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Noticias desde el Paraguay


LA CONFIRMACIÓN PARA LA VIDA/2

 

 

El significado de la Eucaristía

 Durante el encuentro, ha sido también preguntado cómo la Eucaristía puede ayudar a los jóvenes. Para hablar de la Eucaristía, ha respondido Emilio, tenemos que descubrir el valor del don. Eucaristía significa “agradecimiento” y, en efecto, tenemos que ser gratos por el don que recibamos con ella. Sin embargo, para comprender el valor de la Eucaristía como don, ante todo debemos comprender el valor del pan, del alimento que es fruto de la tierra y del trabajo que lo ha podido obtener, porque detrás del pan está toda la fatiga de quien lo ha ganado, la nuestra o la de otros, por ejemplo, de los padres. Si no ponemos el pan sobre el altar, no tendremos la Eucaristía. En la Eucaristía, Dios no crea de la nada, sino que transforma algo que ya está.

En segundo lugar, es necesario comprender el valor del cuerpo, porque la Eucaristía es Cuerpo de Cristo. Si tenemos un sentido de sacralidad del cuerpo, comprendemos por qué el Señor ha querido darnos su Cuerpo. Si no respetamos nuestro cuerpo y el de los demás, si jugamos con él, jugamos también con la Eucaristía que es Cuerpo de Dios, porque no comprendemos su valor. En efecto, no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hombre a quien vemos (cf. 1Jn 4, 20). Y la primera persona a la que vemos y tenemos que respetar somos exactamente nosotros mismos y nuestro cuerpo, a menudo exhibido y malvendido desconsideradamente.

La Eucaristía es Cuerpo de Cristo, pero un cuerpo sacado del de María, porque Dios no habría podido encarnarse si ella en su libertad no hubiera dicho su “sí”. En la Eucaristía hay la libertad de Dios, pero también la libertad del hombre, hay el Cuerpo de Cristo, pero también nuestro cuerpo: todo el cuerpo de Dios y todo el cuerpo del hombre.

Además, tenemos que aprender a distinguir entre un alimento común y la Eucaristía. El primero se transforma en nuestro cuerpo a través de procesos de metabolización, mientras que con la segunda nosotros estamos llamados a transformarnos en el Cuerpo de Cristo. Tenemos que volvernos Eucaristía, o sea, Cristo en medio de la humanidad, teniendo presente que su Cuerpo es la Iglesia y que Jesús, quien se ha identificado con los más pobres, nos juzgará sobre el amor a ellos: “Tuve hambre y ustedes me dieron de comer … Estuve enfermo y fueron a visitarme…” (Mt 25, 35-36). Donde hay un pobre, hay el Cuerpo de Cristo.

Debemos recordar que el Cristo glorioso de la resurrección es el mismo Cristo crucificado; por eso, tenemos que aprender a amar la cruz, porque el amor auténtico se vive en la cruz.

 El amor requiere responsabilidad. No es sentimentalismo, sino capacidad de sufrir y amar precisamente cuando se entrevé la cruz. La Eucaristía es combate, no es tranquilidad. No es solo un banquete, sino que es también sacrificio: por eso, debe ser respetada, porque, en el momento de la consagración, sobre el altar está un hombre que muere. El amor exige la lucha y la cruz. Si vivimos la Eucaristía como rutina y costumbre, es mejor abstenernos, porque, como dice san Pablo, “el que come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación por no reconocer el cuerpo” (1Co 11, 29), esto es, come su muerte y no su vida.

Como sacramento, la Eucaristía requiere que no la separemos de la fe. No hay que sacramentalizar, sino volver a una catequesis sobre la fe, que procede de la escucha (cf. Rom 10, 17). La Eucaristía es palabra de Dios hecha carne y, si no partimos de la palabra de Dios, no podemos comprenderla, la confundimos con un acto mágico o la comemos como si fuera un caramelo. Sin la fe, sin las condiciones para recibirla, la Eucaristía no sirve, al contrario, nos condena. Para prepararnos adecuadamente a recibir el Cuerpo de Cristo, tenemos el sacramento de la Confesión, en el cual somos llevados de nuevo a la cruz, porque la Confesión se hace contemplando al Cristo crucificado y preguntándonos: “¿Dónde yo he plantado el clavo en el Cuerpo de Cristo?, ¿cuál es mi clavo?”.

En este momento del encuentro, ha surgido la pregunta a Emilio del porqué las personas que viven en concubinato no pueden recibir la Eucaristía. Emilio ha explicado que el matrimonio es el sacramento del amor entre Cristo y la Iglesia y, si se está viviendo una relación fuera de este sacramento, no se es el signo de esa fidelidad y de esa donación hasta la muerte. Se necesita una catequesis que explique qué es una familia y una vida de pareja, para poder conocer su significado profundo, la belleza, pero también las consecuencias.

El domingo, día de la Eucaristía

Al final del encuentro, ha sido preguntado a Emilio cómo los muchachos pueden mantener la fe, después de la Confirmación.

Él ha explicado que no se puede hablar de “conservar la fe”, porque esta muere si permanece estancada y no progresa. En la vida cristiana o se avanza o se retrocede. La fe crece solo con la escucha de la palabra de Dios, de quien ha nacido. Una vez escuchada, la palabra del Señor tiene que ser comprendida, pero, para escucharla hay condiciones interiores y exteriores que respetar. Cuando he comprendido qué quiere decir Dios en esa palabra (no lo que quiero yo, sino lo que quiere Él), debo ponerla en práctica. La Escritura crece si crece quien la lee, de otra manera, se repiten siempre las mismas palabras que no dicen nada. La palabra de Dios es como aquel “te amo” que se dicen dos personas, después de cincuenta años de vida matrimonial: las palabras son las mismas de la primera vez que se han declarado amor, pero, después de cincuenta años, han “crecido”. La palabra de Dios se abre cada vez más a nuestra compresión, si crecemos viviéndola y poniéndola en práctica. Se trata de una espiral (palabra/vida/palabra, etc.) que cada vez va más hacia arriba, hasta que lleguemos a ser como Dios, palabra hecha carne. En aquel día ya no servirá la Biblia.

La Sagrada Escritura debe ser leída, estudiada y penetrada en profundidad, pero no como un texto cualquiera, sino como un libro que contiene palabra divina y palabra humana al mismo tiempo.

 Y todos los problemas que puedan surgir de la lectura de la Biblia, como, por ejemplo, el sobre la virginidad de María (una pregunta muy actual entre los jóvenes), deben ser reconducidos a la cuestión fundamental de la fe: ¿creemos que Dios existe y es omnipotente, que ha creado todo de la nada, y que ama más de lo que podemos amar nosotros? El drama de María quien tiene que afrontar la vergüenza y, a pesar de esto, sale a cara descubierta, y el coraje de José quien se hace cargo de todas las contradicciones y las dificultades, se comprenden a partir de su fe.

Volvamos a la historia de Abraham, quien acepta lo que le dice el Señor, también ofrecer al hijo de la promesa (cf. Gen 22). Decir que sí a Dios significa acoger toda su voluntad. No podemos decir: “Sí, pero…”. Cada uno de nosotros vive la prueba de la fe, del amor. La felicidad auténtica pasa por la cruz: quien rechaza la cruz, rechaza la verdadera alegría; el que busca la alegría sin la cruz, sufrirá de veras y sin la posibilidad de alegrarse. La fe pasa siempre a través de la prueba, Dios nos pide lo que más amamos, no nos hace evitar la cruz.

Si no educamos a los jóvenes en la cruz no los educamos en la fe y en perseverar después de la Confirmación, siguiendo la frecuentación de la Iglesia. No es posible, en efecto, vivir la fe de forma intimista, sino que es necesario darle una dimensión interior y al mismo tiempo comunitaria, porque el hombre no es una isla, no puede vivir solo, sino que tiene la necesidad, para conocerse, de entrar en comunicación con los demás, en un enriquecimiento recíproco. El momento en que los católicos se reúnen es el domingo: por eso, los primeros cristianos decían que no podían no celebrar el domingo, el día en que encontramos al Señor y nos encontramos entre nosotros.

La catequesis para la Confirmación, entonces, tiene que aspirar a hacer comprender el significado fundamental de la liturgia dominical, fuente y cumbre de la vida cristiana, en que la palabra de Dios se vuelve carne, nuestra carne.

(A cargo de Mariangela Mammi)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)


08/01/2014

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis