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  NUESTRO FUTURO EN EDUCACIÓN ES NEGRO Y TEMIBLE

 


Los resultados de la política educacional, según fue aplicada en nuestro país en los últimos cincuenta años, pueden ser evaluados de muchas maneras, sin necesidad de recurrir a metodologías sofisticadas. Por ejemplo, conduciendo un vehículo por nuestras rutas y calles, viajando en transportes colectivos, caminando por las veredas de nuestras ciudades y pueblos, realizando trámites en oficinas públicas, asistiendo a un espectáculo deportivo o a un concierto de música o, en fin, observando el aseo y el orden que se mantienen o no en los espacios públicos.

Todo lo malo que se encuentre en esas y otras circunstancias es consecuencia de la cuestionable educación que recibimos, tanto en la escuela como en el hogar. Desde luego, existe una minoría que se conduce correctamente, pulcra y respetuosa de los derechos ajenos, pero pasa desapercibida en medio de una mayoría que exhibe, sin pudor, la carencia de esas virtudes.

En el Paraguay, no solamente estamos privados de una educación integral esto incluye también la capacidad para convivir armónicamente en comunidad sino que tampoco se nos prepara para las transformaciones que se están produciendo aceleradamente en el mundo, y que impactarán, más temprano que tarde, en nuestra existencia.

Por ejemplo, ¿qué haremos los paraguayos frente a las oleadas sucesivas de las nuevas tecnologías que se crean todos los días, y que demandan aprendizaje permanente de sus conocimientos y habilidades especiales? ¿Qué alternativa tenemos prevista, en el Paraguay, para la inminente invasión de la producción robotizada de bienes y servicios, que eliminará miles de puestos de trabajo tradicionales? ¿Vamos a reaccionar como una horda primitiva, saliendo a protestar a la calle, exigiendo al Gobierno que no permita la introducción de las novedades científicas y técnicas? ¿Vamos a abogar por continuar produciendo como en el siglo XX y, para ciertos casos, como en el XIX?

Si hacemos esto, o permitimos que esto ocurra, muy pronto acabaremos como Cuba o Venezuela, empantanados en el atraso más espantoso, retrocediendo aceleradamente hacia el precipicio de la incompetencia y la miseria.

Lo cierto es que, mientras aquí discutimos una reforma educativa que logre sacarnos del siglo antepasado, las naciones que están acelerando su desarrollo intelectual, mediante sistemas educativos adaptados a los requerimientos de la hora, nos van convirtiendo en un país de cuarta, en meros proveedores de mano de obra no calificada, barata y sustituible.

Los progresos científicos y tecnológicos en las diferentes áreas laborales constituyen una realidad que se nos impone cada día. El mundo desarrollado ya no admite obreros no calificados, profesionales no especializados, áreas de producción que no estén acotadas, estandarizadas y correctamente reguladas. Ni siquiera admite ya estudiantes mediocres.

El "vaivai" pertenece al modo más primitivo de existencia de la humanidad, pero aquí continúa muy campante. ¿Por qué? Porque la educación que se nos imparte no premia la originalidad, ni la excelencia ni la voluntad. Y si no hay competencia de calidad, si lo excelente y lo mediano dan lo mismo, ¿para qué esforzarse? El mayor logro intelectual no beneficia ni favorece al trabajador; no pocas veces ocurre lo contrario: el que crece mucho, el que sobresale entre sus colegas, acaba con la cabeza cortada por la mayoría mediocre y temerosa de ser superada y quedar excluida.

Puestos ante el mundo actual, viendo cómo el trabajo humano (y la vida misma) va siendo modificado drásticamente por las novedades científicas y tecnológicas que suceden día a día, los paraguayos tenemos la obligación de cuestionarnos: ¿qué es lo que estamos buscando con nuestro sistema educativo actual, incluyendo las reformas y nuevas orientaciones que se desea darle? Preguntarnos nuevamente si deseamos educar para producir, cómo y qué, en el campo o en la ciudad, para satisfacer las necesidades internas o para competir en el mercado internacional; si vamos a adoptar métodos y herramientas modernas, o a continuar como hoy.

Estas y muchas más son las preguntas que los planificadores de la educación tienen que responder. Tal vez ya lo hicieron; tal vez ya tienen una conclusión y esta es coincidente con la que nuestro sentido común nos indica; pero no se puede saber si esto es así con solo observar el panorama de nuestro país. Al contrario, mirando a nuestro alrededor, debemos llegar a conclusiones lastimosas con respecto a la calidad y eficacia de la educación que se imparte o que recibimos.

Debemos concluir que de ella surgen los peores fenómenos recurrentes en nuestra realidad social. De la falta o mala educación pública provienen los limpiavidrios, los vendedores de frutas y los mal llamados "trabajadores informales", que poco o nada saben hacer, y que casi todo lo que hacen es torpe y deficiente.

Entretanto también esto hay que mencionarlo los políticos que se las pasan disputando las porciones más ricas de la torta presupuestaria, cada uno tratando de coronar el festín de despilfarro del dinero público, son también resultado de la educación que tenemos. Un país mediocrizado por una política educacional anacrónica, o por la falta total de ella, no puede sino producir políticos ineptos y carentes de moral, como los que sufrimos hoy todos los paraguayos.

Una sociedad incapaz de distinguir rectamente lo bueno de lo malo será también incapaz de juzgar quiénes son aptos para la política y quiénes no. La ineptitud para elegir correctamente conduce a lo que podemos observar actualmente en nuestro país: política minúscula y políticos insignificantes; gobernantes sin ideas y funcionarios apáticos e ineficientes.

No es producto de la crisis, de la guerra, del cambio climático ni de cualquier casualidad que, en materia de calidad educacional, nuestro país ocupe deshonrosamente el número 133, entre 144 de todo el mundo, según el reciente Informe de Competitividad Global del Foro Económico Mundial. Específicamente, en lo que hace a la educación primaria, el Paraguay está ocupando el muy vergonzoso puesto número 140, entre 144 países.

El futuro que pintan nuestras deficiencias, en materia de política educacional, es negro y temible. Los ciudadanos y las ciudadanas deben manifestarse en todas las esferas en las que actúan, en todas las ciudades, en todos los pueblos, para exigir a las autoridades, con firmeza y perseverancia, que se transforme este ominoso panorama.

Editorial de ABC Color

 

© ABC Color - 11 de marzo de 2018
    Fotos a cargo de la redacción de www.missionerh.it




20/03/2018
 

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