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¿QUÉ MISIÓN EN NUESTRO TIEMPO DE CRISIS?/1

   Releyendo al teólogo de la liberación Segundo Galilea

 

El 27 de mayo de 2010, en Santiago de Chile, murió el P. Segundo Galilea, uno de los exponentes de resalto de la teología latinoamericana. Sacerdote con vastos conocimientos teológicos, expresados en muchas publicaciones, trabajó en varios países (como México, Ecuador, Colombia, Estados Unidos, Chile, Cuba) en la pastoral parroquial, en la enseñanza en Institutos teológicos y pastorales, y como miembro de Órganos eclesiales (CELAM, CLAR). Viajó incansablemente, animando a grupos de sacerdotes, religiosos y laicos, en las tres Américas, en Europa y en Extremo Oriente (sobre todo India y Filipinas), que conocía bien. Compartió la espiritualidad de la Fraternidad inspirada en Carlos de Foucauld.
Queremos recordar al P. Segundo Galilea –por medio de la lectura de un artículo de Mariangela Mammi– por haber hecho de la elección por los más pobres una opción preferencial, pero no exclusiva ni excluyente. Y, sobre todo, por haberla reconducido siempre a su fuente primera, el corazón del Señor, contemplado en un diálogo de amor eterno.

 

 

Los vastos horizontes de la misión de la Iglesia permiten a los cristianos confrontarse con diferentes realidades, y descubrir que la reflexión teológico- pastoral de un contexto puede iluminar otro, distante millares de kilómetros y diferente en problemáticas, precisamente por la característica propia de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, universal y concreto al mismo tiempo.

¿Qué puede decir la Iglesia en América Latina a la Iglesia en Italia u en otros lugares, en situaciones en que el cristianismo pierde posiciones? Hemos vislumbrado pistas importantes en algunos escritos de Segundo Galilea, uno de los fundadores de la así llamada Teología latinoamericana de la Liberación, corriente de pensamiento cristiano nacida en una situación de injusticia y opresión. En el panorama de este género teológico, que ha puesto en evidencia la elección preferencial por los pobres, el aporte de Galilea parece querer volcar la idea de una reflexión "desde abajo", para recuperar la contemplación cristiana como fuente de liberación de cada hombre, cualquiera que sea su condición. Y para descubrir de nuevo la belleza de Dios en Su pobreza y en nuestra actual situación de cristianos en dificultad.

Las miopías de la misión

Desde finales de los años sesenta, cuando en América Latina los católicos entran en los movimientos de liberación, y se busca una aplicación de las líneas del Concilio Vaticano II acerca de la "Iglesia de los pobres", la corriente teológica de la liberación ha representado un fenómeno legítimo y al mismo tiempo discutido. Por esto, sería necesario hablar más correctamente no de "teología", sino de "teologías" de la liberación, porque bajo un solo nombre están incluidas varias expresiones teológicas, que dependen de diferentes teólogos, escuelas de pensamiento, comunidades eclesiales[1].

En la reflexión de Segundo Galilea, el compromiso por la justicia y la elección por los más pobres, no exclusiva ni excluyente, se unen a su fuente, que es Cristo, retomando las más altas expresiones de la mística católica. La contemplación se une a la acción; el anuncio de la Palabra, al amor al prójimo; el ir hacia los no creyentes, a la promoción humana; la evangelización de la cultura, a la atención por la conversión personal, evitando aquellas equivocadas separaciones, que Galilea mismo ha llamado "las miopías de la misión"[2]. Existe siempre el peligro, también después de la caída de las ideologías, que, sin mística, nuestra fe se reduzca a puro ideologismo (político, social, ecológico, moral...).

Al amparo de fáciles ilusiones

América Latina ha sido definida el "continente de la esperanza". En ella vive más del 43% de los católicos de todo el mundo. Segundo Galilea, desde sus primeros análisis sobre la religiosidad popular latinoamericana, ha notado, sin embargo, un proceso de decadencia, deshumanizante y alienante, que es evidente en prácticas devocionales que ya no proyectan la fe en la vida[3]. Quien trabaje en América Latina toca con mano esta realidad. No sin razón, Galilea ha formulado algunas preguntas que podrían ser hechas, sin embargo, también en otros contextos: ¿Qué sentido tiene que haya una comunidad de fe en medio de la multitud descristianizada? ¿Cuál es la misión exacta, en el mundo de hoy, del cristianismo, minoritario, aparentemente inerme y de poca influencia en la sociedad?[4]. Ya es tiempo, en efecto, de colocarse en esta perspectiva y ponerse nuevamente a la escucha de los signos de los tiempos y, sobre todo, de la palabra de Dios. En ella se funda la verdadera esperanza, y no la ilusión de recuperar numéricamente lo que no puede sostenerse sobre criterios cuantitativos.

El paradigma de la misión, o sea, de la vida de cada creyente que no puede no ser misionero, es la persona de Jesús; el cristiano es el que piensa y actúa como Cristo, mejor dicho, que está insertado en Él: "La misión es seguimiento, Cristo es el modelo único de misión"[5].

La pobreza misionera de Jesús

"La misión terrestre de Jesús estuvo marcada por una actitud de espíritu que influyó en todo su ser y su acción: el anonadamiento (kénosis)"[6]. "Él compartía la naturaleza divina, igual a Dios por propio derecho, sin embargo se redujo a nada, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Fil 2, 6-8). Uno de los ejes de la reflexión de Segundo Galilea es la constatación de que la impotencia es la opción histórica de la misión de Jesús, expresada sobre todo en tres renuncias sorprendentes, para su época: la renuncia al poder político, a la violencia y la renuncia expresada en el celibato. La tentación del poder político, en la convulsionada Palestina de su época, lo acecha constantemente. Su libertad de criticar el sistema religioso o político del tiempo es tanto mayor cuanto más radical es su renuncia al poder. Además, el hacerse indefenso frente a la violencia lo transformará en el único centro sobre el cual se pueda construir una fraternidad humana, mostrando que, a causa del pecado, no hay forma histórica de justicia y unidad, sin que se actúe primero por la reconciliación y el perdón. En fin, el celibato en Jesús fecunda y crea nuevas formas de amor universal y de entrega. Frente a los débiles, a los niños y de modo particular a las mujeres, la actitud de Jesús es tan libre cuan abierta frente a los prejuicios de su época[7].

Jesús, además, asume la condición de los "condenados de la tierra" y experimenta, por su fidelidad y por la proclamación obstinada de la verdad, fracasos, incomprensiones, crisis, la oscura soledad de la cruz[8]. En Cafarnaúm, cuando el anuncio de la Eucaristía escandaliza y muchos lo abandonan, busca el apoyo de los Doce, pero, al mismo tiempo, deja entender que nada puede apartarlo de su camino, y que está dispuesto a seguir también solo. Jesús, afirma Galilea, también cuando fue aceptado, nunca fue plenamente comprendido. Su entrega al Padre y a los hermanos, de todos modos, es más fuerte que la dureza de corazón de los más cercanos a Él[9].

El problema del mal y el "pequeño resto"

La paradójica lógica del anonadamiento se vuelve abismal cuando entra en relación con el misterio del mal: el momento más absurdo de la historia del mal en el mundo es aquel en que el Hijo de Dios muere, injustamente, en la cruz, por el hecho, esto es, de que el crucificado es Dios. La tortura de Dios es el mal llevado a su máxima expresión; el misterio del Dios muerto en la cruz es más grande todavía que el del mal[10]. Es el momento decisivo. Dios ha entrado en la muerte para destruirla. No podía bajar más abajo. Solo allí, en aquella prueba de amor absoluto, ha podido hacer subir al hombre junto con él. En el martirio de Cristo, el Padre asume y reconcilia a quienes experimentan el abandono, la desesperación, las formas supremas de la impotencia y de la opresión. Aún hay más: les concede el don de sufrir no como vencidos, sino como actores comprometidos en su misma causa. La identificación de los oprimidos con el Cristo de la cruz no es identificación con una situación de postración, sino con la energía resucitadora de Cristo que los llama a un compromiso, a hacer de la cruz la energía para llevar a cabo la propia liberación y la de los demás[11]. El anonadamiento de Cristo, Siervo de Yahvé de la profecía de Isaías (cf. sobre todo Is 50, 4-11), encierra así la riqueza del rescate y de la resurrección para todos los "pobres de Yahvé"[12].

En el Evangelio, Jesús ha proclamado bienaventurados a los "pobres", pero en su vida ha hecho, poco a poco, una elección preferencial por algunos de ellos, los Doce, a cuya formación, al final, se entrega completamente: quiere hacer de ellos una verdadera "comunidad cristiana"; hacerles comprender que son los herederos de las promesas y de la misión bíblica del pequeño "resto de Israel": "Jesús, en definitiva, formó un resto, una fraternidad, que, con un gran sentido universal y de servicio, se entregara por la salvación de la multitud"[13].

En la historia humana, Dios ha escogido siempre, desde los primeros capítulos de la Biblia, un pequeño pueblo o grupo que fuese el instrumento de la salvación (el pueblo elegido) que, "separado" de la multitud (etimológicamente la palabra "santo" significa precisamente separado, puesto aparte, reservado), la sirve y en cierto modo la representa. Dios salva a la humanidad a través de la misión histórica de pocos. El "resto de Israel" es exactamente aquel pequeño grupo fiel, rico solo en Dios, que ha guardado la promesa y del cual nacerá el Cristo. Este resto solitario, para Segundo Galilea, tiene la misión de "existir y morir a beneficio de la multitud", como ha hecho Cristo. En el Evangelio, este es representado por el pequeño rebaño, por los escasos obreros de la mies, por los pocos elegidos entre los muchos llamados, por la sal y la levadura en la masa, por el grano de trigo que muere para dar fruto[14].

La impotencia en la misión de la Iglesia

Para Galilea, si la vida de Jesús ha sido un progresivo "empobrecimiento" (poco a poco reduce las intervenciones milagrosas, habla menos de la fuerza del Reino de Dios y más de la cruz, hasta el silencio de la pasión), también la misión de la Iglesia tiene que pasar por la "impotencia" y la cruz.

La radicalidad de la entrega a Cristo no se puede identificar con los equilibrismos de la "sensatez y la prudencia de los sabios y biempensantes"[15]. Galilea hace notar que Jesús, en toda su actividad pública, ha evitado siempre el liderazgo, la actuación vistosa, espectacular, y que, también cuando parecía que las muchedumbres lo escuchaban y lo seguían, atraía sobre todo por aquella autoridad que provenía de la coherencia de sus actos con sus palabras de verdad. Transparentaba en él una sinceridad y una lealtad, por las cuales una palabra suya era decisiva, en el bien o en el mal, como aceptación o como repulsa[16]: si las exigencias evangélicas llevan a la libertad del amor y a la pobreza del olvido de sí, es porque la persona que las propone es un pobre olvidado de sí mismo[17]. Solo así es eficaz la misión.

También los discípulos han pasado por este despojo. Para cada cristiano, paradigmática es la conversión de Pedro, que no aparece madura hasta después de la resurrección de Cristo. Galilea explica que Pedro ha debido superar varias pruebas para llegar a entregarse de veras (basta con leer cómo es amonestado por Jesús en los Evangelios): al final "hay en él la conciencia acumulada de sus límites y fallos, lo cual lo ha hecho más humilde, y por eso su entrega ahora ya no se basa en sus posibilidades, sino en la palabra de Jesús que lo ha llamado. Parece menos entusiasta y entregado, pero en realidad es ahora cuando su conversión es más lúcida y profunda. Ahora se entrega con conocimiento de causa a un Señor crucificado y a un Reino que no es de este mundo y que se construye en la fe. ... Antes había dejado su casa, sus barcas y su trabajo, pero no se había entregado a sí mismo"[18].

Tenemos frecuentemente una idea demasiado 'operativa' de la misión del cristianismo[19]. El creyente debe tener confianza en el Espíritu que anima a la Iglesia, y en la eficacia misteriosamente libertadora de la cruz de cada día, de la presencia y entrega en medio de la gente, del valor de la santidad (única verdadera misión del cristiano). La tragedia de muchos, según Galilea, es que, no teniendo esta confianza, se limitan a los ambientes más fáciles y consoladores, a realizar proyectos materiales o prefieren el efecto más inmediato de la política[20].

El verdadero creyente no se detiene en el presente, no se instala, sino que mantiene una crítica radical sobre toda situación actual que tienda a idealizarse. La suya es una espiritualidad del cambio, permaneciendo siempre positivamente insatisfecho. El anuncio que da del Reino subvierte cualquier statu quo personal y social y todo falso mesianismo, por la esperanza que lo sostiene hacia una superación continua y siempre posible. Su dinamismo incansable no se alimenta solo de todos los medios humanos, sino sobre todo de la fuerza de Dios[21], manifestada paradójicamente en la impotencia de Cristo y vivida en la fe. Una "fe que cada día sufre la prueba del silencio de Dios en un mundo crucificado"[22].

Mariangela Mammi

 

 


[1] Cf. E. Grasso, Firmeza y decisión. Fe y política en la perspectiva de los excluidos de la sociedad, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2007, 29.

[2] Cf. S. Galilea, El Reino de Dios y la liberación del hombre, Ediciones Paulinas, Bogotá 1988, 57-60.

[3] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral, Ediciones Cristiandad, Madrid 1979, 52-53; 90.

[4] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 207.

[5] Cf. S. Galilea, El camino de la espiritualidad, Ediciones Paulinas, Bogotá 1990, 213.

[6] S. Galilea, A los pobres se les anuncia el Evangelio, Departamento de Pastoral CELAM-Instituto Pastoral Latinoamericano, Bogotá-Quito 1972, 59.

[7] Cf. S. Galilea, A los pobres se les anuncia..., 60-61.

[8] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 77-78.

[9] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 263.

[10] Cf. S. Galilea, Espiritualidad de la esperanza, Publicaciones Claretianas, Madrid 1988, 28.

[11] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 300.

[12] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 78.

[13] S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 209.

[14] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 207-211.

[15] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 306.

[16] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 262.

[17] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 265.

[18] S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 249.

[19] Cf. S. Galilea, La música de Dios. Parábolas de la vida y de la fe, San Pablo, Santafé de Bogotá 1995, 75.

[20] Cf. S. Galilea, El camino de la espiritualidad..., 218; S. Galilea, El pozo de Jacob. La santidad en nuestros días, Ediciones Paulinas, La Florida (Santiago del Chile) 1992, 35.

[21] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 168-169.

[22] S. Galilea, El camino de la espiritualidad..., 54.

 

 


29/05/2018
 

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