprendió pronto que este amor era pequeño para su corazón, que buscaba algo más: así descubrió que tenía una llamada a un proyecto de vida más grande, que al principio se dirigía hacia el compromiso político.

Muy importante fue, luego, ampliar los conocimientos, a través de la lectura de textos de ahondamiento de gran envergadura, que invitaban a reflexionar y hacían comprender la realidad y sobre todo al hombre. Emilio descubrió así que la raíz del mal se encuentra en el corazón del hombre. Allí nacen la guerra, el mal, la injusticia, la vejación. Lo impresionó ver, por ejemplo, cómo ciertos hombres que hacían públicamente grandes discursos revolucionarios tenían, luego, un comportamiento reprobable con su esposa o respecto a los hijos, en su casa. Comprendió, entonces, que la lucha por el cambio implica una transformación cultural, un cambio de la mentalidad: si no se subvierte el modo de relacionarse, no se puede modificar nada, porque no son las estructuras las que tienen que cambiar, sino que es el hombre quien debe pensar de forma diferente. Un sistema no puede cambiar, si no cambia primero el corazón de aquellos que forman parte de él. Y para este cambio no es suficiente el compromiso político, se necesita un fuerte compromiso cultural y sobre todo interior. La inteligencia es importante para comprender, la escuela es fundamental para el crecimiento de una colectividad, pero lo que sirve es el corazón: no basta saber, es necesario vivir, actuar, amar. Si la cultura no llega a ser cuerpo y sangre donado, no sirve para nada, si no para ser un instrumento más en las manos de quien quiera engañar a los demás. El verdadero combate acontece en el corazón del hombre. La raíz del mal no está en la sociedad, en el otro, en el Gobierno, sino en mí. Tengo que convertirme y cambiar yo. La elección debe ser personal, no política, no cultural, sino una donación a los demás, con una lucha contra el mal que está dentro de mi corazón.

El misterio de la libertad personal

Y aquí se pone otro problema: con el cambio personal ¿se logrará cambiar a la sociedad? La respuesta es no. El bien se propone, no se impone: se puede enseñar que existen dos puertas, que una conduce a la vida y la otra, a la muerte, pero no podemos obligar a nadie a pasar por la puerta justa. Existe el misterio de la libertad personal, y no todos están dispuestos a pagar el precio del cambio. El mal existirá hasta cuando el hombre vivirá en esta tierra; hasta el regreso del Señor coexistirán el bien y el mal, la guerra y la paz, la justicia y la injusticia, y nunca podremos alcanzar la “tierra sin mal”, que no es sino una utopía.

A este punto, ha surgido espontánea la pregunta sobre cuál es para nosotros los cristianos la esperanza, si sabemos que el mal estará siempre presente.

 La esperanza, ha respondido Emilio, se fundamenta en la promesa de Dios, en su palabra, no es una ilusión que nosotros mismos nos creamos. El Señor no ha prometido que el mal desaparecerá del mundo. Ha resucitado a Lázaro por una vez, pero la muerte ha continuado a estar presente en el mundo; ha multiplicado los panes y los pescados, pero ciertamente no ha solucionado el problema del hambre, que todavía atormenta a millones de hombres, y ha dicho que los pobres siempre los tendremos con nosotros. Incluso se ha preguntado: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 8). ¿Habrá un solo cristiano? Es un engaño asegurar a la gente declarando que pronto las guerras acabarán y reinará la paz, porque hasta cuando existirá un hombre, existirá el pecado.

La esperanza es una virtud, o sea, un hábito nuevo que hace actuar, que pone a las personas en movimiento. La esperanza es esforzarse por vivir sobre el fundamento de la palabra de Dios y creer que todos pueden comprenderla y ponerla en práctica, sin hacerse sobre esto vanas ilusiones, porque la libertad del hombre es un límite que ni siquiera Dios supera. El Señor podía quitar de la tierra todo el mal, pero no lo ha hecho, porque el hombre ya no habría sido libre. Incluso una persona santa puede no cambiar nada alrededor de sí, por las resistencias que encuentra. Sin embargo, no tenemos que perder por eso la paz del corazón delante del mal, sino preguntarnos siempre si hemos hecho todo lo que dependía de nosotros, hasta dar completa y radicalmente la vida por los demás, hasta el fin, hasta la última gota de sangre.

Por eso, debemos descubrir la importancia del encuentro personal con el Señor, que es la única fuente de la esperanza y de la salvación. Se trata de nuestra relación con “el Amor”, que se puede comprender comparándolo con el amor humano. El amor entre Dios y la persona es como el amor entre dos muchachos. Si dos personas se enamoran, quieren estar a solas, sin ser molestadas: el amor con Dios requiere la misma intimidad. Cuando uno ama de veras busca la soledad del corazón, para encontrar la soledad del corazón de Dios. El amor exige también presentarse en la desnudez del propio corazón, porque una persona quiere ser amada no por lo que tiene, sino por lo que es. En el amor, no sirve maquillarse, sino, al contrario, desvelar la propia interioridad. Es esta la relación que debemos tener con el Señor: un amor que nos cambia dentro, nos hace descubrir que es lindo amar y no solo ser amados, venciendo así el egoísmo.

(A cargo de Mariangela Mammi)

(Continúa)

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

04/01/2013

 

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis